







Mario Halley Mora

Yo anduve por aqu


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ndice
Yo anduve por aqu
Prlogo
Introduccin
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Diez y seis
Diez y siete
Diez y ocho
Diez y nueve
Veinte
Veintiuno
Veintids
Veintitrs
Veinticuatro
Veinticinco
Veintisis
Veintisiete
Veintiocho
Veintinueve
Treinta
Treinta y uno
Treinta y dos
Treinta y tres
Treinta y cuatro
Treinta y cinco
Treinta y seis
Treinta y siete
Treinta y nueve
Cuarenta


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Prlogo
La vida est hecha de grandes acontecimientos y de pequeos detalles. 
Aquellos no tendran sentido sin stos. El Gran Arquitecto disea la fachada de nuestra existencia pero somos nosotros los que vamos poniendo ladrillos, puertas, ventanas, galeras, arcadas y columnatas. En este libro mi vida dura 200 pginas, ms o menos, y 73 aos cargados con las impresiones, la gente, los detalles grandes y nimios, las personas importantes o pasajeras, los tiempos felices y los desgraciados, emociones, memoria, experiencia.
La mente, o la memoria, tiene misteriosos mecanismos. Parece registrar a capricho y olvidar al azar. Resucita para alimento de la nostalgia o condena al olvido. No otra fuente tiene este libro. 



PLANT, hace 25 aos, un rbol de yvapur, que se llena de frutos cada Setiembre, y es mi satisfaccin.
TUVE, de mi matrimonio, cinco hijos que son mi felicidad y mi tristeza.
ESCRIB y publiqu 25 libros, buenos o malos no importa, porque son mi justificacin. 



Introduccin
ste no es un libro de memoria, y menos de historia, sino, apenas, un libro de desolvidos. No hay disciplinas cronolgicas ni apelaciones documentales. No me he puesto a investigar en descoloridas colecciones de diarios ni en viejos archivos. Mi nica proveedora es la memoria. Todo se reduce a recordar y escribir, y de ese modo, dar testimonio de que yo anduve por aqu, en este mundo ancho y ajeno, como dira Ciro Alegra, sabiendo nada ms que el camino andado es largo, y el por andar, previsiblemente corto. Empiezo este libro, ocho das despus de haber dado sepultura a mi hijo Paco, como un homenaje a l y como un escape a mi afliccin, que no creo acabe nunca, pero al final de cuentas, es mayor consuelo ponerme a trabajar antes que sentarme a cavilar sobre las injusticias del destino, el peor de las cuales es cuando la lgica existencial se vuelve cabeza abajo, y ya no cabe el dulce consuelo de esperar que mi hijo me entierre a m, sino vivir la agona de enterrar a mi hijo. En fin, en memoria de mi querido Paco, van estos deshilvanados recuerdos.
Curndome en salud advierto de nuevo al lector que de la misma manera que ste no es un libro de memorias, tampoco es de historia. Se menciona nombres, hechos, cosas y circunstancias tal como los registrara mi memoria, de nio primero, de adulto despus. Los recuerdos son tornadizos y caprichosos. Aparecen torrenciales o escapan como duendes huidizos en los recovecos del tiempo. De ah el nfasis en esta aclaracin previa, en previsin de que el lector encuentre contradicciones y olvidos, fracturas de tiempo o de espacio que deben atribuirse -repito- a la mecnica del recuerdo que tiene su propia tabla de valores para rubricar los hechos insignificantes o no. Un gran poeta medieval alemn, Pope, escribi alguna vez Puesto que la vida no puede darnos ms que echar una ojeada a nuestro alrededor y morir, alcemos libremente nuestro vuelo sobre todo este escenario de la humanidad. De eso se trata, de un vistazo a la humanidad, o de una molcula de ella que fuera mi entorno. Esta recurrencia nica a la memoria, acaso idealice a los acontecimientos o las personas, pero como mi mente los registr as, as fluyen sobre el teclado de la mquina. 
Tal vez haya errores o saltos sincopados para atrs o delante, de fechas o de pocas, pero esos mismos errores, nunca equvocos, son parte de esta substancia que empiezo a construir con los ingredientes de mis observaciones, padeceres y placeres en mi paso por la vida, y ms o menos que con estilo literario, con el periodstico que se adecua mejor a lo que es este libro. 



Uno
Fui el sexto hijo varn de don Miguel Halley -sirio- y de doa Elisa Mora, siendo el primero Antonio y el segundo Pedro, que combatieron en la Guerra del Chaco. Despus Gerardo, Agustn, Eulalio y yo. Hubo otro varn, Roque, que muri de nio, de modo que me salv de ser el sptimo varn, proclive, segn la leyenda, a convertirse en Lobisn, o Luisn, como se dice en el Paraguay. En el momento de escribir este libro quedamos en pie Gerardo y quien lo escribe. No falt en la familia el toque de la tragedia. Mi padre, Miguel y su hermano gemelo, Manuel, fueron acribillados a tiros en 1937 en Ajos, hoy Coronel Oviedo, pueblo de mi nacimiento. Contaba mi madre que nunca aquellos gemelos se separaron. 
Viajaron juntos al Paraguay, trabajaron juntos, vivieron juntos y murieron el mismo da. Juntos, desde el seno materno hasta una tumba doble, extraa caricatura de un tero de la Eternidad. Igual destino le toc a mi hermano Antonio, asesinado a tiros por la espalda por su cuado, Carlos Vargas, en vsperas de la Navidad de 1959.
De Ajos tengo vagos recuerdos, aunque por lo contado por mi madre y mis hermanos mayores era poco ms que una aldea de frontera, porque ms all slo se extenda el inmenso bosque del Caaguaz hasta el ro Paran. 
Tierra de malevos, refugio de fugitivos que tenan la selva donde escabullirse en el patio de los ranchos, la mala fama de Ajos era legendaria. No haba Comisario que durara tres meses en el cargo, y no porque se jubilaba sino porque se lo enterraba con las pompas del caso, o con ninguna, vctima de algn entrevero en el que tuvo el desatino de querer imponer su autoridad. Era el pueblo de Ajos de entonces, muy distinto a la culta Villarrica o a la seorial Caazap, de mucho ms contenido tradicional en la composicin de la sociedad y de la familia, el cultivo de las artes y la asimilacin de una inmigracin de pioneros europeos que fundaron familias ilustres. La escuela de Ajos slo tena hasta el tercer grado, y aunque no faltara maestra para el cuarto, faltaban alumnos, ya que al despuntar la adolescencia, siempre temprana en el campo, tiempo de concurrir modosamente al cuarto grado, el pber ya se senta muy hombre como para dedicarse a minucias escueleras, exiga a la familia el correspondiente caballo que certificaba una naciente virilidad de jinete, y no faltaban padres que les pona como rbrica un revolver al cinto como resumen y smbolo de iniciacin varonil. El siguiente paso era perjudicar a alguna desprevenida doncella, en un episodio de esto desolado y cntaro roto, y con el mayor escndalo posible, porque la costumbre mandaba que la cosa tena que saberse, para la consabida alabanza masculina al macho que despuntaba y la tambin consabida condena femenina -madre incluida- a la perversa de calzones flojos que haba tentado al doncel.
Mis recuerdos de aquella niez en Ajos son esfumados como un espejismo, como slo pueden serlo los de un nio de cinco o seis aos. No obstante, todava mi memoria se activa cuando mis narices perciben el fuerte olor de los fardos de alfalfa o de tabaco, el del sudor de los caballos mezclado con el aroma del cuero, la boiga de los bueyes y la exhalacin de madera vieja de las carretas. Todava viene a mi memoria las noches cerradas, erizada de grillos y la asombrosa bveda del cielo nocturno, donde estrellas y constelaciones brillaban triunfales, sin la palidez de la polucin lumnica de hoy que nos deja slo el esbozo de un cielo que fue. Noche, estrellas, inmensidad y brisa convocaban la idea de la humildad del hombre ante la vastedad del universo, y su pequeez ante la Creacin que se instalaba en el entorno como en una escenografa majestuosa, abrumadora. Apagadas las luces, sola salir al patio o asomarme en alguna galera para contemplar la noche, y de entonces vuelve el recuerdo recurrente y nunca borrado. El de un candil movedizo -vela de sebo dentro de un caja de vidrio-. El farol mbop, que se desplazaba oscilante en la negrura de la noche, sostenido por algn jefe de familia a su vez seguido por la mujer y los hijos. Sombras que venan de la oscuridad y caminaban por la oscuridad hacia la oscuridad, transitando un camino jalonado de tristes cruces que eran los hitos que la muerte haba plantado para indicar el lugar de una desgracia, una emboscada, un entrevero sangriento, un guaz ap (tiro al venado) aleve y cobarde, y all se pona la cruz, en vano intento de convocar poderes milagreros. 
Siluetas fantasmales apenas delineadas tras el mnimo resplandor andante, a las que la noche sorprenda en el camino e iban hacia su destino hendiendo la espesa negrura. A lo largo de mi ya larga vida, siempre recuerdo aquella noche del candil errante alumbrando una caminata de almas en pena, y hasta hoy me pregunto el significado ltimo de esta impresin que no se borra de la memoria, como si mi propia niez quisiera enviarme un mensaje, una enseanza o una experiencia sobre el significado de la vida, que al final de cuentas no es otra cosa que ir abrindose paso a tientas y con una breve ascua de luz hacia lo desconocido.
Mi mente infante -curiosamente- asociaba la noche al candil guiando a las sombras errantes. A esas sombras al camino -apenas un sendero para caminantes que innumerables pies descalzos fueron trazando en el suelo verde- y al camino con las cruces que la tragedia plantaba como postas para que la memoria de la gente guardara las andaduras de la desgracia. 
An recuerdo el curuz Adelina, a la vera de un espeso bosque, donde Adelina pag con la vida una traicin de amor. El curuz angelito, donde un chico de tres aos, en andas de un padre borracho cay del caballo y se mat. Y el curuz Teodoro, en memoria de un tropero de ese nombre cay fulminado por un tiro venido de la espesura, sin que nunca se supiera por qu ni por quin. Ornados siempre con su renovado pao, aquellas cruces irradiaban milagros -al menos la gente crea eso- y siempre reciban el homenaje peregrino de una oracin y de una vela de sebo que cuando el viento no apagaba terminaba derretida en una mancha blancuzca dispersa en el suelo.



Dos
Quizs por esa presencia ubicua de la muerte, y de la santificacin de la muerte que tan bien estudia Octavio Paz como fenmeno de la cultura mejicana en su Laberinto de la Soledad mi madre se santiguaba despavorida, nativa como era de la sosegada Quiindy, madre de seis varones destinados a hacerse hombres, crecer y tal vez morir a temprana edad en ese universo violento, con moralidad de frontera, donde el acto de matar no haca asesinos sino arquetipos de arrojo y de hombra, con hombres curtidos prontos a echar mano al revlver o el pual.
La sntesis de su pavor maternal quizs era el pequeo altar de su pieza de costura, donde siempre ardan velas para Jesucristo, la Virgen y todos los santos protectores de cada desgracia que acecha la vida del varn. Recuerdo que entre esa surtida imaginera resaltaba la imagen de su devocin ms intensa: Nuestro Seor de la Buena Muerte, o San La Muerte, como se lo conoca en otros parajes rurales, que no evitaba la muerte, sino por lo menos la haca dulce y pacfica, y era un esqueleto humano sentado y sosteniendo una guadaa. Alguna vez, un seminarista joven de paso por el pueblo, con nfulas de poseedor de la cultura clsica, le dijo que semejante icono no era cristiano, sino pagano, la Parca de los antiguos y de los infieles. No indujo en mi madre duda alguna, sino indignacin ante la descalificacin sacrlega del objeto de su devocin y de su esperanza, y si alguna semilla de duda le qued en el alma, se disip cuando un viejo cura de Villarrica, que de vez en cuando se atreva a realizar algn breve y prudente paseo pastoral por Ajos, le afirm que ms importante que el objeto de la fe, era la fe misma, toda vez que fuera sincera y sentida.
Tranquilizada en ese aspecto, el desasosiego de criar varones en un universo tan violento no cesaba. Junt valor y se enfrent al marido.
-Llevemos a nuestros hijos a Asuncin, quiero que se eduquen.
-Aqu tengo mi negocio, no puedo dejarlo.
Y tambin a su hermano gemelo, del que jams se separa -habra pensado mi madre-. Y que por otra parte, ya tena su propia familia aposentada all.
El negocio aquel, aparece descrito en las primeras pginas de mi novela Los Hombres de Celina, tal como yo lo recuerdo, aunque los personajes de la narracin imaginaria son otros.
El conflicto dur poco. Con todos los brtulos en una carreta, mam Elisa y sus seis retoos iniciaron la dura jornada hasta Villarrica, donde tomaran el tren a Asuncin. Pap Miguel, cuyo negocio, almacn, tienda, ferretera, acopio de frutos del pas, era realmente grande, segn sospecho, recuper algn soado celibato, no tard en traer a una nueva seora en casa e inici otra camada como la que se fuera, tan numerosa que an hasta hoy da, andando por perdidos parajes, suelo toparme con sonrientes caballeros y amables damas que me preguntan si yo soy yo, les respondo que s soy yo, y me dicen con fraternal sonrisa yo soy tu hermano, o tu hermana, segn el caso, cosa que acepto tras el breve escrutinio de la nariz pronunciada y los ojos pequeos que son el inconfundible certificado gentico de la descendencia de mi padre.
Con el viaje a Asuncin, termin para m una niez donde el paisaje agreste y bello ofrecan, al menos al nio an acorazado en inocencia contra las brutalidades adultas, lo ms parecido a un Edn infantil, porque el espacio ilimitado es igual a libertad y la libertad es el seoro sobre el barranco y el arroyo, el fruto y el viento, la miel silvestre y el trote holgazn de aquella yegua panzona que fuera mi primera y nica cabalgadura: la exploracin de los matorrales y de las hilachas de monte que se introducan en la periferia del poblado, y en el monte, el entrever de los vuelos furtivos de los pjaros asustadizos, flechas vivas de colores plurales, aleteos castigando el viento y estremeciendo las ramas, vida y vuelo, vuelo y misterio. Fascinado, acompaaba a mis hermanos mayores a la floresta. Un machetazo hera el tronco del Curupica'y y al da siguiente el rbol ya haba derramado su sangre espesa, alquitrn lechoso y blanco que daba el material para el mangaysy donde cardenales y calandrias tortolitas y piriritas venan a quedar engrillados tras posarse imprudentemente en el palillo engomado. 
Ser un nio, tener en las manos un pjaro cautivo, hijo del vuelo, del cielo y de la libertad, produce una sensacin de poder y de soberbia que todas las humildades futuras no logran desterrar del alma.
Tantas veces me han preguntado y me he preguntado tambin a m mismo, sobre cundo se form mi sensibilidad que gener despus una vocacin de escribidor y cronista del entorno humano. La respuesta quizs se d en mi infancia, y en ella, el contacto con la naturaleza y con la gente, cosa que no cambi cuando la familia se traslad a Asuncin en los aos treinta, cuando tuvimos la suerte de instalarnos en una casa quinta de inmenso patio arbolado. Haciendo una comparacin burda pero necesaria, no es lo mismo ver el mundo y sus deslumbramientos en la pantalla de un televisor que pisar el suelo, hundir los pies en el barro, cuidarse de las vboras, cazar lagartos, loros y liebres y trepar al rbol a secuestrar pichones; caminar descalzos por el arenal ardiente de verano saltando de hierba en hierba para no quemarse los pies, amasar la tierra roja para fabricar bodoques -proyectiles letales de la hondita- o sentarse a mirar la esclavitud circular del caballo moviendo el trapiche cuyos dientes de recia madera ordeaban de la caa dulce, el mosto invitante que encenda la sed en la garganta. Todas las sensaciones, los conocimientos y las percepciones son en vivo, abrumando los odos, deslumbrando los ojos y penetrando por la piel. El viento y la polvareda, la impudicia de la flor desnuda y la tentacin del fruto, y hasta el miedo a la soledad pesada y amenazante de la siesta, hacan sentir su imperio, su poder. La roja avispa agresiva, el salto de las liebres escurridizas de mata en mata, las noches en que las lucirnagas salan a volar con sus faritos verdes titilantes, extraas esmeraldas danzantes de las sombras, los amaneceres anunciados por conciertos de trinos, o por el canto de los gallos que descendan del rbol dormidero a esperar el disciplinado descenso de las gallinas de su harn, que parecan entrenadas a respetar un riguroso turno para recibir su primera racin de amor del infatigable macho. El monte siempre estaba cerca y omnipresente. Arboleda umbra, apretada y con ramas entrelazadas en un verde caos, a travs de cuya espesura nunca cesaba el viento pulsando cuerdas invisibles y soplando flautas vegetales, produciendo un sonido constante, musical, himno a la magia de la fronda y a la vida, vibrando en los nidos de las leyendas donde se escondan los genios de la siesta y de la noche, amables, pcaros o lascivos, nios de cabellera rubia o nativos faunos de verga poderosa. Toda la inocencia del mundo en el alma, y el mundo abierto a la exploracin curiosa, sin secretos, plantaron las semillas que germinaran en un nio para crecer y convertirse en la naturaleza, el carcter y la misin del hombre.



Tres
Y tambin la gente, y entre la gente, los arquetipos humanos surgidos de una escala de valores primitiva, y por primitiva pura. Especialmente en los aos infantes de Ajos, donde todo era sobrevalorado, el coraje, la cobarda, el honor. El hombre, paradigma vivo de lo macho, deba ser hombre sin debilidades, y si las tuviera, perda consideracin y estima. 
La mujer era mujer sin altaneras, y si incurra en ellas no tardaba en entrar a funcionar la guacha o el rebenque. La hermosura lo era ms si iba ornada de mansedumbre y obediencia y la virilidad se acentuaba en la medida del vigor y de la audacia para demostrarla. Las madres y las abuelas gozaban del respeto hasta el punto de que el hijo varn juntaba las manos y les peda la bendicin; los padres y los abuelos campeaban por la veneracin con cierto sesgo de saludable temor. Un buen jefe de familia no era precisamente el padre tierno, sino el severo, el que dictaba la ley y la haca respetar al mismo tiempo.
Sobresala sobre este paisaje humano el caudillo, que era en s mismo y por s mismo un padre superlativo. Como los caciques del ancestro guaran, el caudillo era el producto de su propia fortaleza, de su hombra y de su coraje probado en lides extremas. Su casa era el centro de la irradiacin de la autoridad, y su autoridad era vlida en la medida de su justicia y de su generosidad. Nunca el caudillo campesino de aquellos tiempos fue arbitrario en el sentido que se le da ahora a la palabra. Era acaso brbaro en el castigo y de extrema crueldad en la revancha, pero tambin magnnimo en el perdn y solidario en la desgracia. En su entorno, los favoritos trataban de ser la rplica en tono menor del jefe, y los rprobos, mejor se buscaran otros horizontes. No haba ley ni estatuto ni cdigo que regulara el ejercicio de su autoridad. La ley y el estatuto eran l mismo. El cdigo naca de su talante y era distinto en cada detalle, pero siempre igual en el ejercicio de su mando.
Llegaba a su categora por imperio de su voluntad, su arrojo, y sus condiciones viriles unidos a su astucia y a su arand, virtud que no tena certificacin acadmica, sino era la mezcla de la inteligencia, la penetracin en el juzgamiento de los hombres, el conocimiento del alma humana, la prudencia y la picarda, y como suma de todo, el arand, cuya traduccin ms aproximada al castellano es la sabidura, visceral, infalible, arraigada en un cultura de siglos.
Guapo no era el hombre esbelto y carilindo, sino el hombre rudo de poncho y pual, capaz de domar el caballo ms arisco, derribar a hachazos el rbol ms robusto, hombrear (cargar al hombro) la bolsa ms pesada, obligar a los msicos a tocar su polka preferida o solucionar a tiros un problema, lo mismo de polleras que de negocios o de honor. Y por supuesto, guapo admirado era el hombre, semental andariego y furtivo, de mucha descendencia con una diversidad de madres. De la misma manera, guapa no era la mujer de airoso porte, sino la laboriosa y servicial, aunque fuera gorda y patizamba, de cntaro a la cabeza, de dar de comer a las gallinas, ordear la vaca o desviscerar el chancho con extrema eficiencia, y experta en el fuego del horno; la que encenda el brasero a carbn en la madrugada y durante el da se empeaba en hacer la vida familiar ms placentera, el mate espumoso y en su punto para su hombre, las comidas a hora, la camisa almidonada y las sbanas de blancura impecable.
En proporcin directa a la alta autoestima del varn, la tabla de las ofensas era nutrida y la de los halagos reducida, porque la cortesa era comprendida y aceptada, pero la adulacin convocaba desprecio. Era imperdonable rehusarse a compartir el vaso de caa, sacar a bailar a una doncella sin el permiso paterno, o en ltima instancia, materno. Se tena como agravio mirar con lascivia a las mujeres de la familia, fueran esposas o hijas, y agravio era tambin pisar los pies del prjimo, si descalzo, en mayor grado, y sin tomar en cuenta que fuera accidental o deliberado. Sacarse el sombrero ante el hombre mayor, en edad o autoridad, era una prenda de cortesa y de respeto, y no sacrselo una ofensa. No era saludable entrar a casa ajena si el jefe de familia estuviera ausente, en cuyo caso haba que marcharse enseguida. Smbolo de superlativa hombra eran el caballo y el revlver. Burlarse del caballo atraa consecuencias que tantas veces fueron trgicas. Desarmar a un hombre casi equivala a castrarlo, tanto por la humillacin personal como por el antiguo significado flico del arma. Sola contarse de hombres levantiscos que la autoridad pretenda desarmar y que prefirieron morir antes que someterse a semejante vejamen.
En esa cultura primitiva, la muerte no era un culto en s mismo, sino un accidente ms de la vida que hasta produca un talante desafiante. a manonte ar vo nico. De todos modos tenemos que morir era la filosofa del hombre llamado a enfrentar los desafos. Coraje o fatalismo, semejante forma de encarar el ltimo trance, era acaso la razn del legendario herosmo del hombre paraguayo en las dos terribles guerras que su pas tuvo que soportar. Pequeo pas destruido y resurrecto por desnudos, haba dicho alguna vez Pablo Neruda.
Si bien a la muerte ms bien se lo desafiaba antes que rendir culto, s se lo renda a los muertos. En los velorios, las lloronas taladraban la noche con interminables lamentaciones, y no faltaba el amigo del difunto de palabra fcil y de oratoria sonante y nada llorosa, que dedicaba loas al que se marchaba de este mundo, resaltando sus virtudes y alabando su reciedumbre en su paso por la vida. ltimo vestigio de esta costumbre de loar al muerto, encontramos en la letra de una cancin guerrera de Emiliano R. Fernndez, que llorando la muerte, la primera en las vsperas de la guerra del Chaco, del Teniente Rojas Silva, dice cuando l a su vez marcha a la guerra: a lo jhagu ayujhuro Rojas Silva Curuz. Para loar si la encuentro, a la cruz de Rojas Silva. Eso, porque por mucho tiempo, la tumba del soldado no era hallada.
En los velorios de los nios que moran -los angelitos- no faltaba la msica del arpa y la guitarra, los tragos y las chanzas de los hombres, mientras las mujeres que rezaban y lloraban rescataban tambin para s mismas algo de la alegra masculina, porque el nio que mora era el ngel que naca, y si la angustia afliga en la tierra haba que compartir el jbilo del cielo.
Creo recordar, que en el velatorio de los adultos tambin haba msica, como testimonia un episodio muy particular que qued grabado en mi memoria. Mi padre, fuerte comerciante, sola organizar caravanas de carretas repletas de mercancas y con fuerte escolta armada y se internaba en las selvas del Caaguaz, rumbo a la localidad de Yh, punto de suministro de los obrajes de la zona, y otra avanzada de la civilizacin, como Ajos, antes de la espesura. Nunca supe qu ocurrencia le motiv para llevarme en uno de esos viajes alucinantes por huellas apenas esbozadas en la selva, soportando el asedio de los mosquitos, del mbarig y de las feroces avispas rojas, el letal cava pyt. Caa la noche y la gente empezaba a acampar. El silencio y el descanso de las fatigas se unan para dar lugar a los tenebrosos ruidos de la selva nocturna, porque el silencio del monte nunca es total sino con una cargazn de rumores que producen pavores hondos. Siempre hay algo que trepa entre las ramas, que susurra, amenaza, alla o se queja en las altas copas, repta sinuosa en los matorrales, esconde su andadura en el rumor del viento o se desliza furtivo en los matorrales bajos. La floresta es un rumor vivo, acechante, vitalidad que los miedos ancestrales adivinan perversa, porque convoca la amenaza de la garra o del colmillo, y sugiere la presencia de fantasmas malvolos chupadores de almas. Ese silencio flagelado de rumores y sonidos pesaba sobre la gente cansada cuando de pronto, lleg a mis odos el sonido de una cancin acompaada por las cuerdas de un arpa y guitarras. 
Ms que cancin, aquello pareca un largo, untuoso y dolido lamento surgido de un dolor abismal, y la msica misma en medio de la verde inmensidad como una intrusin extraa en el concierto forestal de aquella noche. Pregunt a Sebastin, el correoso y callado capataz de la carretada y responsable personal de mi seguridad, qu era aquella msica. Suceda que en la vecindad, haba un puesto forestal, y en l, un rancho solitario donde velaban a un obrajero aplastado por un alzaprima. A la cancin, Sebastin denominaba Polka Lasnima (contraccin de Polka para las nimas) que se cantaba solamente en noches de difuntos. Hoy da, suelo recordar aquella ordala nocturna y la cancin que tal vez Ortiz Guerrero, que andaba en su juventud por esos rumbos buscando la huella de la india bella mezcla de diosa y pantera, habra escuchado para concebir la guarania que le sugiriera ms tarde a Jos Asuncin Flores. Sin embargo, an en los ms agudos estudiosos de las costumbres paraguayas, nunca encontr referencia alguna a la Polka Lasnima, pero que la o, lo juro con la mano sobre el corazn.



Cuatro
La familia lleg a Asuncin cuando poco antes de estallar la guerra del Chaco. Cuando estall, mis hermanos Antonio y Pedro, que eran estudiantes secundarios, pasaron, casi adolescentes an por la apresurada escuela de Aspirantes, y poco despus, ya iban camino al campo de batalla, como tenientes. En la misma poca, vino a vivir en casa, la abuela, Venancia Mora, madre de mi madre, que de nia conociera los sufrimientos de la Guerra de la Triple Alianza, y no ocultaba para nada un odio visceral a la memoria de Madama Lynch, porque segn ella saba, la Madama quera ser reina del Brasil, y en represalia, Don Pedro II, que padeciendo est en el infierno, haba mandado hordas de esclavos negros a destruir al Paraguay. En los aos que dur la guerra, el Seor de la Buena Muerte y el variado santoral del altarcito familiar, consumieron cirios en grandes cantidades, y al parecer funcion, porque Antonio regres sano y salvo, y Pedro tambin, aunque herido y despus de pasar un cautiverio hasta 1935 en Bolivia, prisionero como fue en la desastrosa batalla de Strongest. 
Recuerdo adems que mi hermano Gerardo y su amigo del alma, Ernesto Bez, intentaron ir tambin a la guerra falsificando sus edades. Fueron descubiertos en la maniobra, y los militares los devolvieron a casa con una aleccionadora rapada de cabeza nmero cero. Pero esa es otra historia, referida apenas para servir de marco existencial y temporal de mi vida, no muy cmoda, de hermanito menor.
La casa donde nos instalamos quedaba en la calle Amambay, hoy Rodrguez de Francia, entre Battilana y Colibr, es decir, en el centro mismo de lo que es hoy el zoco marroqu del Mercado 4. Era lo que se dira entonces, vivir en las afueras, sobre un callejn arenoso, sin luz elctrica, con la bendicin de un aljibe y con un patio que era toda una manzana. La casa de ladrillos era enorme y rstica, de recios pilares y ancho corredor al frente, con pisos de baldosas cuyos diseos moriscos que se entrelazaban entre baldosa y baldosa me fascinaban extraamente. El patio en s mismo, era una selva en miniatura. Llegu a contar como 40 plantas de robustos mangos, con una cohorte de naranjas, agua, espeso nidal de murcilagos, aguacate, naranjas, limas de Persia, guavir, y bajhai, mandarinas, el secular yvapov, escenario salvaje del diario y crepuscular festival de gorriones, tres o cuatro cocoteros cuyas copas era escenario de ruidosas asambleas de pirititas y ans, pomarrosas de azucarado fruto, cedro, aratic guaz, y desde luego, la obligada planta medicinal de limn sutil que despus me enter que era ceutn por provenir de Ceuta. Mirando y admirando cada rbol, un nio frente a la explosin de la naturaleza, cumpla sin saberlo, el rito de los pueblos antiguos habitantes de los bosques que conceban al rbol como smbolo de la dualidad del hombre, con las races clavadas en tierra, y el espritu expresado en el follaje que buscaba las alturas del cielo. Frente al corredor, la infaltable parralera que daba uvas maduras en Navidad y en el cercado de alambre tejido trepaban enredaderas silvestres de flores azules y acampanilladas unas, perladas otras y coloridas todas. Centinela de la propiedad, sobre la calle Amambay -paraso de los turistas, la llam Ortiz Guerrero, nunca supe por qu- era un inmenso rbol de tatar, espinoso y hosco. Duele pensar hoy que la riqueza forestal del Paraguay, que inclua hasta los patios y las quintas de Asuncin, haya quedado reducida, si no an a nada, a muy poco.
La variedad de pjaros era incontable. En las tardes de verano, cuando el sol ya estaba bajo, pasaban de horizonte a horizonte miles de golondrinas cola de tijera (Tuguai yetap) que buscando el sol huan de los inviernos, y eran tantas que obscurecan el cielo. Entre las matas del yuqueri espinoso saltaba de rama en roma el pajarillo que nunca quedaba quieto, el masacaragua'i: en las copas anidaba el pitog bullanguero cuyo canto anunciaba algn embarazo no deseado segn la leyenda. Cardenales y chovys picoteaban y arruinaban los frutos de la chirimoya, del guayabo y de la naranja; en la siesta se escuchaba, siempre lejano, el arrullo de aquella palomita enana de plumaje celeste que llambamos tortolita, los ans (por otros paisajes lo llaman cuervo) de renegrido plumaje se posaban en las ramas bajas acechando los insectos del suelo, y las piriritas (creo que son las urracas castizas) exploraban en busca de botines inslitos que llevar al nido, donde alguna vez descubr la peineta que se le perdi a mi madre, botones y cuanto objeto brillaba y el pjaro corsario consideraba digno de formar parte de su extrao tesoro. Pasaban haciendo ruido infernal bandadas de loros y de cotorras en el alto cielo azul, en perfecta formacin en V, escuadrillas de aves migratorias designadas genricamente tuyuy cartelero: el gorrin anidaba en la techumbre de la casa, los tucanes de coloreado pico descomunal siempre estaban de paso y su posada de viajeros era la copa inaccesible del tatar espinoso. Veloces colibres de plumajes verdes, azules y amarillos de brillo metlico, fulguraban veloces de flor en flor, el pajarillo de San Francisco, o chorlito, o benditoseadis, reciba la llegada de la noche con un ltimo trino que realmente pareca implorar una bendicin, por lo que mi abuela Venancia se santiguaba y susurraba amn. El caso contrario, ocurra con el pjaro de mal agero, cuya especie nunca averig, que durante la noche cerrada pasaba sobre la casa batiendo sus alas negras y lanzando un graznido casi amenazador. La costumbre y la tradicin obligaban a responder el tenebroso augurio de mala suerte con el insulto ms grueso posible, y doy fe de que la abuela Venancia tena un repertorio capaz de ahuyentar al demonio ms perverso, en forma de pjaro oscuro o como fuera.
En ese patio inmenso, oscuro en las noches cerradas y de follaje verde plateado cuando la luna llena reinaba en el cielo, el nio que fui tuvo su primer contacto con lo sobrenatural, sobre todo ayudado por la abuela, duea de un rico repertorio de leyendas y de mitos. Yo saba que por las obscuras arboledas nocturnas circulaban el pombero una suerte de genio vicioso y contrahecho que una noche haba tocado a nuestro perro Yeb que muri entre convulsiones, y el cara pyjhar, (feo y lascivo seor de la noche) cuya hostilidad se deba calmar con una ofrenda de caa y cigarros al pie de un robusto rbol de cedro; el pora o fantasma doliente, acaso el alma no liberada de ataduras terrenas de algn muerto pecador. Y tambin en el silencio de la siesta, el yasy yater, un nio rubio, hermoso, seductor y malvado, cuyo silbido mgico atraa a los nios para secuestrarlos y llevarlos para siempre al mundo de lo desconocido y del miedo. De la poca de la Guerra contra la Triple Alianza, vena la leyenda, o tal vez la verdad, habida cuenta del saqueo que perpetraban las tropas de negros brasileros, de que las familias enterraban en cntaros sus joyas y sus monedas de oro, de libras esterlinas, y que esos entierros o plata ybygy, sobrevivieron bajo tierra, en lugares recnditos, a sus propios dueos. Para la abuela, y para todo el pueblo raso, los sitios de los entierros, eran marcados por luces misteriosas o por dolientes centinelas fantasmales que no se liberaran de sus ataduras terrenas mientras el tesoro no era descubierto y desenterrado. La bsqueda de tales riquezas cre una profesin de buscadores que de la misma manera que investigaban apariciones, hurgaban en las historias de las viejas familias, paseaban por los andurriales con mgicos detectores de oro o agudas sondas de hierro, o invocaban a los espritus que delataran el sitio de la riqueza escondida. Era creencia popular que muchas fortunas rpidas e inesperadas se originaran en el descubrimiento, deliberado o fortuito por la erosin del suelo por las lluvias, de un escondido plata ybygy.
Estos primeros contactos con lo sobrenatural, fue para aquel nio que yo fuera, el principio de la herencia de los miedos ancestrales, los terrores, y los escalofros ante el poder de las potencias ocultas, que al fin de cuentas, forman parte de la cultura de la humanidad y persisten en el combate milenario entre las tenebrosas apreturas de la supersticin, la fe o los dogmas, frente a la presuntuosa libertad racionalista de la ciencia.



Cinco
El cambio de los agrestes parajes de Ajos por aquel patio arbolado no fue muy traumtico, considerando que aunque en reducida escala, volva a encontrar la naturaleza que ya me haba acostumbrado a amar, explorar y comprender. Nio era yo, notorio por su propensin a la introversin y al ensimismamiento, tanto que la abuela Venancia, rstica matrona de Quiindy, me miraba con desconfianza y le susurraba a mi madre: Nde Elisa, co ne memby pajhag nic i de meno nung. (Elisa, este hijo ltimo tuyo es algo de meno). En el guaran castellanizado al yopar, el de meno significaba en trminos actuales, algo as como infradotado. No era acertado por cierto el diagnstico de la abuela de venerada memoria. Uno nace introvertido o extravertido, y a m me toc lo primero y creo haber sido afortunado, porque el mundo interior es ms rico, la imaginacin de mayores vuelos, la observacin ms aguda y la fantasa inagotable.
En ese tren, tom posesin de mis nuevos dominios. Le puse nombre a cada rbol, y con el nombre, la calificacin de amistoso, hostil o indiferente. Me trep a cada uno de ellos explorando la accesibilidad de los troncos, la nervadura de las ramas y el azcar de cada fruto. Abr senderos en los matorrales, estudi cada nido, identifiqu araas, escarabajos y mariposas con una curiosidad insaciable. En el gran patio, haba una planta de morera, y de ella colgaban crislidas de seda donde un gusano esperaba convertirse en mariposa. Horas, das, pasaba vigilando el momento milagroso en que la repulsiva larva se liberara para metamorfosearse en alada flor, colorida bailarina del viento. Una vez, la aprensin de la abuela Venancia subi de punto cuando me vio ensimismado contemplando a las hormigas. Suceda que mi hermano Gerardo haba ledo, de Mauricio Maeterlink, un libro, La Inteligencia de las Hormigas, en el que pona en la escala de la organizacin social a las hormigas y a las abejas en primer lugar. Mi hermano me haba comentado la lectura, y decid por mi cuenta, hacer un experimento para saber si las hormigas tenan nocin del peso y la fuerza necesaria para moverlo. Coloqu una pizca de carne cruda cerca de un hormiguero, apareci una exploradora y contorne el manjar como calculando su envergadura, despus regres velozmente al nido y reapareci con media docena de compaeras que cargaron diligentemente la carne y se la llevaron. Siguiendo con el experimento, coloqu otro cebo ms grande y ms pesado en el mismo lugar. Reapareci la consabida exploradora, midi, calcul, fue velozmente al hormiguero y volvi acompaada por ms de seis, tal vez ocho o diez, portadoras. Las hormigas saban calcular!, fue mi jubilosa comprobacin.
Pero nada de jbilo haba en el rostro de la abuela Venancia, al observar aquel nieto que pareca camino a una idiotez irremediable, sentado en cuclillas y con la vista fija en el piso.
Hoy, doy gracias al Creador por aquella curiosidad germinal de averiguar el cmo y el por qu de las cosas y de las personas, porque lo poco que hice en esta vida y lo mucho que escrib para bien o para mal, fue porque el nio fantasioso, solitario y ensimismado que fui, me habit toda la vida, y dicho sea sin exageracin, me mostr el camino del propsito y del destino.
Lleg la edad de ir a la escuela, Repblica Argentina, donde tendra por compaeros, nada menos que a Miguel ngel Pangrazio y Rolando Niella. 
El primer da de clase fue toda una aventura. 
Seis aos cumplidos, las orejas limpias de roa, las uas cortadas al ras, el guardapolvos almidonado crujiendo de tan acartonado, los zapatos lustrados emanando un fuerte aroma de betn, y en la cabeza un recorte cepillo recin estrenado y oliendo a jabn de coco. Entonces los tiles iniciales no pesaban tanto en la que ahora se denomina canasta familiar porque consistan en un libro de lecturas elementales y una pizarra con su correspondiente esponja-borrador colgando de un hilo. Y el lpiz de pizarra que cuando en casa haca mis ejercicios previos, chirriaba sobre la pizarra y provocaba en las despobladas encas de la abuela como un shock elctrico que le haca salir a la disparada. Despus vendran el cuaderno de veinte hojas doble raya y el lpiz Faber Nmero Dos con los cuales trazar los palotes pulcros y ordenado como soldaditos en un desfile. La memoria de aquel da no se borra. Salimos de casa con mi madre, tomados de la mano y con una sensacin de fiesta, de un nuevo mundo inaugurado tras un descubrimiento feliz. Pero cuanto ms nos acercbamos a la escuela un sinuoso temor invada y creca en la medida en que estbamos llegando. Pronto, la tibia mano materna ya no me bastaba como ancla y como refugio. Me aferraba a su vestido y anhelaba meterme en lo ms profundo y clido de su regazo, aprendiendo sin saberlo y por primera vez en esta vida que la primordial respuesta al miedo es siempre el intento de regreso al inexpugnable y sosegado universo fetal.
El convertirme en escuelero haba perdido todo su encanto. Quera simplemente ser nio toda la vida. Mi madre adverta mi pnico, sonrea y me preguntaba dnde est mi hombrecito valiente. Yo no quera ser hombrecito valiente sino simplemente volver a casa. Pero inevitablemente, llegamos. Los veteranos del segundo grado para arriba me parecan una horda de monstruos burlones. Frente a la escuela, en el portal, una portera vieja, gorda y de notorio bozo bigoteril sobre los labios ordenaba imperativa y con eficiencia de tropero que las mams se quedan afuera. Aferr las manos de mi madre con ms fuerza y not que ella me miraba con dulzura y con una humedad nuevas en los ojos, acaso, pienso hoy, abriendo en la contabilidad de su largo amor, el primer adis en la cadena de adioses que fue su vida. Liber sus manos de mis garras desesperadas y fue, como si todas las tormentas de los cielos se abatieran sobre m lanzndome a remolinos de miedo y de abandono. Record lo de hombrecito y no llor para no acompaar el coro de aullidos de los otros reclutitas de la vida como yo. Y de pronto, otra mano ms joven, dulce y bienvenida, tom las mas. Alc la vista agradecido y era mi maestra del primer grado, Delia Bernardes, con una sonrisa de hada buena en su bello rostro perfecto. Me sent seguro, amparado y en tierra firme y me encamin con ella a formar la fila de dolientes del Primero A. Volv la mirada a la calle y an estaba all mi madre que sonrea un poco crispada, con la mano en alto, como en un muelle para la despedida. Entramos a la clase al fin, y percib por primera vez el olor a escuela, mezcla de tiza, inocencia, sudor y almidn, que an hoy, al pasar por una escuela, convoca mi nostalgia.
Hoy, que tengo nietos y nietas abrumados por un programa escolar de salvaje rigor, alienante y complicado, recuerdo la sencillez sabia de la escolaridad de aquellos tiempos. Del primero al sexto grado, la vida escolar transcurra apacible, con horarios que contemplaban el ocio del nio, su tiempo para la pelota, el trompo (de madera de guayabo, que sonaba musicalmente al girar) y la pandorga, y con la nica obligacin diaria de llenar los cuadernos de deberes en casa, aprender la leccin de historia o geografa y practicar con los mayores algo de aritmtica. 
Sin la parafernalia acadmica de hoy, que intenta volcar sobre el nio un diluvio de conocimientos e hipotecar el tiempo extraescolar en trabajos fatigosos, la enseanza de aquellos tiempos, que por cierto no produjo una generacin de tarados sino todo lo contrario a tenor de los ex compaeros de escuela que an viven y que han llegado, muchos, a grandes honores acadmicos, se centraba en los libros de lectura de Ramn I. Cardozo, incomparables hasta hoy, las Lecciones de Aritmtica de Luca Tavarozzi, y las asignaturas de contenido prctico como Historia, la nuestra en primer lugar, Geografa tambin, adems de las llamadas Conocimientos tiles, Cvica y Moral, Msica, Lenguaje, que consista en leer en voz alta prosas y versos escogidos: Caligrafa, Msica, Trabajo Manual y Castellano. Para esta ltima asignatura debamos tener el cuaderno de dictado, que fue la manera ms prctica que conozco hasta hoy de aprender a escribir, porque consista en que la maestra iba dictando trozos escogidos de la literatura castellana y el alumno los iba transcribiendo en su cuaderno que despus sera corregido con enrgicos apuntes de lpiz rojo por la maestra. El enunciado constitucional de 1870 -vigente entonces- sobre la materia deca que la enseanza primaria era gratuita y obligatoria. Y no sonaba a hueco, porque nio hallado en la calle en horas de clase iba a parar a la Comisara policial, y all se convocaba a los padres para retirar a sus retoos y a recibir la reprimenda correspondiente.
Los aos escolares transcurrieron alegres y fecundos. Hicimos los primeros amigos y camos cautivos de los primeros amores, tiernos, ensoadores y ruborosos. Maestras tuvimos que no pertenecan a sindicatos, sino a santorales cvicos de los que surgan severas y bondadosas, mujeres que comprendan eso que es hoy una frase hueca cuando se habla del apostolado de la enseanza, nos mandaban de vuelta a casa cuando en mayo no lucamos la escarapela tricolor, vivan en decorosa pobreza y enseaban con rigor implacable. Almas sensibles que nos daban una amable bienvenida al empezar el ao, y lloraban al terminarlo, y lo que es ms importante, antes que aplicar sobre el nio las deshumanizadas frmulas de la pedagoga, ayudaban a entender y comprender con calor y ternura de segunda madre como decan los recitados protocolares del Da de la Maestra.



Seis
An durante la guerra, la vida familiar era pastoral e inocente. 
Madre y abuela eran la autoridad mxima, como en todas las familias asuncenas en las que persista el matriarcado espontneo que se generara en una poblacin masculina diezmada en el genocidio de la Triple Alianza en 1865-70. Severas y dulces eran las madres, buenas las esposas, frtiles las tierras del patio o de la quinta, alegre la casa, dura y sana la economa familiar, libres las gallinas de anidar y empollar en los matorrales. Smbolo acaso de aquella inocencia casi ednica, era para m, la panzuda lmpara que se encenda cuando cerraba la noche. A la luz de esa lmpara dorada, a kerosene y con su caliente tubo de vidrio, la familia cenaba, los estudiantes lean y los nios hacan los deberes. 
A su resplandor tambin madre y abuela dictaban las cartas para los hijos en guerra, que las escriba mi hermano Gerardo, y a su luz tambin se lea con avidez las cartas que venan del Chaco. Querida mam. Quiero que ests tranquila porque me encuentro bien de salud. No creers que me he dejado la barba porque afeitarse es difcil... Madre y abuela se crispaban entre el llanto y la risa, imaginando al hijo adolescente con barba. El moblaje rstico y prctico, que inclua el catre tijera porttil, bastidor de madera que soportaba una cama de lona, generalmente proveniente de bolsas desechadas de yerba Ley, de Segundo Ibarra, que en las noches de verano se instalaban en el patio, jardn y hasta en la acera para pernoctar bajo la brisa nocturna. No haba nada parecido al refrigerador, la cocina elctrica o a gas ni al lavarropas. Se conservaba los alimentos en la fiambrera de tejido metlico apretado para impedir el acceso de moscas y cucarachas, se cocinaba en el brasero a carbn y la ropa lavaba la lavandera que la retiraba sucia y la devolva limpia y planchada dos das despus. La leche y las pocas verduras que se conocan antes de la llegada de los inmigrantes japoneses, eran tradas a la ciudad por las burreras con sus rganas de cuero en los burritos repletas de naranja y mandi' como dice la cancin, provenientes de los lejanos parajes de Lambar, Ysaty o Villa Elisa. Las comidas eran sencillas, tradicionales y variadas, porque entonces, el fuego, como lo es hoy, no era caro, y el tiempo sosegado y sin velocidades que facilitaba la paciente preparacin de los menes. Los menajes de cocina eran sencillos y elementales. El horno o tatacu de ladrillos y barro cocido sobre una pequea plataforma de madera, se alzaba en el patio. En la cocina misma, reinaba la famosa ollajh, negra, de hierro, como de hierro era tambin la pava y las sartenes, aunque ya existan las de aluminio o de enlozado que concitaban el desprecio de las mujeres, porque cosa consabida era que el calor del hierro y del carbn vegetal o la lea, daban su autntico sabor a las comidas, o del mate cocido en la pava. La cafetera, el cucharn de variado uso y el infaltable mortero de madera labrada para moler maz y todo lo molible en el ceremonial embis yobai de las dos mujeres de la casa. En un pequeo estante, estaban los condimentos conocidos de entonces, la sal, la pimienta, el comino, el organo, el curat, el ajo, la cebolla, la albahaca y el perejil. El men inclua la rutinaria sopa de puchero, ensalada de lechuga o de berros, carne vacuna en diversas formas, la ms deliciosa en asado a la olla con mandioca tierna y acabada de hervir. El espeso locro Ipcu, sopa de locro en la que herva y se volva gelatina una pata de vacuno era una delicia que slo deba consumirse una vez por semana, porque tena demasiado alimento, como deca la abuela, y haca estallar la gordura. El horno se calentaba slo en das de fiesta, para el ryguaz ca', gallina asada, la sopa paraguaya que como se sabe no es sopa sino slida torta de maz, ms rica si la receta incluye el ques Paraguay, el huevo y una pizca de leche cuajada: el chip aramir y el cabur ac, (caliente) pan cocido en una varilla de rama verde, de un subproducto del almidn, el typyraty que se venda en los almacenes en grandes bolas como balas de can, y que haba que comerlo sujeto a su rama, y caliente, porque al enfriarse se volva duro como la piedra. La carne secada en tiras colgadas del maderamen del techo, a la que se llamaba cecina, acompaaba tambin al locro de patas o puestas directamente sobre el fuego del carbn se asaban y obligaban a un ejercicio de masticacin esforzada y paciente. Recuerdo que a aquellos asaditos rpidos, espontneos a los que se recurra para saciar rpidamente apetitos inesperados y urgentes, la abuela llamaba chambuchina una palabra guaranizada, a partir de la castiza chamusquina que hasta hoy es plato popular en Espaa. El desayuno habitual consista en caf, con leche, o mate cocido con leche y galletas, en grandes jarros enlozados. Del anda, zapallo dulce, sala el exquisito quibeb, una suerte de pur azucarado que constitua el postre ms apreciado, suavizado su sabor con un poco de leche. A propsito, no exista la palabra postre como se la usa ahora para designar la golosina con que terminan los almuerzos y las cenas, que entonces se denominaba curiosamente sobremesa. Exista tambin, pero para fechas especiales, la variedad de comidas tpicas que se renuevan hoy en las Fiestas de San Juan, como el chichar, el payagu mascada, y las dems delicias de la rica culinaria criolla.
Como la lmpara emblemtica del espritu del hogar, tambin recordamos el cntaro de agua. Colocando en el rincn ms fresco de la casa, el cntaro casi prpura, de gruesa arcilla cocida contena el agua para beber, trada del aljibe o el pozo, colada con un trapo inmaculado con la ingenua pretensin de que el elemental filtro retuviera todos los agentes patgenos. Sobre la boca del cntaro, un plato a la manera de tapa, y sobre el plato, un jarro. Todos bebamos de esa agua y con ese jarro, y ofrecer al visitante acalorado un jarro de agua del cntaro hogareo era una seal de hospitalidad y de cortesa. Ocurra algunas veces que el visitante que beba del jarro comn, primero extraa un poco de agua, enjuagaba el jarro, derramaba y slo despus volva a extraer el agua. Esto de enjuagar el jarro era lo ms parecido a una ofensa, si mis recuerdos de la reaccin de la abuela Venancia no me mienten, y que consista en una expresin murmurada de enfado sobre que el individuo estaba muy equivocado si crea que estaba bebiendo agua de una familia de leprosos o de tsicos.
Recin en los cuarenta aparecieron los primeros refrigeradores, los ms codiciados Servel Electrolux, que aunque parezca mentira, funcionaron a kerosene, y los receptores de radio metidos en suntuosos muebles que pasaban a ser orgullo y adorno de las salas distinguidas.
Las diversiones infantiles eran pocas e inocentes. Tras las procesiones, las calesitas y los juegos de azar. La que ms me embelesaba eran los paseos al Mandarinal, un campo como de cien hectreas perteneciente a un europeo, sobre lo que es hoy la Avenida General Santos, entonces barrancosa y de tierra colorada. En poca de fructificacin, millares de plantas de mandarinas maduraban sus frutos, que eran tantos que se perdan, de modo que el generoso caballero permita que caravanas de paseantes entraran libremente en la perfumada heredad, a hartarse de mandarinas dulces y doradas, o llevarlas a casa en bolsas o canastas. Iba yo de la mano y al cuidado de Mara Ana, una vecina joven y hermosa, hija de don Mbatu, sobre el que nos referiremos ms adelante, y hoy una anciana ya y prspera empresaria en el Mercado 4. Otras distracciones eran el ftbol, el boleroy el trompo, con el que se jugaba el canibalesco torneo que terminaba con la destruccin, a golpes de pas, del trompo adversario. Pero el juego que ms capturaba mi imaginacin era el de hacer volar pandorgas, y entablar rias areas con ellas. De un libro anterior mo, Parece Que Fue Ayer extraigo lo que sigue:
LA PANDORGA. En rigor, debera titular este espacio con el ms castizo barrilete o corneta, pero prefiero pandorga, porque es as como los nios conocimos aquel delicado artefacto volador. Su construccin requera una pericia artesanal que no exclua elementos artsticos, y curiosamente, un conocimiento sorprendente de las leyes de la fsica, y en ellas, las de aerodinmica. Liviana para ser dcil al empuje del viento, equilibrada para aprovechar al mximo su fuerza ascensional, ciencia aerodinmica instintiva, acaso derivada de la observacin del vuelo de los pjaros, presida la construccin de la pandorga, y existan artesanos improvisados, pero famosos por la precisin y donaire de sus productos. 
Todo empezaba con el cuidadoso pulido de sus palitos extrados de la tacuara, que en cantidad de cuatro, seis u ocho, nunca en nmero impar, formara el armaje de la pandorga, un crculo perfecto de tacuara y hilo, que los fabricantes puntillosos colgaban de un hilo atado exactamente en el centro. Si el armaje suspendido de esa forma no adoptaba una horizontalidad perfecta, no habra equilibrio y se correga el armazn, una y otra vez. Despus empezaba la parte artstica. Al armaje habra que recubrir de papel de seda de diversos colores que se combinaban estticamente formando caprichosos diseos, como la media luna, tajada, tajada cortada, tajadita o tajadita cortada, con los trocitos de papel combinados con ciertas reminiscencias del arte vitral. Se descartaba como pegamento la goma arbiga porque agregaba mucho peso, y se prefera en cambio el engrudo que era una mezcla de harina con el jugo de algn ctrico que se amasaba cuidadosamente. Pegado el papel al armaje, vena la parte ornamental, en forma del llamado centro, una suerte de encaje redondo de papel de color contrastante con los de la pandorga, que se pegaba en el centro exacto de la joyita voladora que iba tomando forma. Ms adelante, las piriritas que eran tiras de papel de colores variados pegadas a manera de airosas cabelleras alrededor del crculo, y que al volar la pandorga produca un atrayente siseo y un armonioso efecto de coquetera femenina, de diosa de seda haciendo jugar el viento con sus largos cabellos. Una variante de la piririta era la perereta consistente en un hilo flojo que cruzaba horizontalmente, de borde a borde la pandorga, y que tena, el hilo, pegado una cadena como de dedos de papel que al recibir el viento, batan la lisura de la pandorga como si fuera la tensa piel de un tambor. De la primera fase artesanal y de la segunda fase ornamental, se pasaba a la fsica, con los barbijos. El barbijo de hilo deba ser un tringulo perfecto de riendas, a la manera de tres tensores. Uno que parta del costado superior de la pandorga, otro que parta del izquierdo, y el tercero, del centro, para unirse ms o menos a 20 centmetros. Cualquier desequilibrio echaba a perder el vuelo, y sobre todo, si el tensor del centro era ms largo de lo debido el vuelo era desfalleciente y perezoso, y si ms corto, caprichoso y difcil de controlar. Terminado el barbijo de hilo vena el barbijo de cola con hilos tensores que partan de los costados inferiores, a izquierda y derecha de la pandorga, formando tambin un ngulo colgante cuyo tercer tensor, era el sitio exacto de donde colgar la cola del artefacto volador, ni muy pesada, porque pona lastre el vuelo, ni muy liviana, porque cabeceaba, giraba y se incrustaba de cabeza en el suelo, o en el ramaje inaccesible de un rbol alto. El material para la cola provena generalmente de los retazos de telas celosamente atesorados en el costurero materno, convertidos en finas tiras. El hilo preferido para remontar las pandorgas era el de marca Cadena y nmero 16, grueso y fuerte, pero no tan pesado como para producir el kyjh o hamaca, como se deca a la curva que mostraba el hilo de la pandorga en vuelo, ocasionada por su peso. Tener mucho kyjh era un desdoro para todo pandorguero que se respetara. Durante el vuelo se producan incidentes o accidentes. La pandorga cabeceaba enloquecida si tena cola liviana y generalmente iba a encontrar su triste cali' (catstrofe) destrozada en el suelo. Otras veces una rfaga de viento particularmente fuerte ocasionaba la rotura del hilo y la pandorga se precipitaba desde las alturas y era llevada por el viento, girando desmayadamente. Entonces, de la chiquillera sonaba el grito de O soo (se solt) que era como una seal para que la turba infantil se lanzara a la carrera al rescate de la nufraga de los cielos, pues imperaba la ley con reminiscencias de cdigos marinos, por la cual perteneca al ms hbil, veloz y sacrificado de los rescatadores, habida cuenta de que haba que atravesar patios ajenos alambrados con pas o vigilados por perros, sortear zanjas, matorrales espinosos y hasta trepar a un rbol para el rescate. En ese oficio de corsario se especializaba un amiguito mo, hoy ya fallecido, Sebastin Bentez, que arteramente roa a hurtadillas la parte del hilo que quedaba en tierra, y cuando se le daba hilo a la pandorga para que subiera ms alto, se soltaba y el accidente encontraba ya a Sebastin en el sitio exacto, acaso a un kilmetro, donde caera la pandorga. Frecuentemente, una mala maniobra significaba que la cola se enredara con el hilo, la pandorga perda equilibrio y caa girando sobre s misma, hecha un amasijo de colores, trapo y hilo, A este accidente se denominaba catillo kay, devenida de quema de castillo como se denominaba en otros tiempos a fuegos artificiales que dibujaban la silueta de un castillo en llamas. Pero lo que me suscita mejores y ms emocionantes recuerdos, era los ua' o desafos, ria o combate areo entre pandorgas que generalmente no eran tramados de antemano, sino desafos espontneos. Suceda que un grupo de chicos volaba pacficamente sus pandorgas, cuando otra, remontada desde otra calle u otro barrio, haca una aparicin amenazante, desafiante, y por encima de las desafiadas. Las ms peligrosas eran aquellas que irrumpan armadas con dos hojitas de afeitar colocadas en cruz en la punta de la cola, que se transformaba as como en el arma letal del escorpin. Su intencin era cortar el hilo de la pandorga atacada y someterla al pillaje de los espectadores anhelantes. A su vez, la pandorga atacada tena la posibilidad de un ascenso veloz, enredar a la agresora y segn la rapidez con la que se recoga el hilo, derribarla en territorio amigo, en cuyo caso, la prisionera perteneca al victorioso. Para la suerte del combate, eran fundamentales las caractersticas de las pandorgas. I pua" (es rpida) significaba que responda con velocidad a los tirones para subir agresivamente en persecucin del enemigo. Jho' por (cae bien) se deca de aquellas que para atacar o escapar del ataque, casi libre del hilo, caan a plomo sin perder sustentacin. Hasta hoy, a tantos aos de distancia, recuerdo ntidamente algunos picos duelos areos de primorosas y valientes pandorgas, a las que asista siempre solo como espectador, porque se daba el caso de que yo era mal piloto de pandorgas, porque mirar a las alturas azules e infinitas donde se debatan las aladas  guerreras de papel de colores, me produca vrtigos. En la inocente niez de entonces, negarse a un desafo era una cobarda que echaba una severa sancin moral sobre el py' mir (espritu dbil) que rehua el combate. Pero s haba derecho a negarse a combatir, cuando la desafiante era una pandorga derrengada, barata y de papel tosco. Algo as como que el caballero de brillante armadura no poda perder decoro aceptando el reto de un plebeyo montado en mula.
La pandorga clsica, redonda, tena algunas variantes como el aeroplano cuyo armaje simulaba el fuselaje de un avin con alas, torpe de remontar y difcil de sostener en vuelo. El plebeyo de la raza era el cuarull, deformacin de cuadrill, que era de dos palitos en cruz y forma cuadrada, armado con papel de estraza y sin gracia alguna. El curur (sapo) tena tres palitos y realmente pareca un batracio en vuelo. El taguat, nombre de un ave de presa era solo de dos palitos, uno largo y otro corto y en cruz. Armado, tena forma de barco. Se lo confeccionaba solo para el combate areo y era temible por su velocidad. 
Pero en la cspide estaba el lucero de complicado armaje sobrepuesto, recargado de colores, coronas, piriritas y pereretas de vuelo majestuoso y lento, por lo que era un abuso atacarlo en vuelo, y despreciable acto de pillaje y vandalismo. Un adorno en el cielo, que aquella infancia de antao, destructiva en muchos aspectos, respetaba por su belleza.
En estos tiempos, suelo ver pandorgas de plstico, hechas en serie posiblemente en el Brasil. Acaso en diseo, material y construccin, sean ms fciles de volar y menos destructibles que las hermosas y frgiles pandorgas manuales de mi tiempo infantil. Pero no tendrn aquellas pandorgas importadas la magia y el espritu y el duende de las joyas artesanales que se elevaban desafiantes a las alturas, inconscientes de su endeblez de seda y tacuara fina, y slo orgullosas de su bro, del airoso revoleo de sus cabelleras ostentosas y del tamboreo marcial sobre su pecho de papel de seda. Pandorgas que vi nacer hechas a mano, proyectadas sobre un plano de fantasa, galen milagroso para el descubrimiento de las alturas o bergantn para el combate en el mar azul del espacio. Y sobre todo, fecundadora de imaginacin y del sueo, de la ilusin de explorar espacios desconocidos, el pas del viento y el nido de las tormentas con una sonda curiosa cautiva de un hilo; de las viscerales, antiguas leyes del combate, las reglas del honor infante, del pillaje justificado o no, como un universo en miniatura para una humanidad en miniatura que era entonces la niez, despertando a la vida en medio de la inocencia pura, sin la traba ni el aporte de la electrnica que lo facilita todo, lo mueve todo, vive con slo presionar un botn, ahorrando el esfuerzo muscular y la incursin alocada, como de mariposa borracha, de la imaginacin, de lo repentino, de lo espontneo, lo hbil, del puro reflejo de la reaccin ante el viento y el sol; la furia o la mansedumbre de los elementos contra la fragilidad de un hilo que sostiene all en lo alto una fantasa viva amenazada por la hostilidad de un yil pendiente de la cola de un jinete cataclsmico galopando en la vastedad del cielo.



Siete
Con perdn por esta digresin, retornemos el tema. Creo haber descrito desmaadamente el nuevo hbitat que me tocara con el traslado de la familia a Asuncin. Casi al mismo tiempo estallaba la guerra del Chaco y los hermanos mayores haban marchado a ella. La contienda marc toda una poca de la vida familiar. Exista una veneracin de hroes para quienes iban a combatir y un desprecio absoluto para el que eluda su deber con la patria. De esa manera frente al gesto heroico del combatiente se alzaba la despreciable figura del emboscado (o sanda ybygy - sanda bajo tierra) como se designaba al cobarde. Sola contarse al respecto, el rumor o la leyenda o acaso la certidumbre, del hijo de un ilustre poeta cantor de las glorias nacionales, que vivi los tres aos de la contienda en un aljibe. 
Desecado, por supuesto. Yo, personalmente conoc a un hombre que viva en los fondos de nuestra propiedad, llamado Julio, que intent pasar los aos de guerra apoyndose lamentablemente en un par de muletas luciendo la estampa doliente del mutilado de guerra pero no cont con los famosos y temidos pomberos, que eran una patrulla de tres fusileros que se lanzaban a reclutar a punta de fusil a cualquiera que tuviera edad para combatir y no tena uniforme, para enviarlos sin demora a la primera lnea de combate. Semejante mala suerte le toc a Julio, descubierto en su disfraz heroico, a quien, dicho sea de paso, recuerdo como el ms fino artesano constructor de pandorgas, y que lamentablemente jams volvi de la guerra.
En el hogar familiar la guerra era una presencia constante y amenazadora. Mam Elisa y abuela Venancia rezaban diariamente por la suerte y el amparo de los muchachos en el Chaco, y encomendaban su vida y su bienestar a todos los santos del altar familiar. Otro trabajo era la preparacin de las encomiendas, que consistan en paquetes de abastecimientos que la Cruz Roja haca llegar a los jvenes en las trincheras. Limitada en su peso y tamao, la encomienda deba ser de gran utilidad prctica y liviana al mismo tiempo. Una de las grandes necesidades del combatiente eran el alimento, las medicinas y el agua. Con el agua, no haba modo, pero en cuanto a los alimentos, la sabidura de la abuela Venancia, que jams haba ledo un almanaque siquiera y mucho menos algn cdigo alimenticio, concibi una sntesis de la buena alimentacin sobre la base del poder energtico del azcar. La encomienda, por tanto, consista en provisiones de dulce de man, de guayaba o de batata, poderosamente azucarados, y una lata de poco ms de un kilogramo con un preparado con una frmula de su invencin, man tostado y molido con maz tambin tostado y molido, con un poco de canela, ans, y desde luego, mucho azcar. Se formaba as una apretada y poderosa pasta alimenticia, repleta de protenas vegetales e hidrato de carbono, pero que de sal, no tena nada, porque la sal produce sed.
Habra que citar, por lo menos para la informacin, a las madrinas de guerra que tambin enviaban encomiendas, y muchas, cartas amables, alentadoras, dulces, que acompaaban la soledad y los sacrificios del soldado. No conozco en la historia de las guerras esta costumbre de generosidad, desprendimiento y solidaridad femeninas con el combatiente, pero era vigente aqu, durante la guerra del Chaco, acaso el ltimo episodio histrico donde funcionara con todo su vigor, la virtud del patriotismo que hoy parece haberse perdido. Ellas, calmaban con sus envos y sus cartas la sed de comunicacin que angustiaba al soldado en el infierno verde y seco, aunque no la otra, la sed autntica, el ansia por  el agua que fuera en tantas batallas la diferencia entre la vida y la muerte, la victoria o la derrota.
Este horror a la sed estaba justificado porque el Chaco era un campo de batalla sin agua, y los combates por la conquista del pozo, la aguada o la laguna, al margen de otras consideraciones estratgicas. El soldado poda olvidar su fusil, pero no su caramaola como se designaba a la cantimplora, recipiente para el agua que formaba parte de su equipo. Y despus de la guerra se mentaba que en ambos bandos hubo ms bajas mortales por la sed y por la ingestin del agua contaminada que produca tifus y disenteras, que por las balas adversarias.
No falt en aquellos tiempos, un alemn borracho, inteligente y aprovechado que invent, a manera de las conocidas bombillas de tomar mate, un tubo de latn que terminaba en un extrao artilugio. A este artilugio el alemn llamaba filtro purificante y segn l, con el tubo se poda sorber el agua ms ptrida que llegaba pura a la boca. Mi madre compr aquel aparato con intencin de incluirlo en la prxima encomienda, pero la abuela Venancia, desconfiada, decidi probarlo por s misma. Sorbi el agua ms sucia de un charco en el gallinero, y naturalmente, contrajo una severa colitis con grandes calambres estomacales. Pero no se quej, porque haba demostrado que el alemn borracho era un estafador que medraba con las angustias del prjimo.
La ciudad de entonces era una gran aldea sosegada y dormida, llena de sonidos. Durante las noches calmas se escuchaba en la ciudad las campanadas del reloj de la Catedral o el gemir de los tranvas -ya elctricos- acelerando en las pendientes de la Avenida Colombia, hoy Mariscal Lpez. Tan silente eran las noches, que tambin se escuchaban el canto de los gallos en la profundidad de las horas, una cadena sonora que anunciaba lluvias o tormentas, y los silbatos de vigilia de los agentes policacos de la noche, que daban as fe de que estaban despiertos y alertas y no dormidos en algn apacible zagun. Los caoneros Humait y Paraguay eran los principales transportes de tropas al frente, adems de otros barcos de pasajeros convertidos para usos militares. Pero el ms notorio era el vapor Cuyab, que tambin transportaba soldados y fue famoso por su poderosa sirena que sonaba cuando parta del Puerto llevando su carga heroica. El sonido de aquella sirena llegaba a los ltimos confines de Asuncin, con una resonancia lamentosa y dolida casi de ceremonial fnebre, porque pareca llanto, aullido de dolor desesperado. Las mujeres, al escuchar el desgarrador lamento, se santiguaban y oraban a los santos por la suerte de los alegres soldaditos que parecan ir a una fiesta ms que a una guerra.
Anecdtico pero sugerente de aquellos tiempos viriles, es la existencia, a orillas del ro Paraguay, de un paraje que los soldados bautizaron Puerto Yepep. Era apenas una curva del ro donde concurran a ejercer su oficio las lavanderas. Cuando pasaban los barcos cargados de soldados, aquellas mujeres no conceban mejor saludo que alzarse las polleras (el yepep guaran) y exhibir el trasero para gozo y jolgorio de la soldadesca. Durante aos, procur desentraar el significado de este ceremonial de glteos al aire, y todo lo que se me ocurri, acaso llevado por mi imaginacin potica, es que las humildes mujeres rendan el homenaje de su feminidad ms oculta a la virilidad del hombre que iba a combatir, como diciendo vayan, combatan, venzan y vuelvan a tomarnos.
Pero no todas las sirenas eran heraldos del dolor y del adis. Haba otras que sonaban triunfales anunciando los partes de guerra que daban noticias de las victorias en la guerra. Sonaban las sirenas de las fbricas, de los barcos surtos en el Puerto y de los molinos, el silbato de los trenes y la inconfundible sirena del diario La Tribuna, que adems instalaba en la fachada de su edificio de la calle General Daz un pizarrn con el texto del comunicado triunfal... y la lista de los cados en la hazaa. La gente corra, cuaderno en mano, a copiar estas listas con la aprensin de encontrar el nombre de un amigo o un pariente cado en combate. Tambin en esos tiempos, el genio previsor de Eligio Ayala, que anticipaba la guerra inevitable y adquira armamentos, tambin se haba extendido a la necesidad de las comunicaciones, y segn cuenta mi hermano Gerardo, facilit a un seor Artaza la instalacin de la primera emisora de Radio en el Paraguay, ZPI Radio El Pas. A ocho cuadras de mi casa, sobre la calle Per, la ltima empedrada y con luz elctrica antes de los andurriales perifricos de la ciudad, viva un prspero caballero que dispona de un enorme receptor Telefunken. Cuando la radio difunda noticias de guerra, el buen seor pona el armatoste a todo volumen y abra las ventanas de su casa para que la multitud ansiosa y apiada se enterara por este medio de las informaciones del frente. ste y no otro, fue el comienzo de la radiofona de servicio pblico en el Paraguay, cuya historia est por escribirse.
La prensa escrita era escasa, y el diario La Tribuna el ms ledo y difundido. Un caso digno de investigaciones ms profundas era el pequeo y rstico semanario Ocara Poty cu m, que puede traducirse como pequeas florecillas del campo, y era del tamao de un cuaderno escolar, de 36 pginas y editado por un pionero con imprenta propia, don Flix Trujillo, y con tipografa a mano, de caja. De pequeo formato, ya apareca antes del estallido de la guerra y difunda en versos en guaran la naturaleza de la amenaza boliviana. Era de gran demanda popular y los nios que la voceaban proclamaban a gritos el estribillo de: Ocara poty cu mi, pe yogu ke lo guaym chaque bol o e mo ang. (Ocara Poty cu m, compren las viejas, que los bolivianos se vienen acercando). Durante y despus de la guerra, el pequeo semanario ayud a crear un riqusimo repertorio potico de la contienda, recogiendo los versos inmortales de Emiliano R. 
Fernndez y de otros poetas combatientes, en idioma guaran, que han dejado testimonio escrito, cantado y grabado en discos hasta hoy, de la naturaleza heroica de las batallas y de las victorias del Chaco, los sufrimientos del soldado y las paciencias y angustias de la retaguardia. 
Hoy da, la descendencia del diligente seor Trujillo, es la nica que posee la coleccin completa del semanario heroico, y se cuenta que se niega a venderla ni por su peso en oro. La prensa argentina, especialmente el diario Crtica, que hasta dispona de un avin para sus corresponsales en el frente, era adicta en general a la causa paraguaya, y el pblico esperaba con avidez el vapor de la carrera, o paquetes de la Compaa Mihanovich, cmodos, lujosos transportes fluviales de pasajeros (Ciudad de Asuncin, Ciudad de Corrientes, Ciudad de Montevideo) que llegaban a Asuncin los sbados, procedentes de Buenos Aires, trayendo los ejemplares del mencionado diario, y de los otros. 



Ocho
Para ir cerrando este captulo de mi niez durante la guerra cabe mencionar que de la misma manera que la produccin agrcola del pas no sufri mengua alguna por la ausencia de los hombres, se mantuvo estable, y hasta aument!, con el trabajo de las mujeres paraguayas. Nunca hubo desabastecimiento (como se dice hoy) alguno, y por aadidura, cada familia que tena un combatiente en el frente, adquira derecho a retirar provistas de la Intendencia de Guerra, a cargo del General Sampson Harrison, alto, de ojos azules, que ms pareca un lord ingls que un General paraguayo, que me tom afecto y me hizo confeccionar un uniforme verde olivo de mi tamao. Yo sola acompaar a mi madre a ese edificio que an est en la calle Chile y Rodrguez de Francia, con un carrito alquilado, a retirar los bastimentos como deca la abuela, que correspondan a dos oficiales en servicio, e inclua una bolsa mensual de la famosa galleta cuartel, tan dura que haba que romperla prensndola entre una puerta recia y su marco, con frecuentes resultados de que a veces se rompa la puerta y no la galleta, segn se chanceaba sobre la cuestin.
Finalmente, como corolario de estos desolvidos y para dar una idea, desde la perspectiva de un nio, no de un historiador ni mucho menos, de lo que fuera aquella poca, cabe mencionar a los prisioneros de guerra bolivianos. Haban cado en tanta cantidad, que era imposible alimentarlos y alimentar a nuestras tropas al mismo tiempo. Entonces, casi a la mayora se la entregaba como auxiliares, peones y hasta cocineros, a las familias que tenan a sus hombres en la guerra. Eran humildes, serviciales, con rara habilidad manual para fabricar juguetes de madera o de piedra, y en homenaje a la sensibilidad solidaria paraguaya, se puede afirmar que eran tratados con amabilidad y espritu de caridad por las familias, an por aquellas que tenan luto por parientes cados en combate. Mi hermano Pedro, herido y prisionero en Strongest, con un proyectil boliviano cerca del corazn que nunca pudo ser extrado y muri con l ya en edad avanzada, era atendido en Bolivia por una familia que a su vez, tena un prisionero en el Paraguay, el teniente Zrate, estudiante de medicina en  Oruro, moreno, delgado, fino y cultsimo que se hospedaba en mi casa, con la nunca entera confianza de la abuela, y curiosamente, fue el que me ense a leer, an antes de ir a la escuela. Con razn se dice que a pesar de las infernales condiciones del escenario de la guerra del Chaco, esta fue la ltima guerra caballeresca en el siglo XX. Despus de las sangrientas batallas, el agua y el alimento se compartan, y el vencido de cualquiera de los bandos era tratado con hidalgua. Por lo dems, la guerra era guerra entre guerreros, en un escenario bien delimitado, y nunca hubo baja alguna en la poblacin civil.
Como dato curioso, apuntemos que durante la guerra se construy el primer asfaltado en el Paraguay, entonces llamado macadam, por Mc Adams, su inventor. Fue el tramo de 12 kilmetros entre Dos Bocas y San Lorenzo, y lo construyeron prisioneros bolivianos que acarreaban las piedras desde el cerro Tacumb, hoy aplanado, en un trencito de zorras, que cruzaba toda la ciudad. Eran como 600 hombres, vigilados por un aburrido guardia que dormitaba en la primera zorra.
En aquella dcada de los aos treinta la ciudad era chata y pequea, pero amable. Lo de perfumada de azahares y jazmines no era exageracin potica, sino realidad, porque en toda la ciudad crecan los apepes y naranjos agrios, haciendo sombra a las veredas, mitigando el sol ardiente de verano y dispersando esencias por calles, callejas, zaguanes y rincones. En los jardines florecan los jazmines de todo tipo, como arbustos o como trepadoras, enredaderas de flores azules se aferraban a los cercados y se desbordaban de los muros, y de noche, floreca otro tipo de enredadera a la que llamaban dama de noche, porque sus flores recogidas durante la luz del sol se abran con la llegada de las sombras como una perlada boca abierta ansiosa de beber roco. Los crotos de hojas lustrosas y caprichosos colores crecan robustos comprometiendo la estabilidad de las planteras. Frente a los portales hogareos, adems de las sinesias y los rosales, se alzaba el rbol casi herldico de las casas de entonces que la gente llamaba jazmn mango y mucho ms tarde me enter de que era jazmn magno, de llores generosas de tamao, algunas con el color del coral y otras de blancura plateada como de luz luna. 
Alguna vez en mis largas andaduras llegu a Hawai y en el aeropuerto, una nativa de piel de cobre y cintura sinuosa y sensual me coloc gentilmente un collar de flores en el cuello. Qued boquiabierto, no tanto por la belleza de la chica sino porque el collar estaba hecho de... jazmn magno!, la recordada flor de mis aos nios, al otro lado del mundo.
El punto ms elevado de la Asuncin, y referencia para el viajero que llegaba por el ro, era la Iglesia de la Encarnacin. La Catedral con su reloj daba las horas que no se discutan y era costumbre que fuera orgullo de los caballeros tener su reloj de bolsillo por la Catedral cuyas campanadas se haban elevado a jerarqua de hora oficial, El Oratorio de Asuncin dormitaba encerrado en un entramado de madera. El horizonte era de casas coloniales con techumbre de tejas rojas que se mezclaban con el verde explosivo de la vegetacin casi selvtica, hasta el punto de que un viajero argentino deca que no s si la ciudad est en la selva o la selva en la ciudad.
Sin agua corriente la ciudad, un empresario emprendedor import el primer equipo para perforar pozos artesianos e instalar una torre de metal con aspas para que el viento accionara la bomba. Las veletas que oponan las aspas a la direccin del viento llevaban la inscripcin de Manuel Ferreira S. A. C. firma que instal el sistema en las casas de los ricos que podan pagarlo, aadiendo al horizonte asunceno, a ms de los techos rojos y la vegetacin esmeralda, un bosque de torres con aspas bailarinas que se alzaban por doquier.
Hasta entonces, las familias ms acomodadas tenan pozos cavados a pala y pico, con balde y aparejo a rueda los ms modestos y con pesadas bombas de mano los ms sofisticados. En el escaln ms bajo de la burguesa empeada en no caer en el proletariado, se instalaba la casa con aljibe, un gran depsito subterrneo donde por una caera caa el agua proveniente del techo cuando llova. Lo malo era que en el profundo estanque no slo caa el agua, sino algn gato parrandero o un sapo curioso que moran ahogados y haba que proceder al fatigoso desage del aljibe, balde a balde. La ltima instancia, corresponda a los que se provean de agua de los pesados carros aguateros o de los chiquillos aguateros montados en burro, que cargaban a babor y estribor del pollino sendas latas de veinte litros, desecho de las importaciones de nafta que se hacan con ese envase.
Definitivamente, el agua era el elemento que ms incida en el costo de los alquileres y las ventas de las propiedades. Alquilo casa con pozo artesiano, haca atractiva pero cara la oferta. Menor gasto supona alquilar una casa con pozo, y ms bajo an, la casa con aljibe. Cuando no se mencionaba el agua, es que no lo tena, y el alquiler o la venta se haca ms problemtico.
Tampoco haba servicio de cloacas. Las letrinas, el servicio, los excusados o el comn como deca abuela Venancia, estaban lo ms alejados posible de las habitaciones, no exista el papel higinico y la falta se supla con papel diario o el papel de estraza con el que venan envuelto del almacn los artculos de consumo diario, y las miserias humanas se depositaban en los llamados pozos ciegos que alguna vez se llenaban y haba que desagotarlos de su repelente contenido. Tampoco exista el asiento del inodoro y la cuestin era aliviarse de las aguas mayores a la turca, es decir, sentados en cuclillas. Otro diligente empresario mont una empresa que ofreca el servicio de desagote, y la misma estaba provista de un camin, varios toneles de madera y una tropilla de obreros que vaciaban los pozos ciegos a pala, y segn se mentaba se entregaban a abundantes libaciones de caa antes de meterse a palear las inmundicias, desnudos y con los ojos vidriosos, como la nica manera de soportar el olor nauseabundo que produca su trabajo. Como proletarios fantasmales, o tal vez por alguna disposicin municipal, aquellas tareas slo deban ser ejecutadas en la profundidad de la noche, cosa que no ayudaba mucho a la vecindad de dos cuadras a la redonda, sorprendida en el apacible sueo por poderosas emanaciones nada aromticas, que obligaban a cerrar puertas y ventanas, hundir las narices en las almohadas, o envolverse en sbanas de pies a cabeza. En mala hora, aquel empresario le puso su apellido a la empresa, y muy pronto, el apellido, castizo por otra parte y que no menciono por respeto a la distinguida descendencia del caballero, se transform en sinnimo de olores desagradables, hasta el punto de que cualquier desaprensivo que en un grupo de personas soltaba un pedo de aroma especialmente agresivo, era bautizado de inmediato con el apellido de aquel buen seor que se haba equivocado en la denominacin de su empresa. 



Nueve
As como en Ajos mi curiosidad de nio fue perfilando a hombres y mujeres del paisaje humano, tambin desde la casa solariega y perifrica en Asuncin ejerc tan til costumbre, porque como all en el valle, mis conclusiones me sirvieron toda la vida para que a mi vez, dibujara mis personajes de tantas obras de ficcin, que nunca fueron hijos de la imaginacin pura, sino nacidos en la memoria, la observacin, la retencin por memoria fotogrfica de los tipos humanos, y mi poco, slo un poco, de imaginacin. El escenario para mis exploraciones, que eran antropolgicas sin yo saberlo, era el vecindario de mi barrio, que no era al fin un conglomerado de seres humanos solamente, sino de personajes que se fueron incorporando a mis recuerdos primero y a mis experiencias despus. Tenamos por vecino a don Toms Guerrero, un caudillo colorado de los de antes, que se ajustaban a un paradigma recio y viril, alcanzaban el imperio de su mando por sus luchas, sus fugas, sus desplantes valientes y lo que se llamaba trayectoria, que consista en un trajinar geogrfico, histrico y poltico por caminos y encrucijadas, preados de conflictos, lealtades y traiciones donde el hombre ganaba su prestigio arriesgando su suerte y su cabeza al mismo tiempo. As los hombres llegaban a caudillos en este eje poltico del pas que era Asuncin, a pulso, y no como ahora, por Decreto o decisin oportuna de los amigos. Tena don Toms el aspecto de un senador romano, el pelo blanco y duro cortado a cepillo, de gran estatura, barriga prominente y dueo de un vozarrn de trueno. 
Contaba para su servicio a un chiquillo descalzo, servicial, diligente y sobre todo, empeado en aprender abrevando en aquella montaa humana de fervores cvicos. El muchachito haca de todo, escuelero, mandadero, mensajero escurridizo, furtivo y casi siempre nocturno de esquelas, consignas y claves para las recurrentes conspiraciones que parecan ser los motores que movan las pasiones del caudillo, y hasta secretario. El chico era un amigo de mi edad, se llamaba Chacho, aunque su nombre completo es Adriano Jara Carmona.
Con frecuencia don Toms convocaba en su casa reuniones polticas, que eran nocturnas y donde acudan arrebujadas sombras correligionarias, cautelosas y silentes. En la sala haba una mesa grande, en el centro de la mesa una lmpara a kerosene atenuada en su resplandor, y en torno, los compaeros de causa. Con Chacho espibamos por la ventana, desde la sombra de un guayabo, con intereses distintos, porque Chacho ya haba decidido ser colorado y empezaba a cargar las bateras de su pasin republicana con la palabra de aquellos gigantes de la llanura que deliberaban al dbil resplandor de la lmpara cmplice. En cambio, a m me interesaba el conjunto, el misterio, lo temeroso y lo heroico, la radiante energa furtiva de las ideas fuertes que se expresaban en susurros, lo que se dira hoy, la parte humana de la poltica, en nuestro pas, entonces y ahora, la espada de dos filos que a veces decapita y otras abre caminos.
Por extraa paradoja, no cay en las manos sedientas de Chacho sino en las mas, un manuscrito antiguo, sin firma y trazado con delicada caligrafa en tinta china, que don Toms tena enmarcado en la pared. El Estado est hecho para el hombre, y no el hombre para el Estado. El ciudadano no debe envolver al hombre, es el hombre el que debe envolver al ciudadano. El Estado expresa slo una parte de la naturaleza humana. La poltica est por todos los conceptos subordinada a la moral, sta, en lo que esencialmente la constituye, es independiente de la poltica. Hasta hoy conservo este pensamiento enmarcado, y que yo sepa, el paso de los aos no ha variado su interpretacin.
Pocos diarios partidistas existan, las emisiones de radio eran para las noticias urgentes y la msica, y la televisin, una ficcin fantasiosa que slo se vea en las historietas de Flash Gordon, que ya existan entonces, en el suplemento del diario argentino Crtica. Caudillos como don Toms no eran producto de la propaganda ni hbridos de trompeteros de feria y oportunistas devenidos de ubicuas y recurrentes presencias en peridicos y pantallas. Eran hombres de substancia maciza, parcos en la palabra, valientes en la accin y sobre todo, apasionados en sus lecturas que saban identificarse lo mismo con el campesino, con el obrero, el estudiante, que nunca consintieron en ser rebao sino gente pensante que si bien segua con apasionamientos al caudillo, exiga de ste, la titularidad de una ctedra de coraje, autenticidad, prudencia, inteligencia y seoro. Hoy, la masificacin de la poltica ha desterrado a aquellos repblicos colorados y liberales, que dieron lustre a las jornadas cvicas de nuestra historia durante la primera mitad del siglo XX. La moral de aquellos tiempos, hoy perdida, pesa como una lpida sobre el sepulcro de los valores polticos autnticos.
Frente a la casa de don Toms, viva el personaje siniestro del barrio, en una casa chata y oscura, defendida sobre la calle por un cerco vivo de amapolas de espinos -decan que- venenosos. Su nombre era simplemente Don Jorge, y su profesin procurador, es decir, abogado sin ttulo pero dueo, como todos los de su gremio, de la sabidura jurdica y de las otras, acumulada en aos de transitar por los pasillos y explorar debilidades de los jueces. Vesta siempre traje negro y empuaba un bastn, y si menciono que viva solo no dira la verdad, porque gozaba de sucesivas compaas femeninas, preferentemente chicas jvenes y rsticas del campo. Criaditas, -deca l- que se quedaban un tiempo a atender las necesidades, en el sentido ms lato de la palabra, del oscuro personaje, y despus se marchaban con un sospechoso bulto en el vientre, para ser reemplazadas por otras provenientes de la inagotable cantera de la pobreza campesina.
Como contraparte suya, viva calle abajo un seor Lettieri, vecino laborioso, amable y corts... cuando estaba sobrio. Sus borracheras eran memorables, porque el alcohol lo cambiaba completamente, como si convivieran dentro de l un ngel y un demonio. Bebido, paseaba por las callejas armado de un respetable cuchillo, amenazando a todo el mundo, y obligando a la vecindad a asegurar puertas y ventanas. Le tena un odio especial a don Jorge, que cuando asomaba Lettieri perda su seorial compostura y se refugiaba a la carrera en la seguridad de su casa.
El hombre -don Jorge- escandalizaba a la abuela Venancia, y no por su promiscuidad sexual calendarizada, que al final de cuentas era cosa de hombres sino porque don Jorge era masn, segn le haban dicho. En la elemental escala de valores de la abuela, el masn era el demonio enemigo de Dios, lector de la Biblia, que era un libro maldito si no lo lea e interpretaba un cura. Cuando luciendo su bastn y su estampa negra pasaba frente a casa, la abuela se santiguaba y aprovechaba la oportunidad para lanzar alguna imprecacin marginal contra Madama Lynch, que conforme ella contaba, haba sido puesta al lado del querido Mariscal por la masonera para perderlo y hundir a la Patria en la catstrofe.
Memoria especial guardo para don Flix, zapatero remendn de mi vecindad. Casi anciano ya, flaco, rubio y de ojos increblemente azules, transparentes como los de un querubn. A pesar de su oficio, don Flix era un gran lector, y admirador de los intelectuales de entonces se declaraba pomposamente librepensador, ateo y anarco-sindicalista, pero a pesar de tan tenebrosas confesiones era bondadoso y servicial como un alma de Dios. 
Tena libros sobre sus aficiones polticas y un gran retrato de Lenin en la pared de su pequeo taller. Era hombre de poca cultura aunque de muchos pensamientos profundos, devoto de la palabra escrita y un soador que anhelaba la Revolucin mundial. Me haba tomado mucha simpata porque yo lo visitaba en su lugar de trabajo, ms fascinado por su arte en la trincheta, la media suela y el taco que por su conversacin y sus lecciones y consejos como que yo debera contribuir cuando fuera grande a la destruccin de este mundo capitalista para construir sobre las ruinas el paraso socialista. Para alentarme en el camino hacia mi destino anarquista, extraa del estante un libro de Marx o sobre Marx, el Manifiesto comunista, o de Jos Ingenieros, y me lea en voz alta y apasionada prrafos cuyo contenido no entenda, aunque s empezaba a entender subliminalmente la relacin del hombre, sus pasiones y acaso sus rebeldas de proletario irredento con las ideas que en esos tiempos conmovan el mundo y seducan a los intelectuales jvenes. Vea en don Flix al ser humano que se construa desde afuera, erguido y con el pecho abierto en la ruta de las tormentas y deseoso de empaparse de historia y alzarse desde su humildad al protagonismo del cambio.
Distinto era don Pancho, el almacenero de la esquina, gordo, grasiento y absolutamente impermeable a forma alguna de cultura. La estantera de su almacn era nutrida con existencia de todo, desde clavos hasta fideos en bolsas de papel, aceite en un tambor con canilla para venderlo por cuartos de litro, y latas de grasa de chancho que daban a las frituras un dorado ms crocante y un sabor ms espeso. De la estantera  colgaba siempre el famoso queso de chancho antecesor de las mortadelas y otros chacinados que vendran despus, y que entonces reciba el nombre de Oca  va rembi  (Comida del borracho) habida cuenta de lo prudente que era para el bebedor de la poderosa caa blanca que tambin despachaba don Pancho al pie del mostrador, tragarse una buena racin del engrasado queso de chancho antes de arremeter contra el vaso de alcohol. 
En otras instancias en que faltara el queso de chancho ya se fabricaba en forma casera la butifarra que recoga en su envoltura de tripa todo lo desechado en la matanza del cerdo, incluido, tantas veces, hasta los pelos. Las bolsas con las bocas remangadas de yerba Ley, de locro, locrillo, arroz, galletas, maz y de los porotos secos, que convertidos en racin de soldados se convirtieron en el famoso sapor durante la guerra, reposaban simplemente en el suelo, como en el suelo estaban los cajones de lavar Campana, de la jabonera de don Cayetano R, no el adiestrador de ftbol, sino de su padre, pionero de la industria. Sobre el mostrador, la balanza y la coleccin de pesas de un kilogramo, medio kilogramo, doscientos cincuenta gramos y hasta las minsculas de cincuenta gramos, todas, luciendo modosas su lastre interior de plomo con el sello de Fiel Contraste que la autoridad municipal exiga como garanta de peso exacto, o de litro exacto para las medidas lquidas. Y generalmente, a la vera de la balanza, un artilugio de cristal redondo como la bola de un adivino, trampa con azcar para atrapar las moscas, algunas de las cuales caan en la prisin de cristal, pero la mayora padeca muerte ms rpida y menos piadosa, con el certero golpe de la pantalla de hojas tejidas de palma, que en verano o en invierno, era el complemento infaltable en las manos del almacenero de la esquina.
Curioso como un mono y lascivo como un chivo, don Pancho tena dos debilidades, averiguar la vida y milagros de la gente a travs de una sabia lectura de la libreta de almacn y acariciar a las jovencitas, criadas y sirvientas, que concurran a su almacn a hacer las compras diarias. Las chicas ya le haban puesto al almacenero un sobrenombre sugerente, don Tapocom. Tapocom significa en castellano permteme tocarte un poquito. En efecto, vctima acaso de algn destete temprano en su lejana niez, don Pancho tena una fascinacin enfermiza por los pechos femeninos. Llegaba la joven cliente, tuviera el pecho rotundo o an plano de la adolescente, y ya la sonrisa viciosa y las manos exploradoras de don Pancho entraban en funciones. Deca con mansedumbre el tapocom y ya estaba sobando las glndulas mamarias de fmulas y criadas, muchas de las cuales no se resistan porque generalmente se ganaban el premio de un dulce de man, un mantecado o media docena de caramelos. Era curioso, pienso ahora, que nunca la exploracin manual de don Pancho se extendiera a los glteos o las entrepiernas. El objeto de su devocin eran los pechos, nada ms que los pechos, a los que, pienso en descargo de don Pancho, no daba un valor ertico, sino acaso simblico sin saberlo l, por el significado ancestral de vida, fertilidad y alimento que simbolizan lo senos femeninos.
La libreta de almacn, costumbre en nivel de extincin hoy da, era generalmente un cuaderno escolar donde a manera de cuenta corriente, don Pancho iba anotando las compras de sus clientes, a las que daba a crdito hasta fin de mes, contradiciendo sus propias consignas comerciales inscritas en dos cartelitos que colgaban de la estantera. Hoy no se fa, maana s, deca sin mucho alarde de imaginacin uno de ellos, y otro ms elaborado cuyo texto no recuerdo, pero era una sentencia sobre el no prestar dinero al amigo, porque se terminaba perdiendo el dinero y el amigo al mismo tiempo. A la libreta de almacn que va desapareciendo en la medida en que los coreanos empujan hacia el olvido a los don Panchos, don Pancho manejaba con ms destreza de siclogo que de aritmtico. Sabido es que una familia es lo que come, cunto come, cunto ahorra en comida y cmo come. En suma, por la rutina de las compras, don Pancho colega lo que se llama hoy el standard de vida de sus clientes, si vivan en la abundancia o en apreturas, si sacrificaba lo necesario por lo suntuario, si se alimentaba bien y se vesta mal o vice versa. El almacenero de la esquina fue en la inocente cultura ciudadana de aquellos tiempos, algo as como el cronista historiador de la vida del barrio, saba de sus miserias y de sus bienandanzas, expuestas -como deca- en las compras y en la naturaleza de las compras e interpretadas sabiamente por el almacenero. 
Conoca tambin de amores y desilusiones, lealtades y cuernos, casamientos apresurados y noviazgos interminables. Acompaaba las transformaciones de las familias por imperio del tiempo, los padres que moran, los hijos que crecan, las nias que se volvan seoritas, los duelos y las alegras, la lenta transfiguracin de las casas alegres cuando eran castigadas por las ausencias, los quebrantos econmicos o la disgregacin de las familias que las convertan en sombras, aisladas fortalezas de la tristeza. El orgullo de don Pancho era conocer la intimidad de las transitorias glorias y las pequeas tragedias del barrio, el ascenso de los que triunfaban y el derrumbe de los que caan. En aquellos tiempos, ya venda l artculos como polvo de arroz perfumado para la cara, en minsculos sobrecitos de un papel rojo que su vez, mojado en saliva, proporcionaba un color de rouge para los labios femeninos. La excesiva compra de semejante artculo comparada con flacas compras de galleta o de fideos, ya serva a don Pancho para concluir que en aquella casa se daba mayor importancia a la moda que a la necesidad. Curiosamente, en estos tiempos, en los que lectores, crticos y profesores de castellano que lo incluyen en sus textos consideran el mejor cuento de mi produccin, se titula La Libreta de Almacn y est inspirado en la observacin que hice en tiempos tan aurorales de mi infancia sobre las virtudes deductivas de don Pancho, partiendo, justamente, de la libreta de almacn.
Anexo a su almacn, don Pancho dispona de un pequeo patio, donde se congregaban los jugadores de sapo, extraas mezclas de deportistas y bebedores. El sapo era realmente un batracio de bronce con la boca abierta, y la cuestin era embocar aquellas fauces con un disco de madera. 
El juego era por lo general nocturno y para bebedores impenitentes, y como no haba luz elctrica, el patio se iluminaba con una lmpara de carburo, de luz potente, cegadora y blanca, pero que despeda al arder un olor nauseabundo, tan desagradable que por extensin y por similitud, a las personas que padecan del denostado yur n o mal aliento, se le aplicaba sin piedad el apelativo de carburo.



Diez
Tambin en las cercanas de mi casa, viva a Dejess, madre viuda de cuatro hijos, tres de los cuales fueron a la guerra, pero el cuarto, Cipriano, no. No porque no tuviera edad para ser soldado, sino porque era notoriamente afeminado, y en aquellos tiempos, el desprecio y el rechazo era hasta brutal con personas as, y realmente, era imposible imaginar en aquellos tiempos al delicado doncel vistiendo el uniforme guerrero, aunque segn se rumorea mucho, las cosas hoy han cambiado bastante, en cantidades y jerarquas. Pero esa es historia contempornea. 
La que aqu se narra es otra, y en este caso incluye a mi abuela Venancia, que despreciativamente llamaba monflrito al bueno de Cipriano y en referencia a su sexualidad ambigua. Slo mucho despus, intu que el adjetivo, absolutamente peyorativo, tal vez derivaba de hermafrodita, como muchas otras palabras pensadas y dichas en guaran que nacen del castellano como arambojh por almohada, coserev (dulces de frutas) por conserva, o cabay por caballo. En tal sentido (otra vez la digresin) la gente guaran parlante de antes adaptaba las palabras que no existan en el idioma primitivo dndoles un contenido guaran. Hoy da, con la pretensin de enriquecer el guaran se lo barbariza, se ignora que cuando hay choques y machiembrados de culturas y estn en juego los idiomas respectivos, se adaptan unas a otras. Hay palabras y races latinas y griegas en los idiomas romances, hay palabras castellanas en el ingls y vice versa y hay miles de palabras rabes en el castellano. Un academicismo nativo absolutamente equivocado se afana en fabricar palabras desde las alturas cuando que las cosas son al revs, es decir, el habla popular crea las palabras y las academias las recogen y consagran. 
Obviamente, en el guaran de nuestros ancestros selvticos no exista palabra alguna para la televisin y los diarios, pero los vocablos no fueron guaranizados como se haca con el cabay, sino alambicadamente traducidos en otros que son el tormento de los escolares y estudiantes obligados a estudiar el guaran. Para televisin, se invent el ta ang mbyry que es una idea de imagen lejana, y para el diario el cuati e , papel que habla, que, repito no provienen del pueblo, sino de la imaginacin de los puristas sin brjula ni conocimientos lingsticos y antropolgicos.
Pero, amable lector, salgamos de estas honduras y volvamos al desgraciado Cipriano, pobre vctima de algn error gentico, biolgico o celular, mal mirado hasta por su propia madre, a quien no consolaba para nada la diligencia de Cipriano en encarar con prolijidad y entusiasmo las labores femeninas de la casa, desde lavar la ropa, cocinar, barrer los corredores y mantener vivo un florido jardn. A m especialmente, me embelesaba la manera delicada con la que Cipriano coma la fruta del mango, que en nuestro patio, cada verano, caa desde los copudos rboles como grandes granizos dorados. El mango es desde luego un fruto delicioso y comerlo con gusto implicaba embadurnarse la cara, untarse las manos y mancharse la ropa con el jugo amarillo y persistente. Pero no para Cipriano. Con las limpias uas pelaba minuciosamente, tira a tira, la cscara del fruto, sin mancharse siquiera la punta de los dedos. Expuesta al fin la pulpa hmeda y dulce, no la emprenda a mordiscos como era la costumbre, dejando que el jugo resbalase desde la boca hasta la camisa, sino con suaves lengeteos y chupaditas de colibr. Consumida toda la fruta, Cipriano luca la boca y las manos limpias y la camisa inmaculada. 
Lo dicho, extraamente, hasta hoy, cuando recuerdo a Cipriano, veo la imagen de un muchacho moreno, espigado y fino, consumiendo mango sin la mcula de una gota, no s an si paradigma de qu en mi mundo de paradigmas y arquetipos, o acaso para recordar cmo trataban de ser discretos los antecesores de los travests y transformistas de hoy, que si los viera la abuela Venancia, morira de horror la buena seora, residenta juvenil sobreviviente como fue de aquella gesta titnica y viril de la guerra del Setenta.
En la esquina hoy formada por la calle Rodrguez de Francia, entonces Amambay se dijo, y Battilana, tena su rancho y su gran patio, un viejo patriarca, de numerosa prole, don Mbatu, cuyo verdadero nombre no recuerdo. Su principal tarea era la cra de gallos de ria, esbeltos, lustrosos y feroces guerreros emplumados de letales espuelas, que los fines de semana, eran llevados a combatir a Lambar o San Lorenzo. 
Aquellos gallos airosos, de canto corto y agresivo, de cresta breve, cabeza casi herldica y aguzado pico de halcn eran mi envidia y la de mi hermano mayor en la escala de seis, Eulalio, defraudados como vivamos porque por nuestro patio y matorrales picoteaban sueltas unas cuarenta gallinas con sus gallos purutu, deformacin de portugus, cuando no mbatar que reciban esa denominacin por la catica mezcla de colores de su plumaje, y ambas razas, de ejemplares gordos, robustos, aunque los purutu, diferentes del mbatar eran de grandes crestas rojas y floridas y plumaje rojo metlico. La vergenza de poseer semejantes gallos burgueses y poltrones, nos corroa el alma, especialmente cuando alguno de los gallos de don Mbatu haca una incursin en nuestro patio y masacraba sin piedad al purutu o al mbatar que se atreviera a defender su harn. De alguna forma oscura y primordial, de la misma manera que la gallarda de un hombre se identifica con su caballo, nuestra gallarda y orgullo familiar se identificaba con los gallos, y la humillacin era mayscula cuando nuestros pesados combatientes eran vencidos de manera tan vergonzante. Decididos a saldar esa diferencia, concebimos, Eulalio y yo, hacernos de un gallo de ria, y como no era cuestin de gastar dinero, siempre escaso, conjuramos perpetrar un robo nocturno, no de un gallo, sino de un par de huevos de la raza blica, del gallinero de don Mbatu. La incursin fue un xito. 
Reptando bajo las alambradas de pas, entramos en la heredad del viejo patriarca, conscientes de la ferocidad de Vickers (marca de caones victoriosos en el Chaco), su perro guardin que gracias a la Providencia no se dio por enterado o tenamos olor de amigos para l, y volvimos con el producto de nuestra rapia: dos huevos frescos puestos por las desvadas y fibrosas gallinas de la estirpe guerrera. Colocamos los huevos en la nidada de una mbatar clueca oportunamente, y pasamos los 19 das de gestacin, ansiosos y esperanzados con el nacimiento de dos gallos capaces de defender el honor de la familia y emparchar nuestros orgullos heridos. Da a da, vigilbamos el proceso, y cumplido el plazo, los pollitos empezaron a asomar sus piquitos, rompiendo la cscara del huevo para salir a la vida y la libertad. Nacieron as, muy distintos a los dems, los pollitos de los huevos sustrados, dos pollitos pelados, fesimos, todo pico y ano al descubierto y rosado, mientras los otros eran dorados y graciosos pompones de suave pelusa. Tuvimos la inmediata certidumbre de que ya contbamos con dos futuros campeones, pero ocurre que por entonces, el sexo de los pollitos era tan misterioso como el de los ngeles, y haba que esperar a que crecieran a pollejos para conocerlo. En ese orden de cosas, nuestra decepcin fue total cuando descubrimos ms tarde que nuestros gallos de clandestina procedencia, eran gallinas. Nos resignamos a seguir soportando las indignidades emergentes de la torpeza de nuestros mbatar y purutueses.
Una ancdota costumbrista, se suma a la historia de don Mbatu, cuando la memoria rescata a la vaca lechera de su vieja compaera. A las cinco de la maana, la buena seora sacaba la vaca a la calle, bajo un gigantesco rbol de omb que creci en la esquina misma de Amambay y Battilana, el primero y el ltimo que vi en mi vida y que tena bajo su inmenso tronco y races, unas obscuras cuevas que bien podan ser el nido del pombero o del cara pyjhar. Su comercio -de la seora- consista en vender por jarros la leche espumosa y tibia extrada del animal, el camby ac al que se atribua generosos poderes fortificantes, especialmente para los nios. Tena por tanto yo, la obligacin de madrugar, proveerme del jarro de cuarto de litro que ya contena una cucharada de azcar y otra de canela, e ir a beber la leche acabada de ordear, lo que se dice, al pie de la vaca.
Una variante sucedi cuando sobrevino una peste de tos convulsa, o tos ferina, como lo llamaban los mdicos, molestsima y asfixiante, que me afect a m y a Eulalio. No haba medicamentos para el mal en las farmacias, los mdicos decan que hay que esperar que se curen solos mientras nosotros padecamos los ataques. Sin embargo, la abuela Venancia tena el remedio emprico: leche de burra. Nunca se me borra de la memoria las heladas madrugadas de agosto en que en doliente caravana, mi madre, Eulalio y yo, caminbamos hasta Ysaty, donde a Pascuala ordeaba de su burra la leche milagrosa. Nos curamos al fin, hasta ahora no atino a saber si por el poder teraputico de semejante, espesa y maloliente leche, o por la exposicin al fro de la madrugada de agosto.
A propsito de mdicos, eran pocos y de la antigua, pastoral categora de mdicos de familia, que lo mismo atenda un parto en casa, a veces auxiliado por una vieja partera emprica y sabia, u operaba una amgdala, si la infeccin no ceda con Azul de Metileno o con las grgaras de limn o zumo de hojas de guayabo con sal. No exista el Seguro Mdico, ni la medicina empresarial que deshumaniza hoy la funcin del mdico y los sanatorios eran pocos y sin la parafernalia informtica que hoy auxilia, y encarece, la medicina. El mdico de familia, vena a la casa como un amigo generoso, casi como un semidis milagroso y paternal, atenda el paciente y se daba tiempo a tomar mate con la familia, charlar con intimidad clida y luego marcharse a continuar su ronda de visitas mdicas despus de suscribir las recetas que no eran de productos de laboratorio, sino de su propia sabidura que elaboraba frmulas que el farmacutico preparaba. Aplicaba l mismo inyecciones antipigenas para las infecciones, recomendaba el Mentholatum y la aspirina para las fiebres, las lavativas (cuando no la purga con aceite de castor) para las indigestiones, y el lavado con agua oxigenada y las pomadas de xido de zinc para las lceras de la piel. Recomendaba que se tuviera siempre un frasco de tintura de yodo y otro de alcohol rectificado para las heridas y accidentes sangrientos, y para la anemia, recetaba el Aceite de Hgado de Bacalao del Dr. Scott. Un monumento vivo de aquel tipo de mdico era en mi niez el Doctor Arbo, Higinio Arbo, caritativo, amable, infalible, sanador de toda enfermedad y de toda angustia para la familia, un hombre sabio y bondadoso para mi madre y abuela, tanto, que poco faltaba para que pusieran su retrato en el altar de los santos protectores del hogar.
Igual halo de santidad daba la gente humilde a otros mdicos ilustres, como, valga el ejemplo, el famoso Dr. Franco, amado por las madres pero terror de los chicos, pues era fama de que arrancaba las amgdalas, o glndulas como se decan entonces, con una poderosa tenaza.



Once
Prosiguiendo con este inventario de vecinos inolvidables, recuerdo a un rudo y borrachn personaje de apellido Quinez, petiso, forzudo, con un mnimo de frente entre la ceja peluda y el cabello espeso, que haca de todo, levantar un muro de ladrillos, reparar caeras de aljibe, reponer tejas rotas o cercar un gallinero. Lo llamaban don quiento, porque no tena en su mente estrecha, nocin alguna de aritmtica o de economa, y a cuanto presupuesto se le peda para un trabajo responda invariablemente quiento peso fuera el corte de un rbol o el encalado de una pared. De hecho, se le pagara diez o veinte pesos, l estaba convencido de que haba cobrado su invariable quiento peso.
Muy cerca de casa tena un minsculo almacn, una viuda ya madura, a Beatriz, que para aumentar sus ventas acaparadas definitivamente por don Pancho, haca sorteos con premios de caramelos y de galletitas entre sus escasos clientes, y venda Caramelos Cine, cuyas envolturas lucan la fotografa de las estrellas y divos de las pelculas de entonces, Mary Pickford, Douglas Fairbanks, Ton Mix o Buck Jones, entre otros dolos del cine silente. Supuestamente, tener una coleccin completa, de veinte figuritas, significaba que la empresa caramelera regalara una bicicleta. 
Ms tarde, lanzaron los Caramelos Deportes con las efigies de los famosos del ftbol argentino, Varallo, Gualeo y compaa con las cuales haba que coleccionar un equipo completo, de once, para la mentada bicicleta. La trampa estaba en que jams poda completarse la coleccin exigida, porque estaban las figuritas difciles que nunca aparecan, y en cambio, abundaban las que se repetan para desconsuelo de los chicos que soaban con una bicicleta (Bianchi, Legnano, Hrcules!) como venida del cielo. De ese juego inocente naci la expresin de figurita repetida que los adultos aplicaban al prjimo desubicado y empeado en aparecer continuamente donde no se le invitaba, charlatn y molesto, puntual en sus apariciones nunca bienvenidas. Con ese gancho comercial, a Beatriz lograba mantener en pie su modesto almacn, que a pesar de tener su despacho de bebidas, eufemismo para significar que expeda caa al pie del mostrador, imn para borrachos, no contaba con un solo cliente, sobrio o beodo. La causa, hoy lo comprendo pero no me explico, era que a Beatriz tena dos hijas que iban saliendo de la adolescencia, Elvira y Elena, rubias, altas, hermosas, esbeltas y de ojos verdes. Un par de ladies inglesas, finas y altivas en un almacn de barrio, pobres, bellas figuras insertas en un medio primitivo y casi pueblerino. Poda pensarse que tanta belleza atrajera a la gente sencilla del entorno, pero la cosa era al revs, porque sumada a la fiera vigilancia de la madre sobre las dos doradas doncellas, se suscitaba la envidia y los celos de las mujeres y la timidez de los hombres. Ni el borracho ms desinhibido (1) y corajudo por la ingestin del alcohol se atreva a alzar los ojos hasta aquellas pupilas verdes y abismales, de divinidad femenina misteriosa y mgica, ni el galn ni el cajetillo (pobretn pretencioso que gastaba todo en ropa) mejor vestido se atrevan a la profanacin de su deseo o del coqueteo con las diosas. Aisladas en la prisin inalcanzable de su propia belleza y de la vigilancia espartana de la madre, Elvira y Elena vegetaban solitarias, casi monsticas, como aves del paraso desterradas a la aridez de un erial desierto. Muchos aos despus, cuando ya era adulto, las volva a ver, siempre juntas, marchitas y con la lozana arrasada por los aos, compartiendo la irremediable soledad de las solteronas. Dura y caprichosa consigna del destino, no se casaron de jvenes porque eran demasiados bellas, ni de maduras, porque ya eran demasiado viejas.
Ms extensa era la galera de personajes del barrio en la dcada del treinta. Don Jaime Bentez fue el primer sastre que conoc. Cerca de su casa, viva el seor Cantero, padre de un nio prodigio del ajedrez que lleg a ser campen nacional de ese deporte-ciencia, Ronald Cantero. Don Juan Grange fue el mejor joyero de la ciudad, padre de un gran futbolista del Olimpia, Eulalio Grange, y tambin, entre varios hermanos, de la bella Chinita Grange, que en su adolescencia floral se suicid por amor. La familia Pizzurno dio profesionales destacados a la sociedad. Vecina a mi casa, la familia Laurent, con dos chicos que fueron compaeritos de juego, Nene, cuya pista perd, y Hilda, hoy austera matrona de nuestra sociedad. 
Ya sobre la calle Per, los Gins con mi inolvidable amigo Lalo, y desde luego, la mansin del enriquecido don Toribio Vargas, con cuya bella hija Benefrida, se cas mi hermano Antonio al volver de la guerra, para tener, en 1959, un trgico final en manos de su cuado Carlos Vargas. Sobre la calle Battilana, entre Amambay y Ro Blanco, viva un chiquillo flaco y travieso algo mayor que yo y tena un hermano menor, Scrates, tullido de una pierna. El primero estaba destinado a ser uno de los ms grandes periodistas y dramaturgos del Paraguay, y se llamaba Nstor Romero Valdovinos. No lejos de casa, sobre la misma calle Amambay, viva una matrona maternal y solidaria con el pobrero del contorno, a Ermelinda, madre de Carmen y Ernesto, informacin que no tendra trascendencia, si el tal Ernesto no fuera Ernesto Bez, hijo natural como se deca entonces, y sobrino de Cecilio Bez, diez aos mayor que yo y amigo infaltable de mis hermanos mayores, especialmente Gerardo, y mal visto siempre no s por qu por mi hermano Agustn (o Tutn), el ms agresivo y soquero de la familia, de cuyos coscorrones y tirones de oreja me defenda valientemente Ernesto, que me daba una proteccin especial, tal vez presintiendo la pasin teatrera que nos unira en largos aos de colaboracin en el futuro. Relativo a su relacin hostil con Tutn, guardo una ancdota. Jugaban ftbol en la misma cancha pedregosa del Salesianito donde haba ensayado tambin sus saltos un espigado muchachito llamado Arsenio Erico. Ernesto y Tutn en equipos distintos, y en mal momento, al travieso Ernesto se le escapaba Tutn llevando la pelota al arco, y no le ocurri mejor manera de parar el impetuoso avance que alcanzarlo y meterle un dedo all donde la dignidad del macho es ms sensible. El ofendido reaccion, el ofensor escap a la carrera, y Ernesto me sola jurar que la persecucin lleg hasta Lambar.
Al mencionar al Salesianito -ya que este libro se va escribiendo sin documentacin alguna sino al correr de los recuerdos y con la misma secuencia con que ellos asoman a la memoria- cabe el recuerdo amable para el padre Juan Casanello, gordo, sanguneo, paternal, poeta pico de poemas marciales que l mismo recitaba con voz de trueno, y autor teatral. Fue no slo evangelizador en los trminos ms puros, sino tambin maestro, benefactor y propulsor de muchas vocaciones artsticas en el Salesianito, especialmente el teatro, donde subieron por primera vez al escenario Ernesto Bez y Javier Franco. Lo substituyeron cuando se fue, el pa-i Pecci primero, y el famoso pa-i Prez despus de regresar de la guerra del Chaco donde nunca abandon el frente, predicando, haciendo misa bajo las balas, consolando heridos, suplicando por el perdn de los desertores que seran fusilados y dando el vitico a los muertos. En el Salesianito, form el marcial sacerdote el Batalln de Scouts Rojas Silva, y de su banda de msica salieron entre otros quienes fueron despus compositores de vala como Neneco Norton, y ejecutantes como Leopoldo Cabaas, saxofonista primero de la juvenil Orquesta Universitaria de admirada memoria, en la que se canaliz la extraa fascinacin que sienten los estudiantes de medicina y mdicos por la msica, y prestigioso mdico -el Dr. Cabaas, decimos- despus, que muri a edad temprana, pero mientras vivi fue hombre famoso por su buen humor y sus bromas pesadas a pesar de su rango acadmico, como pasear sujeta a una cuerda en una distinguida exposicin canina del Kennel Club, a una perra en celo que recogiera en la calle, con el consiguiente escndalo perruno y humano que se suscitara. Extrao caso el del Dr. Cabaas. Juramentado para salvar vidas, tal vez crea en el fondo de su carcter burln en el valor teraputico del buen humor y de la irona contra todo lo establecido, y fue tan prestigioso por su capacidad de radilogo, como por su habilidad con el saxo y su torrencial capacidad de burlarse de la gente, sin distincin alguna, ya que se cuenta que cuando tuvo que hacerle una radiografa al mismsimo General Stroessner, se ech a rer estruendosamente -sin parar mientes en el enojo del ilustre paciente- cuando el General qued en calzoncillos, desnudo y grotesco sin sus empaques militares. Me enorgullece decir que Leopoldo, fue tambin uno de mis amigos de la infancia temprana.



Once
Variada y tpica de aquellos aos, fueron los ejemplares humanos que la memoria rescata. Papil, el borracho del barrio, astroso y vencido, cuya nica posesin era una lata herrumbrosa que fuera de un kilo de Conservas de Tomate Pomodoro, con la que l mendigaba comida en las casas del vecindario. Pa-i Cac un submental que se crea cantor, y por unas galletas cantaba la nica cancin que conoca: En un barrio de Asuncin, paraje de Varadero, arec pete ku, jherava Marcelina Rosa Rivero. Las vendedoras de achuras que pasaban todas las tardes con un recipiente de latn oliendo a vsceras an tibias sobre la cabeza, y seguida por un cortejo de moscas y de perros caminadores. Nios y nias de guardapolvos blancos rumbo a la escuela y se juntaba para ir en caravanas blancas. Muchachones orilleros en lucha contra la ignorancia que terminado el trabajo en el taller o en la fbrica, iban a la escuela Pyjhar, turno nocturno de las escuelas primarias para escolares fuera de edad y sin tiempo para concurrir de da, que lamentablemente ya no funcionan, como ya no funciona la famosa escuela de Artes y Oficios, que recoga los nios de la calle, los sometan a rigurosa disciplina militar, los uniformaba de marineritos pigmeos, los alfabetizaban y le enseaban sastrera, carpintera, mecnica y zapatera, y produjo generaciones de expertos trabajadores de los respectivos oficios. Hasta a Salom y su hija apodaba Tren so' (tren de la carne) por su andar rpido y a pasitos saltarines, prostitutas madre e hija que vivan sobre un barranco que fuera la que es hoy la calle Repblica Francesa, ponan la nota del escndalo y la miseria en aquella sociedad inocente. Ya haba llegado los primeros inmigrantes rabes, sirios y libaneses, a los que se decan turcos que como los coreanos de hoy, eran vendedores ambulantes, gran valija a cuestas, que llegaban a puertas y portones y ofrecan en dificultoso castellano Bolbos, beines, beinetas, zabatilla barai y barfumes. Aquellos esforzados trabajadores, cuando no enviaban a buscar esposas en el pas natal, se casaron con paraguayas, se integraron totalmente a la sociedad, y hoy en toda la nomenclatura del pas figuran, cuando no estirpes de empresarios millonarios, mdicos ilustres, abogados, ingenieros y acadmicos en general que honran sus apellidos y reivindican -no todos, claro- la humildad de su origen.
Halaga y despierta nostalgias, el hecho de que las vecindades en los barrios de Asuncin tenan una virtud comn, hoy antaosa y casi desconocida. La solidaridad entre la gente, las familias y los grupos. No era conducta trada de los pelos, para el regodeo del ego y la proclamacin publicitaria. La solidaridad era espontnea, viva y sentida, llevada a las excelsitudes de la projimidad y de la generosidad con el semejante enfermo, enlutado o sin pan. Una familia no se aislaba de otras familias, una casa, siempre estaba abierta a los dems, una mesa lista a acoger al invitado, o al necesitado que llegaba en busca de auxilio. A quien llegaba en horas de almorzar o de cenar, no se le saludaba con un impersonal hola sino con un a buen tiempo, que significaba que haba una silla en la mesa, un plato de comida, o una tortilla, un chip o un trozo de milanesa en la fiambrera. Se conoca quien estaba enfermo y se corra en su ayuda, qu hogar sufra una tragedia y all se volcaba la solidaridad, el consuelo y el blsamo de la compaa y la participacin. 
Tomar en prstamo un vestido o un zapato no era un desdoro para quien peda ni de soberbia para quien daba. Interesarse en los dems, aplaudir sus logros y compartir sus desdichas era la regla no escrita. Nunca hubo discriminacin racial, ni econmica ni social. Los estudiosos alababan ya entonces lo que algo pomposamente se denomina ahora movilidad social por la cual, el hijo de la cocinera poda llegar a Capitn o General, o el retoo del compadre campesino que vena a Asuncin poda alcanzar los honores de Doctor o el jovencito estudioso y aplicado de la familia pobre del ranchero marginal quizs llegara a Obispo.
Asuncin dependa mucho ms que hoy del ro para el comercio internacional del pas. Y por esa misma razn el ro de entonces era distinto al de ahora, por su constante navegacin fluvial de vapores y de lanchas de motores ruidosos, por sus poblaciones ribereas laboriosas, y hasta por los barrios asuncenos, Varadero, Loma San Jernimo o Sajonia, que tenan en su sencilla arquitectura vestigios marineros, y hasta un folklore costumbrista que provena del ro, de la navegacin y de sus fatigas. 
Famosos eran algunos barcos que iban al norte y al sur con pasajeros y carga, la mayora a vapor y con grandes paletas giratorias a babor y estribor, como el Pingo, temido por su falta de estabilidad, el Anita Barthe, perteneciente a un precursor de la navegacin comercial, don Luis Camihort, el Olimpo, el Cruz de Malta, propiedad de otro empresario dinmico, don Luis Cattneo y del que se deca que haba introducido la novedad del motor diesel substituyendo a las calderas a lea; el archiconocido y denostado Tembey que ya viejo y herrumbroso, transport lo que se puede calificar como el primer tour turstico en el Paraguay con destino a Buenos Aires, ya en los aos cuarenta, supongo, e integrado por respetables familias asuncenas que pasaron una odisea en el inadecuado barco, con una sola letrina para ms de 50 pasajeros embutidos en incmodos camarotes con hamacas a manera de cama y una cocina minscula e inadecuada que obligaba a comer, cuando se coma, por turnos como obviamente por turnos era hacer lo contrario. Tardaron como dos semanas en llegar a Buenos Aires, y como all el barco se dio por vencido o los pasajeros no tuvieron el coraje para regresar por la misma va, el tour termin en desastre, y cada turista volvi como pudo. Cruzaban las aguas otras embarcaciones de diverso porte, que eran tantas, que originaron tipos humanos como los recordados como se deca del marinero bohemio que saltaba de barco en barco, tanto para trabajar como para ejercer su vicio de consumidor de horizontes, y estaba siempre ausente de su casa con el resultado de que una mujer, esposa de embarcadizo siempre era proclive a volver cornudo al aventurero. El embarcadizo era inferior en la escala social del navegante, menos bohemio y ms prctico, que cuando no se embarcaba como maquinista o timonel, se volva comerciante para llevar mercancas a lejanos puertos, estancias y obrajes.
El movimiento fluvial era tan intenso que ocupaba a muchos trabajadores que crearon el sindicato de martimos con obreros que nunca haban visto el mar. Este sindicato se acoplaba a un activo sindicalismo, distinto a los agitadores polticos de hoy, centrados como fueron en sus reivindicaciones laborales y en actividades culturales y deportivas, tanto, que el sindicato de los sastres lleg a tener su equipo de ftbol con cancha propia, el Sastre Sport que intervena en campeonatos, como lo haca tambin el equipo de Cerveceros, formado por trabajadores de la Cervecera Nacional. Activos y famosos fueron los sindicatos de mozos, por los de cafs, restoranes y hoteles, de mozos de cordel por los changadores del Puerto, de zapateros, carpinteros, el poderoso sindicato de tranviarios, y de otros oficios.
Las fiestas de la sociedad asuncena de alto copete, eran amenizadas por tres grandes orquestas que competan en la preferencia de la gente, antes que los famosos Orrego de raz luquena, campeaban por sus mritos, en la dcada del treinta, con un repertorio de tangos, valses, foxtrot y pasodobles. Recuerdo de mi infancia estas orquestas, porque mucho se debati para el fastuoso casamiento de mi hermano Antonio y la bella Benefrida, si se contrataba a la orquesta Ibis, Iris o Calabr. Toc esta ltima, y recuerdo que mi primera fascinacin por la msica, que me dur toda la vida, naci porque durante toda la fiesta permanec hipnotizado por el arte del pianista, la gallarda del violinista y la expresin arrobada del bandoneonista, extendiendo y comprimiendo sobre las rodillas su mgico instrumento. 



Doce
Eran tiempos de descubrimientos y de deslumbramientos. Tiempos de jugar y de aprender, o acaso de aprender jugando. No haban los artilugios electrnicos de hoy, ni los milagrosos motorcitos a pilas que mueven todo, ni robots ni robocops. El juguete de mayor lujo para un chico era un autito a cuerdas y para las nias una mueca de rubicunda carita de porcelana para las chiquillas pudientes o de carey y desnuditas para las humildes. En los niveles menos favorecidos, las mams hacendosas y las madrinas querendonas fabricaban muecas de trapo para las nenas, que las exhiban con cierta vergenza y humillacin, como pequeas madres de bebs tullidos.
A veces se poda alcanzar un autito de hojalata con sus pasajeros pintados e inevitablemente Made in Japn. En bicicletas ni haba que pensar, pues era lujo de ricos, aunque los menos afortunados podan alcanzar un monopatn, especie de bicicleta chata y proletaria que se impulsaba dando talonazos en el piso.
Entonces se echaba mano a los juegos accesibles, como el de la balita nombre que se daba a las acadmicas canicas. Las haba de cristal, consideradas un poco para ku-i o afeminados, las de cemento, ms apreciadas, de arcilla, un poco pobretonas y los acer esferitas de acero, restos de rodamientos de bolas que se encontraban en algunos talleres mecnicos. El juego tena dos escenarios, el empedrado en el que ms de un mago infantil saba aprovechar los rebotes de la balita y los desniveles de la piedra. Y la tierra rojiza, arcillosa y dura, donde se jugaba el balita joyo (por hoyo) en el que se haca un agujero pequeo en el lugar ms alto e inaccesible del terreno donde se jugaba, y se trazaba en la arcilla caprichosos laberintos en los que la balita se perda en su propsito de alcanzar el hoyo. Finalmente, la balita cor que se jugaba dentro de un crculo trazado en tierra, y con reminiscencias de billar americano. En todos los casos, la balita se impulsaba desde el pulgar y el ndice, y siempre, en la posicin de sentado en cuclillas, porque jugar arrodillado era cosa de afeminados. Los defectos en el estilo de lanzar la balita llevaba feos calificativos, como cu chap (dedos de torpe) o cu len, por extensin, dedos de bestia. 
El juego de las balitas tena varias categoras. Por monedas en primer lugar, costumbre perseguida por los tajhach, agentes de polica, o por los partic, agente descalzos y de civil, generalmente borrachines y ladrones que consideraban ms cmodo ponerse al lado de la Ley y prestaban servicios en las comisaras, siendo uno de los ms temidos, por veloz e implacable, un sujeto llamado Malacara por su rostro surcado de cicatrices. Los menos audaces jugaban por las etiquetas de caramelos Cine o Deportes, y en la ltima escala, estaban los que jugaban por firraca deformacin de la palabra figura y que consista simplemente en la parte superior de las cajitas de los Fsforos Fuego de feliz memoria para la industria nacional.
Del arte fantstico de remontar pandorgas y reir torneos picos en el cielo, ya tuvimos en este libro un episodio especial. Entonces recordemos el trompo, que fuera arma y escudo de rudas batallas infantiles. Algunos artesanos, como don Valentn Pereira, se ingeniaban montando primitivos tornos de madera, en los que fabricaban los trompos. 
Si el interesado prefera una madera especial para su trompo, de guayabo para que zumbara musicalmente o de cedro para que fuera duro como el hierro, deba incursionar en las grandes quintas de las afueras y cortar una rama de respetable dimetro para tornearla como trompo. Las ms de las veces, se mendigaba en las carpinteras trozos y refugos de madera. Esta seleccin de maderas tena su importancia, conforme al destino del trompo. 
Si la cuestin consista en escuchar la deleitosa msica del trompo al girar -repito- se elega una rama fuerte de guayabo (araz) o de yvapur, que tenan la caracterstica de emitir un melodioso zumbido, tanto, que una de las composiciones musicales de Herminio Gimnez ms prestigiosa, se titula Che Trompo Araz (Mi trompo de guayabo). Pero el trompo musical era slo la parte lrica de la cuestin, muy por debajo del trompo guerrero, que se haca tornear en madera dura para los ua' o duelo de trompos, que consista en quien arrojaba con mayor fuerza y puntera y girando con su lia (hilo de pescar de un metro o ms) su trompo sobre el trompo adversario para producirle un raspn, un agujero, una mutilacin, o partirlo en dos.
Esta suerte de torneo haca que los chiquillos sometieran a la pa (la punta metlica de su eje) a una limadura hasta tomar forma de cuchilla. Un golpe de esta Pa era letal, pero significaba que al girar el trompo adoleciera de pa tarar, una enloquecida, torpe y ruda manera de girar. Hasta hoy, por similitud, se aplica la expresin de Pa tarar a personajes excntricos, insoportables e impredecibles. El trompo con este defecto deliberado, que sacrificaba la gracia por la eficiencia guerrera, produca desagradable sonido de tambores rotos, algo bastante desdoroso de acuerdo a una tabla de funcionamiento del trompo que elogiaba la elegancia y la suavidad del giro, hasta alcanzar el desidertum de ok (duerme) que se aplicaba al trompo de tan perfecto girar, que pareca inmvil.
El mismo tornero casero que produca el trompo, fabricaba tambin el balero, pero que entonces haba que decir bolero porque balero era cosa de cureps (argentinos). Con el bolero la competencia era menos destructiva, porque consista primero en el cut (clavar, ensartar) y el recut volver a clavar una y otra vez la esfera en la espiga, hacindola girar en el aire. A propsito de recut, la palabra qued incorporada al lenguaje popular y especialmente en el argot de la poltica, en los que significa conseguir una y otra vez el mismo puesto, el mismo rango o el mismo privilegio, y es de comentar que en la actualidad, muchos referentes de la clase poltica son genios del recut... sin haber visto un bolero en su vida.
El descanso, parecido a la rayuela y el caracol, una rayuela circular, eran juegos exclusivos de nias, y todo varn que los practicara era mirado con absoluto desprecio, y como renunciante a la virilidad.
El tuca', sin embargo, se poda jugar entre chicos y chicas, y consista en perseguirse unos a otros hasta tocar al perseguido, o la perseguida, con lo cual el juego se inverta. Hasta hoy, sospecho por propia y lejana experiencia que nuestra anuencia varonil en participar del tuca', se deba ms que nada al pecaminoso, oculto deseo de tocar a la perseguida con un matiz poco ldico, de caricia y empezar a gustar las misteriosas mieles del contacto fsico, primer aperitivo ertico en el amanecer de la vida. Ms oportunidades daba de gustar estas primicias, el tuca' cay (escondido) en el cual haba que descubrir el escondite de las chicas, y dentro de l, tocarla y de paso, con audacia sin lmite, robar el primer e inocente beso, a veces con el ruboroso consentimiento de ella, y otras, con la furiosa reaccin de le voy a contar a mi pap.
Mixto era tambin el juego de liberado, aunque menor propicio al toqueteo inocente. El juego de la prenda que se practicaba cuando no haba luz del da para actividades ms libres, se prestaba a la caricia de las manos, y el recuerdo me trae a ms de un amiguito tmido que al depositar la prenda entre las manos unidas, clidas y tiernas de su amada secreta, se ruborizaba y se pona rojo hasta la raz de los cabellos.
Tambin se jugaban otras diversiones exclusivamente masculinos como el pelota joyo por hoyo, en el que haba que acertar desde lejos una pelota de trapo en uno de los varios hoyos cavados en tierra. El castigo de perdedor significaba ser fusilado, ponindose de espaldas contra la pared para que lo rivales, de a uno, le propinaran fuertes pelotazos, ms dolorosos cuanto ms maciza y dura era la pelota de trapos usada para el juego.
Tevy trapo, (culo de trapo) era ms bien un juego jocoso destinado a ridiculizar al perdedor. El toky se jugaba con planchitas circulares de metal, generalmente tapitas de cerveza aplanadas a martillazos, aunque sistema ms prctico y con resultados mejores era colocar las tapitas en las vas del tranva.
Y finalmente, el juego de primera con monedas y por monedas, y donde tiene derecho a echar suertes con varias monedas, el jugador que previamente arroja su moneda y ms se acerca a una pared. En este caso, tena el derecho de arrojar al aire su moneda y la de los rivales. No se mencionaba cara o cruz, sino una versin distinta, suerte por el escudo, y culo por los nmeros. Las monedas (ms bien se deca nqueles) eran suerte para el que los arrojaba y los cosechaba, y el juego segua para los dems con los que caan culo, con perdn.



Trece
Para dar una idea de lo que era la rutina asuncena de aquellos tiempos de guerra primero y de posguerra despus, me instalo en el recuerdo, en una esquina cntrica, de calles empedradas con basalto azul y la acera sombreada por naranjos o perfumada por las ovenias cuyos frutos parecan momias de insectos raros y eran dulcsimos al masticarlos. 
De un cable tendido entre dos aceras, cuelga el farol elctrico, con la exacta forma de un sombrero invertido. Recuerdo que se encenda a las siete de la tarde y se apagaba a las once de la noche, cuando la ciudad quedaba sumida en el silencio nocturno y los noctmbulos atrevidos no pasaban de la medianoche. Ambos, farol y tranva, alimentados por la energa de la Compaa Americana de Luz y Traccin, o CALT, con su usina a lea en Puerto Sajonia. Pero en nuestra esquina es de da. El tranva ha pasado veloz por la calle Estrella, con sus contactos areos desparramando chispas verdes y rojas. Las burreras que abandonan el centro pasan en grupos, todas ellas montando sendos asnos, dando talonazos en los ijares y masticando, casi todas, sus gruesos cigarro poguaz apagados. Casi todas llevan manto negro en los hombros, (si fuera invierno, seran rebozos de lana) pero las ms veleidosas, paraguas negros devenidos en eficaces sombrillas. Miran con desprecio desde la altura de sus burros a las placeras de a pie, con canastas equilibradas en la cabeza por el apyt a (o ropa de coronilla, que no es ropa, sino un rollo circular de trapos a manera de base para el peso de la carga), vendedoras de chip, hortalizas o pojh ro"ys, yerbas curativas de la rica farmacopea guaran, dulces de man (ka'i ladrillo o ladrillo del mono), dulces de guayaba, coserev (conserva) de naranjo agrio, o damajuanas de miel de caa. Por la esquina, traqueteando sobre las piedras desiguales pasan los automviles de los personajes conocidos, identificados con el rango y seoro de sus dueos, el Studebaker del Dr. Gonzlez, el Hudson del Ingeniero Mengano, el seorial Packard aerodinmico del General Zutano, los Chevrolet guapos, los Ford veloces, los Chrysler, De Soto y Dodge. Y tambin los taxis, que no se llaman taxis, sino autos de alquiler o ms someramente chapablancas por el color de la patente y cuyos conductores son famosos en la medida de su habilidad para evitar el empedrado y deslizarse silenciosos y raudos sobre las vas del tranva, sin caer de ellas ni en las curvas. Un seor Rugilo, de este oficio, es el Rey de las Vas porque nadie lo supera en semejante arte. Pero los automviles son raros en nuestra esquina, en las que, por otra parte, cruzarla sin tocar bocina era falta pasible de multa. Los camiones de carga al servicio de industrias y comercios mayores casi han desaparecido durante la guerra, movilizados para tareas blicas, junto a los heroicos camiones Chevrolet y Ford 4 que el Ejrcito haba importado poco antes de comenzar la contienda. Pero pasan por nuestra esquina los carros a mulas, los livianos carritos techados y de una sola mula repartidores de pan, que llevan impresa en letras elaboradas el nombre fragante de la panadera: 
los pesados carros aguateros de tres acmilas con su tanque de agua sobre los bastidores de madera y sus llantas de hierro haciendo un ruido infernal sobre el empedrado, sobre todo en la sagrada hora de la siesta en que atruenan sembrando sobresaltos y malhumor a los durmientes, y los carros repartidores de los negocios al por mayor, tirados hasta por cinco animales y llevando surtida carga para el reparto a los almacenes al por menor. No falta en la esquina, el paso del carrito del colchonero que son los primeros talleres mviles, porque llevaban las mquinas y las herramientas del oficio de fabricar colchones. Y tambin pasa la gente con paso tardo, sin prisa, sin urgencias. Un poco despus, avanzara con paso lento la carreta del repartidor de carbn con la cara y las manos ennegrecidas por su mercanca que una vez distribuida, llevara su carreta a desuncir los bueyes en un gran corraln frente a la actual cancha del Guaran donde despus, el seor Estrag instal su famoso cine Espaa. Ese corraln repleto de bueyes cansados, carretas en reposo y carreteros empolvados de negro holln, daban al equipo de Guaran el sobrenombre de los carboneros que ms tarde se cambi a aborgenes, que fue invencin de mi hermano Gerardo, en sus tiempos de periodista deportivo. Pasa frente a m la gente, los hombres, an los ms humildes con sombreros que a la manera de los autos determinan categoras, porque no es lo mismo llevar un sombrero deforme en la cabeza que lucir airoso un duro pajilla blanca o rancho, un Panam color perla, o un Borsalino de flexibles alas. No se concibe an en la mayor pobreza, andar con la cabeza descubierta o en camisa por la calle, y hasta el ms pobre, si no tuviera saco deba proveerse de una blusa. Las mujeres humildes llevan mantos o rebozos y van descalzas, las de la burguesa para arriba sombreritos y taco alto, y los nios, gorras o yokis (por Jockey). Los y las elegantes de aquel tiempo no tenan problemas cuando se tratara de elegir prendas finas. La Gran Casa Francesa dispona de todo, francs y de moda, la Tienda Gastn competa en excelencias con Segura, Latorre y Ca cuyo lema de donde su peso vale dos siempre me confunda, porque no atinaba a precisar si el peso vala dos para el comprador o el vendedor, La Gran Galera se especializaba en sombreros y los dems accesorios de la elegancia masculina y de la misma manera que la Casa Derby. En cuanto a Rius y Jorba a la manera de los shoppings modernos, tena de todo, desde herramientas hasta telas. 
Despus, como termin la guerra, los camiones sobrevivientes regresan y muchos se convierten en los primeros mnibus, llamados camiones de pasajeros y se han creado las primeras lneas, de Pinoz a Puerto, de Sajonia a Puerto, de Barrio Jara a Puerto, de Tuyucu a Puerto, como las lneas tranviarias, que tienen su llegada a dos cuadras del Puerto, en Coln y Estrella. El Puerto, activo y rumoroso es el imn, punto de llegada y salida del pas, y sobre l converge toda la dinmica de la ciudad, en mayor grado que sobre la Estacin o el Mercado Guaz. Los mnibus son de madera, con asientos que son meros bancos a lo largo de la carrocera, y llevan diversas denominaciones, Primavera, Golondrina, Chacor, Corochir, Subayvamo, Oroit, Boquern, Nanawa o Voy y Vengo.



Catorce
Es inolvidable en aquella poca de los aos treinta, y ms tarde de los cuarenta y cincuenta, la presencia del tranva. Por mucho tiempo, Asuncin era una ciudad de aoranzas. Hasta hace poco tiempo, aoro el tranva y tengo vehementes sospechas de que esta nostalgia tiene viejas races en el recuerdo de un tiempo en que el pasajero era pasajero y no un montn de carne a transportar, porque cuando se viajaba en tranva, aunque sea de pie, uno tena la sensacin de ser persona y no bulto. Quizs en eso radique los denodados esfuerzos que se hicieron hasta cercanos tiempos para mantener, aunque traqueteantes y con pinturas de payaso rodante, algunos de los viejos vehculos elctricos, los ltimos que quedaban, melanclicos supervivientes de una especie en extincin que alegr y adecent el paisaje asunceno.
Asuncin no quera desprenderse del tranva, como un ser vivo que no quiere despojarse de su alma antigua, ms seorial, linajuda y humana, cuyos jirones quedan en las ltimas casas de azoteas y ocultos jardines rodeando a los hierros elaborados de un aljibe cegado. Por eso, cuando pensamos en el tranva los asuncenos de la tercera edad, nos viene a la mente una palabra un poco pacata: decoro.
Precisamente porque viajar en tranva era decoroso. La gente la abordaba limpia, y descenda limpia, nadie caa para ir a parar bajos las ruedas, y los conductores y guardas tenan sobrios uniformes y eran respetuosos trabajadores que conocan la olvidada virtud de la cortesa. 
El vehculo, siempre iluminado a pleno durante la noche, llevaba letreros que decan Prohibido hablar al motorman, Prohibido escupir y Prohibido viajar en la plataforma, y aquellos letreros no eran desafos, sino invitaciones a una buena calidad de vida, expresin que antes no se conoca, pero se viva. Respetar las normas era cuestin de buen gusto, decencia y vergenza, y no el modelo a escala humana de transporte de ganado en que se han convertido los mnibus.
Es revelador que las capitales europeas ms cultas, Berln. Viena, Bruselas, Praga, no slo han mantenido servicios tranviarios sino han renovado y modernizado el material y se puede ver as a los raudos vehculos corriendo a respetable velocidad con un pequeo zumbido de sus motores silenciosos, y con la gente ubicada cmodamente en sus funcionales asientos.
Asuncin de las dcadas que rescata nuestra memoria, cont con un buen servicio tranviario, pero se cometi el error de estatizar el servicio, y como consecuencia, dejar morir de vejez a las vas y tranvas, en la creencia de que el sistema era una antigualla condenada a desaparecer en la vida moderna, o acaso, como una muestra de la incapacidad y la corrupcin del Estado como empresario, aunque la corrupcin y la voracidad de los monopolios privados no han de ser menores, con lo que entonces y ahora nos encontrarnos en el mismo callejn sin salida. 
En todo caso, cabe consolarse con el recuerdo de los tiempos en que el tranva era el orgullo de Asuncin. De la Lnea 2, que parta de Belvedere, en Espaa y Brasil, daba un crculo completo por la parte cntrica de la ciudad, pasando por las cercanas del Puerto, por el Mercado Guaz, largo trecho por Chile a la ida, por Independencia Nacional a la vuelta, por Estrella, Teniente Faria y Estados Unidos hasta llegar nuevamente a su punto de partida. En los atardeceres no era raro que se decidiera hacer con la familia, o con la novia y el hermanito, un paseo en tranva, en esa Lnea 2 que conduca a Belvedere donde acaso se poda ver una cinta de amor o de cowboy, y tomar un helado, que se llamaba entonces sorbete.
La Lnea 7 sala de cambio Grande, que eran los enormes depsitos del Ferrocarril hasta ahora subsistentes sobra la avenida Artigas casi Per. Llegaba al Puerto y volva. La Lnea 4 sala de Coln y Estrella y llegaba a Sajonia, recorriendo la calle Montevideo, unas cuadras de Coln y la larga Avenida Carlos Antonio Lpez, hasta alcanzar el barrio ribereo del ro, para regresar luego por el mismo itinerario. La Lnea 5 sala del mismo nudo de Coln y Estrella y llegaba hasta Tuyucu para volver enseguida. Su terminal en Tuyucu quedaba frente a la iglesia de la Virgen de las Mercedes, y fue la Lnea que subsisti ms tiempo. La Lnea 9 iba del Puerto a Villa Morra, por la entonces calle Colombia, hoy Mariscal Lpez, pasando por la Para (o Parada) Uno, donde est el estadio del Olimpia y por el cementerio de la Recoleta, con una prolongacin despus de Villa Morra, cruzando Villa Aurelia, hasta llegar, por la Avenida Boggiani, hasta Zavala Cu, hoy Fernando de la Mora.
No lleg a figurar en ningn catlogo de curiosidades, pero por mucho tiempo Asuncin fue la nica ciudad en el mundo en que los difuntos iban a su ltima morada en tranva, acompaados, tambin en tranva por los deudos y amigos dolientes. Para el efecto la Empresa contaba con una elaborada carroza fnebre, de torneada madera a estilo barroco, coronada con una cruz y forrada por dentro en terciopelo negro, que llevaba el atad, hasta las puertas mismas del cementerio de la Recoleta, con su antigua iglesia cuyas campanas, ahora mudas, tocaban a duelo. 
Valorado a veces, saludado otras, Asuncin se caracterizaba por el silencio, palabra que significaba no slo la ausencia de los ruidos, sino el manto de sosiego y quietud que imperaba sobre la ciudad, y la volva apacible y tranquila. Silencio era el recogimiento de las casas como arrebujadas sobre s mismas, fortalezas de la privacidad y de la intimidad; la espesura recoleta de bosquecillos y jardines, el paso tardo de los peatones, la inexistencia de motores rugientes, de altavoces enloquecidos o de msicas puestas a todo volumen. Avenidas casi desiertas, plazas y parques de rboles frondosos albergando a veces el paseo o la cita de parejas discretas, las noches con nada de actividad virtuosa y algo de viciosa en la que hasta los noctmbulos ms recalcitrantes se imponan la consigna de deambular con el menor ruido posible, respetando el recogimiento de las familias y el reposo de las casas, y hasta las serenatas (con permiso policial, ojo) al pie de ventanas guardianas de sueos tiernos sonaban como a sordina, como si la msica y el canto slo quisieran llegar a los odos de la amada, sin activar la curiosidad de vecinos chismosos o de progenitores celosos. Tan silenciosa era Asuncin, que el sonido que hoy pasara sin ser notado, era percibido muy lejos. Al respecto, me contaba Nstor Romero Valdovinos que exiliado a Clorinda tras la Revolucin de 1947, comiendo el amargo pan del gendarme y esperando medios para viajar a Buenos Aires, en una noche silenciosa pudo escuchar, all, en Clorinda, el zumbido agudo del tranva asunceno acelerando en una pendiente. Me confes que se puso a llorar. El silencio era palpable, espeso, impregnacin de tranquilidad y respeto, simplemente, ausencia de la vitalidad ruidosa que traera ms tarde la vida moderna, con su concierto de ruidos, sonidos y estampidos. Hoy que lo pienso, el silencio era como el rasgo de la inocencia virtuosa de una gran aldea que despus la perdi.
Abandono la esquina imaginaria y voy caminando la cuesta empedrada de la calle Coln. Apenas llego al suburbio donde se alza la Iglesia de Cristo Rey, miro al sur y all en el horizonte se alza un alto cerro azulado. Hoy ese cerro ya no est porque la industria del empedrado lo convirti en alfombra para la ciudad. Es el cerro Tacumb. 



Quince
En 1937 mueren asesinados en Ajos mi padre y su hermano gemelo, llevndose al morir, ellos tambin, a dos de sus atacantes. Se cuenta que en la noche del asesinato el populacho irrumpi en el vasto negocio y saque todo lo existente. Es la ruina, mi madre vende mi adorada casona selvtica y alquila un local en la calle Pettirossi para abrir un almacn. 
Adis a mi patio de rboles parientes y amigos, adis a los mangos, las pomarrosas y el aguacate. Adis a mis gallos gordos y cobardes, a las nidadas de pollitos an hmedos que aparecan inesperadamente siguiendo a la madre desde el yuyal espeso. Adis, experiencia primera de la infancia, a mi Edn personal perdido. Pienso hoy que tal vez la Providencia me tena programado para ir transitando desde muy nio diferentes y aleccionadores escenarios de formacin mental y espiritual. De los rudos parajes de Ajos, con su escenario salvaje y sus personajes primitivos, a la buclica casa quinta de Asuncin con su lozana verde y pacfica y su vecindario amable, y de ese enclave lrico suburbano, al mundo urbano distinto, ms limitado de la calle Pettirossi. El almacn, con vivienda estrecha al fondo, es alquilada de don Antonio Araujo, padre de dos bellezas, China y Poch, y de mi amigo Juan Araujo, y esposo de la delicada doa Ana, enferma y anmica que se apag como una flor, vctima de una enfermedad mortal. El almacn estaba frente al mercadito Pettirossi, que no era sino una manzana en cuya nica acera sobre Pettirossi, se alineaban casillas elementales donde se expendan tortillas, mbey, chips, queso Paraguay, yerbas medicinales y algo de hortalizas y verduras. En el fondo, bajo un enorme yvpov, tena su comedero pblico doa Presenta, duea de una olla de hierro negra y enorme, como gorda, tiznada, enorme y morena era la buena seora que hizo famosos sus guisados de arroz y fideo, el so' yosopy despus reducido a soyo y el locro ipocu que serva a los comensales sentados sobre cajones vacos de jabn sus manjares en grandes platos de latn, en un largo tabln sobre caballetes que haca de mesa a la sombra del rbol. En el mercadito Pettirossi tambin trabajaba a Josefa, que fritaba y venda riqusimas tortillas de harina, queso y huevos bautizadas como guaym namb, orejas de vieja, porque tan tiernas y delicadas, las tortillas eran casi transparentes. Cuesta hoy imaginar que aquella somera feria de apenas una cuadra, fuera la semilla que inici el despus monstruoso y catico Mercado 4, que si no me equivoco abarca como cinco manzanas.
Posiblemente el lector avispado o con espritu crtico, detecte en las siguientes pginas un cambio sutil en el estilo. Sucede as, porque al abandonar la gran casa quinta, perda contacto con un mundo mgico que me acompa desde que tom conciencia, y entr a otro ms real, donde la luz elctrica substituy a la lmpara emblemtica, y el tosco empedrado urbano a la calle arenosa. La poesa sigui instalada en m, pero el entorno se haba vuelto ms material, prosaico.
Haba perdido mi gran patio selvtico para la exploracin, la cosecha de frutas y el descubrimiento. Instalada la familia en una vivienda con pequeo patio, me consol vagando por los alrededores y descubriendo el baldo. El Baldo, como un rasgo del perfil y de la identidad de la gran aldea asuncena. El baldo no era slo un trozo de terreno, era una institucin, la sede social de la chiquillada que tenan all su canchita, su selva, su isla misteriosa, su noche fra de agosto para encender all una fogata aventurera, en un mundo de fantasa, pequea y limitada patria de la infancia, independiente de la autoridad paterna y de la vigilancia materna.
Chiquillos que hoy ya no estn limpiaron una parte y abrieron una cancha de ftbol, delimitando las porteras con los zapatos de uno y la camisa de otro, pero la mayor parte qued salvaje, fecunda, con un apretado matorral donde las campanillas azules trepaban por los arbustos altos y florecan con gloriosa inocencia color cielo; la calabacita ofreca su pequea fruta pulposa y roja, las flores de agosto fingan ser margaritas amarillas y doraban pequeos prados con su inundacin dorada. Semillas arrastradas desde los jardines por las aguas pluviales haban brotado y crecan glicinas, florecan camelias, violetas, pensamientos y rosas con estallido salvaje y alegre. En el fondo, al borde la infaltable lagunita de fondo arcilloso, se alzaban lirios y narcisos. 
Verdes, caudalosas matas de arbustos salvajes florecidos con inesperados colores crdenos, amarillos, blanco marfil; el yuquer agresivo apuntaba sus espinos a todos los vientos amenazando desgarrar todo, piel y ropas que se ponan a su alcance. Tambin all, las aguas de lluvia llevaron alguna vez la semilla de una sanda, y la planta germin rastrera pero vigorosa, y de pronto, un da dio un fruto redondo, verde, estriado, pequeo primero y despus ms grande, ms rotundo, con su crecimiento vigilado, medido, venerado con respetuosa uncin por los chiquillos de pronto propietarios y devotos del milagro de la sanda, que no era una sanda sino la sanda especial, nica, perfecta, nuestra creatura, con ancestral prestigio de ttem, porque nadie la haba plantado pero haba brotado para todos, como la ofrenda que haca el baldo a la niez adepta a su espacio y a sus secretos.
Tal vez no fuera una sanda, sino un zapallo, un meln, o un anda materia prima del quibeb con sabor a mam y cocina a lea. Lo mismo daba, porque en cualquiera de esos frutos la naturaleza virgen del baldo estaba enseando su vigor y su milagro y su generosidad, -y como en los tiempos antiguos, la inocencia humana se reuna devota en torno a esa rozagante muestra de la fertilidad con maysculas, y de la memoria racial de cada nio naca brotaba sin que l lo supiera la antigua veneracin del hombre por los misterios del cielo, el alimento y la fecundidad.
Como muchas veces suceda, un da el baldo desapareci. Se limpi, se cort, se derrib, se arras con todo. Las campanillas azules, las damas de noche, la sanda, el zapallo, el guayabo de generosidad estacional y la canchita de ftbol desaparecieron paulatinamente, y es por eso, porque se fueron los baldos, los nios se han exiliado a la calle donde ni el empedrado ni el asfalto tienen magia ni oportunidad de descubrimiento y deslumbramiento, porque all no hay nidos, ni panales ni flores, ni zumbar de avispas y de gordos moscardones negros, ni filas disciplinadas de hormigas llevando un trozo de hoja como velamen verde, ni araas cazadoras, ni escorpiones terribles, ni alonsitos yendo y viniendo en la construccin infatigable de su nido de barro, todos, materia prima para la aventura de observar y aprender para la capacidad de proyectar la imaginacin a mundos maravillosos y desconocidos.
La fantasa hizo del baldo selva, isla, lugar exacto del mapa infante donde est el tesoro escondido. Muchos baldos conoc, explor y am, cuando de habitante del suburbio, el destino me llev a una casa urbana de la calle Pettirossi.



Diez y seis
All, mi inventario de humanidad cambia. Hago nuevos amigos y conozco nueva gente. Ya mencionamos a don Antonio Araujo, propietario prspero y dueo del nico auto del barrio, un Fiat amarillo y ruidoso. Vecina al almacn de la familia, la farmacia La Estrella de don Carlos Valdovinos, un alma de Dios, generoso y solidario que no cobraba nada por curar pstulas, aplicar antipigenas y recetar Pldoras Ross gratis de sus pocas existencias. Para m tuvo un afecto especial, porque conociendo mi angurria de lector compulsivo, me obsequiaba aquellos hermosos Almanaques Bristol y publicaciones de folletos para nios de la firma Bayer. Sobre la misma acera, el almacn de don Roberto Duarte, hincha famoso del Nacional, de voz potente y sonora, inventor del grito de Nacional querido! que despus se hizo clis en el club denominado tambin La Academia porque la mayora de sus jugadores eran estudiantes universitarios.
Vecina a la farmacia, el almacn de un matrimonio anciano, don Cristbal y a Petrona, en el que no volaba una mosca, y clientes, menos, por el senil malhumor con que atendan a la gente. Ms all la casa y el depsito de tabaco de don Genaro Parquet, esposo de la bondadosa doa Roquita, que sola inundar de msica el vecindario con las interpretaciones de su piano. La familia, adems la compona las traviesas hermanitas Dina y Margarita, Paco, Baby, Nenn y Fernando. Gente alegre, feliz, solidaria, tuvo una extraa e incomprensible predestinacin para la tragedia porque ms tarde, Paco, convertido en cadete de ltimo curso de la Escuela Militar, muri en combate en el ltimo da de la Revolucin de 1947. Su hermano menor, Baby, apenas dos meses despus, tambin mora en un accidente de automvil en la ruta, y otro ms, Fernandito, tambin morira al chocar su motocicleta. Sobreviven hoy, felices abuelas, Dina y Margarita, o Totila y Marich, y Nenn, o si se prefiere el Profesor Dr. 
Guido Parquet Snchez. 
Mis dos mejores amigos de la infancia, compaeros de juegos y de concurrencia a los matins de cine (de covoy, no de beso) del Teatro Nacional, ahora Municipal, fueron precisamente Paquito Parquet y Juancito Araujo. En verano, salamos de la sala baados en sudor o con la huella de un escupitajo lanzado desde el paraso. El chiquillo que era entonces, no imaginaba que aos despus, mediante el talento de Ernesto Bez y de Emigdia Reisofer, ese mismo teatro me recibira como autor teatral. A pocas cuadras, invadamos el Mercado Guaz a reponer lquidos y tomar litros de aleja lejano antecedente de las gaseosas, antes de que aparecieran el Naranjn, el Manzanet y el Sinalco, y hecha, la aloja, de agua, limn y miel de caa que se serva en un jarro desde un depsito de latn de veinte litros. Lo que les ocurri despus a Paco y a Juan, es como una sntesis de lo que nunca ms debe ocurrir en nuestro pas. Paco muri en combate en la revolucin de 1947, y Juan, como consecuencia de la misma revolucin, se exili en Buenos Aires donde desempeaba oficios menores. Muri tambin l cuando sacaba brillo a la vidriera de un banco y en ese instante explot dentro del edificio una bomba terrorista que acab con su vida. Escap del peligro en su patria para ir a morir en patria ajena.
Con Paco y Juan formbamos un tro inseparable. Intercambiamos revistas de historietas, bamos de excursin y de aventuras al arroyo Ferreira o al Mburica, que entonces eran torrentes puras y cristalinas, explorbamos la floresta inmensa de la Quinta Escauriza, una vasta propiedad, lindante con otra, la Quinta Escobar que empezaban en la calle Fernando de la Mora y terminaban en Lambar, entonces selvticas e intocadas, donde era fcil cazar cardenales de penacho rojo, recoger chirimoyas, guayabas, guavir, yvajhai o yvapur silvestres, hallar inesperados manantiales, perseguir huidizos lagartos verdes o romper a pedradas panales de abejas silvestres para la rapia de la miel. Cuando no bamos a la cancha a tratar de entrar bajo las vallas de alambre, bamos al Parque Mocoroa donde libraban sus repetidas batallas los dos nicos boxeadores pesos pesados que tenamos, Battilana y Po Pez. All y en ese tiempo, descubr el sentido de la amistad con su condimento de afecto y de lealtad, de participacin en el peligro y de una prueba permanente de solidaridad y entrega. Hoy, a tantos aos, Paco y Juan son slo dos recuerdos melanclicos, y la quinta Escauriza se convirti en urbanizaciones para casi todos los barrios que se alzaron al sur del casco urbano asunceno. Como la inocencia de la ciudad, los arroyos Mburica y Ferreira perdieron su pureza cristalina, y son slo lgubres sumideros de las miserias del crecimiento ciudadano.
Recuerdo tambin, como pioneros de lo que es hoy el caudaloso movimiento comercial de la calle Pettirossi, los almacenes y panadera de don Terol, el negocio de compra venta de hierros y herramientas de don Guido, el almacn El Aviador de un ciudadano espaol, don Nunes, padre de quien fuera estrella y campeona sudamericana de basket, Edith Nunes, y a quien -al padre, digo- una vez le pregunt, por el nombre de su negocio, si haba sido piloto en el pasado, a lo que me contest con hispano acento que lo de aviador vena de suministrar avos, no de pilotar un avin. Don Juan Roca, otro espaol, tena tambin su enorme negocio, pegado a la fastuosa mansin de los Bernardes y no muy lejos de la no menos seorial de los Laterza. En Dos Bocas, los laboriosos y amables hermanos Parcerisa, haban abierto su extraa combinacin de panadera, librera y agencia de diarios y revistas extranjeras. Atribuyo a la generosidad de estas bondadosas personas, la alimentacin gratuita de mi casi obsesiva mana infantil de leer todo lo que viniera en letras de imprenta. Los sbados y los mircoles, la agencia reciba las revistas de historietas que se ya se multiplicaban en Buenos Aires, y era mi privilegio tomarlas en prstamo y leerlos gratis. Sobre este episodio, volver ms adelante, pero entre tanto, prosigo mi inventario vecinal con la mencin de los traviesos hermanos Godoy, vecinos a la panadera-librera-agencia de los Parcerisa. 
Estos chicos tenan por diversin capturar alguno de los burros sueltos por la calle, atarles al rabo una batera de latas vacas, soltarlos previo a un cintarazo, de modo que el pobre pollino sala a la disparada perseguido por el estruendo de las latas contra el empedrado. Tambin en dos Bocas viva, con una casa antigua bajo un frondoso yvapov, la familia Acosta Moreno, una de cuyas nias, Lila, fuera tambin despus, campeona sudamericana de basket, como Edith Nunes. La memoria me trae tambin la imagen del carnicero del barrio, don Andrs, gordo y bonachn como todos los de su gremio. A don Andrs le recuerdo porque adoraba a mi perrito Kiko, petiso, lanudo y cruza de innumerables razas, que yo haba adiestrado para llevar l solo, sin compaa ni vigilancia y sujeta entre los dientes la canasta de compras con un papelito que detallaba el pedido, puchero, costilla o carnaza, y desde luego, el dinero. Para admiracin y regocijo de don Pancho, Kiko llegaba a su negocio, se apoyaba en el mostrador y exhiba la canasta. Don Pancho la cargaba con el pedido, tomaba el dinero, depositaba el vuelto junto a la carne y le daba una palmada al perro, que volva modosamente a casa. Su premio era un sabroso hueso, generalmente agregado por don Pancho, feliz de participar en ese rutinario espectculo de circo vecinal.
Kiko, mi perrito de la infancia, fue el primero que tuve y el que ms recuerdo porque me inspir el cuento Perrito, que gan un primer premio en un concurso latinoamericano de la Revue Franaise de Pars, y despus, insertado en libros escolares y secundarios, hizo derramar lgrimas a generaciones de escolares y de estudiantes. Le siguieron otros a lo largo de mi vida, porque nunca dej de tener conmigo una mascota, un perro que cuando se le quiere bien, devuelve amor por amor, es compaa, confidente, una mirada transparente de admiracin y de lealtad, un rabo solidario que se abate entre las piernas traseras cuando hay tristeza o se bate enloquecido cuando hay alegra. Comentario aparte, suelo pensar que quien no ama y es amado por una mascota, es difcil que sea buena persona.
Don Carlos Valdovinos tambin tena su perro, un gran perro de aguas, grande, macizo, de pelo largo y dorado y bonachn al que llamaba Camel, la marca de cigarrillos que el amo fumaba. Paciente con los nios, se volva un len cuando don Antonio Araujo soltaba su perro, Zeppeln, un barcino col que tambin era un nervudo combatiente, las peleas eran picas, sangrientas y en el esfuerzo de separarlos colaboraba todo el vecindario. 
Don Gmez, el peluquero (me resisto a poner barbero) del barrio tena tambin el suyo, enorme, adormilado y pacifista, que apenas despertaba, bostezaba y se volva a dormir an cuando la pelea de Camel y Zepeln era ms ruidosa, pero a don Gmez lo recuerdo no slo por su perro, sino por su maquinita mecnica, no de cortar sino de esquilar, que ms que cortar el pelo, lo arrancaba dolorosamente, y por ser uno de los primeros del gremio que amenizaba sus labores, instalando en su peluquera un receptor de radio para beneficio de sus clientes. Que yo recuerde, an teniendo la peluquera la consabida cajita con tapa de cristal para las herramientas del oficio con la leyenda Desinfeccin formol, don Gmez no tena muchas nociones de la asepsia de sus instrumentos, porque cuando asentaba el filo de su navaja sobre el bastidor de cuero tenso, sola murmurar que Koicha co ya yuk pait la microbio cuera. As se matan todos los microbios.



Diez y siete
Cuando vuelve a mi memoria la generosidad de los hermanos Parcerisa que me proporcionaban de nio material de lectura, suelo asociar esa remembranza dulzona con las preguntas contenidas en los cuestionarios de estudiantes que tienen por tarea estudiar alguna obra teatral, cuento o novela de mi firma. Una de esas preguntas, repetidas en todos los cuestionarios, es Cundo naci su vocacin de escribir?. Generalmente suelo decir que las ganas de escribir vienen leyendo, leyendo mucho, con paciencia y desde nio. Sin quererlo, aplico a la respuesta mi propia experiencia. Desde que aprend a leer me convert en lector voraz, y el devenir del tiempo, me proporcion una inopinada pero til secuencia en la eleccin de mis lecturas. En la inocente infancia, fueron las revistas de historietas, El Tony, Tit Bits, El Gorrin y El Purrete, las que pusieron a mi alcance, a Tarzn y Jane con su sugerencia de regreso al paraso perdido, sueo visceral de todo ser humano, y por lo que vi, ya larval en el nio. Y a Flash Gordon, que entonces era Jorge, el Hombre Relmpago, el smbolo de lo bueno vagando por la pluralidad de los mundos y en el infinito territorio de la fantasa, desafiando al malvado Emperador Ming, prototipo de todo lo malo. Me entusiasmaba Jim de la Selva, un valiente explorador investigando los misterios de territorios vrgenes, salvajes, desconocidos. Segua semana a semana las andanzas de Dick y su caballo Llama, y a La Sombra, hoy llamado Fntomas, que vive en una cueva en forma de calavera, y su fiel compaero Lobo, un lobo amaestrado. Con estos dos personajes, Dick y La Sombra, empec a tener una idea de lo que las lecturas ms serias me ense despus en el sentido de la importancia del caballo y el perro en la gesta de la evolucin de la civilizacin. Me fascinaba Mandrake el mago, que por algo sigue apareciendo an con su peinado de Carlos Gardel y su frac anticuado, con su inseparable compaero negro, Lothar. En esa extraa pareja, el nio aprendi que el blanco era el amo y el negro el sirviente, pero con el correr de los aos y la explosin de una nueva cultura, en el curso de mi propia vida, las cosas cambiaron tanto que si en el pasado yo lea que Lothar deca a Mandrake s, amo, ahora tendra que estar dicindole: S, flaco.
De tal galera de hroes se alimentaron mis lecturas e iba germinando la vocacin de imaginar y de crear, ya instalada en tiempos ms tiernos por Caperucita, La Cenicienta y el Patito Feo, que ya me parecan cuentos de bebs y abandon as el camino raigal transitado con los fabulistas como los hermanos Grimm, Anderson, Esopo, y Samaniego, que dej atrs para proseguir con Edgar Rice Burrougs, a quien creo se inspir en el Mowgli del Libro de las Tierras Vrgenes de Ruyard Kipling para concebir su Tarzn, y Lee Falk. Con ellos descubr que la pasin por la lectura, que esclaviza, sorbe el tiempo, prohbe el ocio, enajena la mente prisionera del querer saber, tiene algo de vicio, mucho de hedonismo sano y una pizca de masoquismo tal vez, pero sigue siendo el ejercicio intelectual que no tiene sustituto.
Pero lleg el momento de buscar emociones ms fuertes y menos sintticas que las historietas, y al filo de los nueve, diez u once aos descubr a los grandes folletineros, Rafael Sabattini, Emilio Salgari, Julio Verne, considerados antes literatos menores, plebeyos de la pluma, urdidores de fantasas baratas, pero son rehabilitados en la medida en que la imaginacin se revalora, la aventura libera y la fantasa abre horizontes y en el caso de Julio Verne, predice el futuro, y el papel de la literatura para adolescentes cobra importancia, porque la exploracin del espacio ya es una realidad, porque piratas y corsarios habr siempre con variado disfraz y renovados discursos, como siempre habr secuestros y  rescates, princesas bellas y esclavas seductoras, ferocidad, valenta, honor de caballeros y ladrones, aventuras que vivir y territorios por descubrir, mundos que conquistar y sobre todo, inagotables lecciones que aprender sobre la cambiadiza naturaleza humana.
Ya por entonces, senta en m mismo, voraz lector, una urgencia nueva, escribir. Y sin saberlo empezaba a aprender que escribir es comunicar y que para comunicar es necesario estar comunicado, es decir, estar leyendo siempre, que al fin y al cabo, lo s ahora, la escritura propia se enraza en el rico sedimento primordial que dejaron en m las apasionadas y apasionantes lecturas de la niez y de la adolescencia, alimento para la buena tierra de la lectura sera que vena asomando en el horizonte.
Porque si de adolescencia hablamos, ni qu decir de las incursiones a los estremecedores folletines de un loco genial, Vargas Vila, con sus novelitas como Flor de Fango, Ibis, y otras entregas de infinita ferocidad contra la mujer. No ames a tu madre -deca- porque te concibi en un orgasmo de placer. No ames a la mujer, ama a las mujeres, y con semejante lenguaje de fuego consegua lo contrario, adoraba a las mujeres slo como en el despertar de la vida se puede adorar.
El aprendizaje de la aventura llevada al extremo de la alegra y de la picarda estaba en un espadachn genial, Rocambole. Las Aventuras de Dick Turpin, un ladrn generoso, eterno burlador de los agentes de la ley, me indujeron cierta saludable irreverencia intelectual ante la santidad de los valores constituidos, ms til de lo que se cree en el oficio de escribir. Y desde luego, en ese escalar, llegu a la novela policial convertida en gimnasia mental, con Arthur Conan Doyle y su detective Sherlock Holmes, (en el que se inspir Humberto Eco para su El Nombre de la Rosa) del que aprend con mayor celeridad que el torpe de su compaero el Dr. Watson, los misterios y la mecnica de la deduccin.
De los grandes folletineros, pas al fin a los mayores que apenas eluden esa condicin porque aparecen ms serios y elaborados, como Alejandro Dumas con sus tres mosqueteros, Balzac con La Piel de Zapa y Ascanio; Stendhal con su Rojo y Negro; y desde luego, con mayor rigor acadmico, Benito Prez Galds y toda la constelacin asombrosa de los  insuperables clsicos espaoles, que ya fueron palabras mayores, como despus lo fueron Dostoievsky, Tolstoy, Cronin, Dickens o Mark Twain que enriquecieron mis lecturas juveniles, de la misma manera que lo hicieron Beeker, Nervo, Rubn Daro, Claudio de Alas, Espronceda y tantos otros poetas cuyos versos injertaron en mi mundo interior, un fragante lirismo que an hoy, en plena tercera edad, perfuman y melancolizan mis das.
Tambin en el vecindario de la calle Pettirossi, mi imaginacin y mi memoria registraron tipos y arquetipos, humanos. Las caravanas de burreras que desde el medio da, pasaban al trotecito cansado de sus burros rumbo a Ysaty, Zavala Cu, Villa Elisa o San Antonio, comunidades absolutamente rurales que eran la despensa de la ciudad. Aunque parezca al lector un exceso de imaginacin, hasta a los burros daba yo una identidad y una calificacin, porque los haba airosos y caminadores de pasito cortos y regulares, los llamados guapos, y los haba de orejas gachas, resentidos, de andar cansino y resabiado, como hartos de una vida de servidumbre, que reciban de sus propias amas el calificativo de ate'y o holgazn o perezoso. No en pocas oportunidades, el burro no era burro, sino burra, y tena la desgracia de estar en celo en horas laborales. Los machos perciban el aroma invitante al amor de la burra en tales condiciones, y ms de uno arrojaba al suelo a su ama e intentaba el acoplamiento con el consiguiente jolgorio de la vecindad. Curiosamente, exista una reglamentacin policial. Si el acto se consumaba y haba penetracin, la duea incurra en escndalo en la va publica y pagaba una multa. No era raro entonces que la intervencin de la burrera propietaria del macho, consistiera en aferrarse frenticamente a la poderosa verga del animal, tratando de evitar que diera en el blanco. Si el intento de amor era frustrado, no pasaba de una reprimenda. Dicho sea de paso, tambin besarse en pblico y orinar en la calle, eran tambin escndalo que convocaba la accin policial.
Aunque parezca absurdo, el burro perezoso o diligente no se qued en mi fuero interno como una ancdota, sino como un smil de la naturaleza humana en la que las personas viven, unas como a desgano, otras, como con ansias de ir consumiendo futuros y en el futuro, luces y xitos. Y an fui  ms lejos al descubrir en la gente variantes inslitas, pues en el largo curso de mi vida, especialmente en el mundo de la creacin literaria y periodstica, conoc a hombres de enorme talento y otros incurablemente torpes, que parecan responder a una regla que tena muchas excepciones, pues los talentosos resultaban incurablemente haraganes, viciosos y vagos, y muchos torpes, tozudos y voluntariosos llegaban ms lejos de lo que se esperaba de su escasa cuota de talento. El clis de que el genio se identifica con la bohemia, en muchos casos, cort trayectorias que pudieran ser deslumbrantes y admiradas.
Digresin al margen, aquellos ltimos aos de la dcada de los aos treinta, fue una poca, es meritorio remarcarlo, en que la ciudad entera se alimentaba mediante el burro. No exista otra manera de abastecer a la ciudad, hasta que ms adelante, en la dcada del cuarenta, cuando termin la II Guerra Mundial y desapareci el racionamiento de naftas y de llantas de goma, aparecieron los hbridos camiones de pasajeros suburbanos llamados mixtos, pues lo mismo cargaban pasajeros y mercancas que antes fueran monopolio de las burreras, que no tuvieron mucha vacilacin para cambiar las duras jornadas en burro, por las ms cmodas en camin.



Diez y ocho
Por aquellos mismos tiempos, la tranquilidad pastoril de la vida asuncena, se rompa frecuentemente, con la noticia alarmante de que se gestaba una revolucin, y esto vale tambin para los aos cuarenta y parte del cincuenta. En todo caso, los incidentes eran los mismos. La noche antes, ya corran rumores. Se estaba gestando una revolucin, y el cabecilla, al menos visible y conocible, era el Coronel Fulano. Por la maana, los rumores se haban convertido en certidumbre, las amas de casa sintieron el viejo y conocido toque de los zafarranchos de combate. 
Corran a los almacenes a hacer provisiones. Las bolsas de galleta quedaban vacas, y el fideo, el arroz y el aceite o la grasa de chancho se agotaban. Tambin los paquetes de velas de esperma, generalmente destinadas a menesteres piadosos desaparecieron, por si en el curso del  combate se cortaba la lnguida corriente elctrica de la C.A.L.T. Los ms pudientes sumaban a sus provisiones y previsiones algunas latas de sardina, picadillos o carne conservada. Los ms precavidos, o temerosos, acorazaban las ventanas con colchones, y cuando a la silente maana amenazante empezaban las noticias de que los Caoneros entraron a la baha y apuntan haca la Capital no faltaban los que cavaban refugios en el patio, y le daban con mayor velocidad y pnico a la pala y al pico cuando a la presencia de los caoneros se sumaba otro peligro tenebroso con la Artillera que viene de Paraguar por tren y de los Regimientos del Chaco que se supona avanzaban a marchas forzadas a la Capital.
De pronto, estallaba la fusilera mezclada con el tableteo de las ametralladoras y uno que otro estremecedor estampido de can. Los corrillos formados en la esquina se desbandaban de prisa, el almacenero cerraba las puertas y las mams de numerosa prole iban y venan arreando a los chicos desaprensivos que no buscaban refugio y podan recibir una bala perdida.
Los ms valientes suban a las azoteas con ganas de contemplar el combate, y all permanecan hasta que un proyectil pasaba cerca espantando con su ominoso silbido, y el observador valiente optaba por la seguridad de la planta baja.
Los combates eran recios por la maana, amenguaban al medioda y recomenzaban con mayor bro a la tarde, hasta que iban apagndose al caer la noche, y cesar por completo un poco ms tarde. Con el silencio, la gente se atreva tmidamente a salir a la calle, a recoger noticias a travs de las dos o tres emisoras de radio que funcionaban. Al fin la noticia cunda, el Gobierno haba cado, el Presidente estaba preso y el Coronel Fulano haca leer una proclama: hemos salido de nuestros cuarteles ante el peligro que corran nuestras instituciones republicanas... Y as, sucesivamente.



Diez y nueve
Desgraciadamente, el almacn de la calle Pettirossi fracas. Y la familia, ya reducida a cuatro hermanos porque los mayores ya se haban casado y formaron hogar, se mud a la calle Per. Para m, otro universo para la experiencia enriquecedora y el ejercicio de la imaginacin y la observacin, All, fui vctima del primer amor, cndido, celeste y tmido.
Tena cabellos dorados, y a veces, cuando el sol del crepsculo la daba oblicuo, tena como un halo sobre la cabecita. Once aos tal vez, o doce, ojos de color cambiante, los ms extraos que haya visto, que cambiaban en infinitos matices del verde o azulado con la intensidad de la luz, tiernos labios de tersura frutal y piernecitas de colibr. Se llamaba Ruth, hija de una familia juda que presionada por la antigua actitud defensiva de su raza, en esta Asuncin que no tena ghettos ni idea alguna de lo que es el antisemitismo, haba convertido su casa en ghetto, porque en aquel tiempo ya en toda Europa se empezaba a culpar a los judos de todos los males del mundo, anticipando el holocausto que vendra despus con un tal Hitler. La casa de Ruth, amplia, confortable, arbolada, estaba protegida por altsimos cercos de alambre a los costados, y con una slida, alta muralla sobre la calle.
El padre de Ruth era un seor tieso como una vara de madera dura, vestido severamente, y si no recuerdo mal, ejecutivo, empleado o socio de una firma importadora. Usaba los anteojos que popularizaba despus John Lennon, e iba y vena por las calles del barrio saludando apenas a la vecindad con un correcto, breve buenos das o buenas tardes, segn el caso. Adems de Ruth, tena otra hija mayor que estudiaba en la secundaria del Colegio Internacional, y su esposa, doa Rebeca, hacendosa, hogarea y rubia pareca un hada madura y un poco gorda cuando trabajaba entre los rosales del jardn a la luz deslumbrante del sol.
Era notorio e incomprensible para mis pocos aos que el estirado de don Samuel, que as se llamaba el padre de Ruth, haba establecido una veda en cuanto a las relaciones con los pobladores del barrio. Hasta en eso -pienso hoy- funcionaba la ancestral autodefensa de su raza. Yo, que viva en la casa vecina sola ver a Ruth jugando en el gran patio, traviesa como yasyyater nia, subiendo a los rboles o sentada a la sombra de un naranjo y cambiando ropitas a su mueca, a veces, regandola con una vocecita musical que el viento traa a mis odos y me pareca estar oyendo el sonido de cristales del idioma de los ngeles. Casi a escondidas, la contemplaba, arrobado y enamorado, hasta que la voz de la madre la llamaba a tomar la taza de cacao de las cinco.
En el patio de mi casa haba un gran rbol de pomarrosa, y una rama se extenda sobrepasando el cerco de alambres y haciendo sombra en el patio de Ruth. El bendito rbol tena frutas y un da una de ellas, madura, cay de la rama intrusa. Vi a Ruth recogerla, examinar con curiosidad su cscara amarilla y su lisura de perla, y despus, morderla con sus pequeos dientes de mueca, saborearla cautelosamente y acto seguido gustar con deleite la pulpa crujiente y el caudaloso y perfumado azcar de la fruta. Con los labios mojados de miel, se volvi a m, me sonri y me pidi: Me das ms?. Un chimpanc envidiara la velocidad que trep al rbol para hacerme de una provisin de pomarrosas maduras y descender despus a poner a los pies de Ruth mi ofrenda de frutas, lo que es un decir, porque tuvieron que pasar, una a una y entre risas, por los huecos del tupido tejido de alambre. Esa noche, so que yo era Tarzn y ella Jane, y tenamos nuestra casa en un rbol de pomarrosas.
Al da siguiente vi a Ruth, no subiendo a los rboles ni arrullando a su mueca, sino prendida al cerco, en actitud de espera. La certidumbre de que me esperaba produjo en mi corazn la primera taquicardia de mi vida. 
Me acerqu al tronco del rbol dispuesto a renovar su provisin de pomarrosas, pero ella me dijo que no, que an tena las de ayer, y diciendo esto, me alcanzaba algo entre los alambres, envuelto en un papel que pareca oro. Examin el regalo, una golosina, la despoj del papel que deslumbraba con el sol y gust aquello. Hasta hoy, cuando paladeo un chocolate suizo, s que en l est el sabor de mi primer amor.
Otra novedad que aprend y que es vlida hasta hoy, es que el amor en estado puro no necesita de dilogos. Porque entonces, ella me enviaba una sonrisa a travs del cerco de metal, y para m, esa sonrisa contena toda la enciclopedia de la dulzura y del sueo. Una vez que nos hablamos, me cont que sus padres haban venido de un pas llamado Hungra, que ella haba nacido all, pero no lo recordaba, y despus pas a decirme que yo le resultaba cmico porque haba observado mi costumbre de trepar a lo ms alto del yvapov a leer mis revistas de historietas y mis libritos de folletn. Me imagino un mono leyendo -deca- y se rea, y se ri an ms, cuando le confes que mi madre y mi abuela cuidaban de mi salud mental prohibiendo ese tipo de lecturas, y que yo, para estar con mis amados personajes de fantasa, me fugaba y esconda en las alturas inaccesibles del yvapov.
Un da ella me obsequi un libro de cuentos, espaol, de dura y colorida tapa y de fabulosas ilustraciones, pero se plante el problema de pasarlo a travs de la trama metlica de la cerca. Era imposible. 
Entonces, sintindome hroe cav con mis uas una especie de canal bajo la urdimbre. Por ese cauce fluy el precioso libro, y sus manos, que toqu por primera y nica vez, y al contacto con su piel rosada, supe entonces en qu consista el tocar el cielo con las manos, apresar una meloda celeste, acariciar la cuna donde una perla duerme su sueo submarino. 
Presenta que ella senta lo mismo y el contacto dur nada ms que segundos y un poquito menos que una eternidad. Se march sonrojada y feliz, saltando como si tuviera muelles en los talones, y yo qued all, pasmado por aquel primer contacto con el ms dorado prodigio de la vida, el amor, que haba vuelto de pronto el mundo todo de color rosado.
Cuando pas la noche y el amanecer se anunciaba con el aroma del azcar quemada para el mate cocido, me levant y mir el cerco. Una cintita rosa tremolaba prendida al alambre, acariciada por el viento. Me acerqu lleno de palpitaciones ansiosas. Con la cintita de seda haba un papelito y en el papelito un dibujo hecho por Ruth, un mono leyendo en un rbol, y debajo, dos palabras: te quiero. Me sent lanzado a las selvas ednicas de Tarzn, al mundo mgico de Mandrake y a planetas azules y verdes y rojos y dorados de Flash Gordon. Esa noche resist al sueo. No quera dormir porque durmiendo dejara de sentir en mis manos la textura del papelito y la caricia de la cinta de seda. Y de algn modo, escrib mi respuesta, la sujet con la cinta y amparado por la noche fui a sujetar mi mensaje en el mismo sitio milagroso del cerco. A la maana siguiente, la cinta rosada ya no estaba. Ella haba recibido mi respuesta: yo tambin. 
Muchas cartas de amor escrib y recib en mi vida, pero nunca los mensajes tuvieron tanta intensidad como aquellas cuatro palabras que compartimos con Ruth en el amanecer de los sentimientos. 
Despus del descubrimiento nos volvimos ms tmidos, o acaso ms cmplices y cuidadosos de descubrir el maravilloso secreto compartido. Y aquel primer amor que hoy recuerdo se redujo al intercambio de miradas y de sonrisas en instantes fugaces, pero con la fugacidad del relmpago que deja hondas huellas en el alma y la memoria, como huellas deja el rayo de quemazones en los maderos.
De pronto, la rutina en casa de Ruth cambi. Un movimiento intenso pareca anticipar viajes y mudanzas, instalando en mi corazn una larva de desesperanza. No saba qu pasaba. Cmo llamar a Ruth y preguntarle?. 
No se hizo al fin necesario llamarla. Se aproxim al cerco al atardecer y se sent aferrando el alambre. Me acerqu a mi vez y como ella me sent sobre mis rodillas. Su carita era seria. Nos vamos a Hungra. 
Volvers?. No s. Pas el dedo ndice hacia mi parte del mundo. Me toc la cara con la punta del dedo, y hasta hoy me pregunto si fue mi imaginacin, o es mi memoria que poetiza todo, si realmente aquel dedito de ncar traz desde mis ojos hasta el mentn el surco de una lgrima.
Nunca la volv a ver. Dos aos despus estall la II Guerra Mundial y poco a poco, las noticias del espanto sacudieron al mundo. Estaban matando a los judos y quemndolos en hornos en toda Europa... incluida Hungra.
Hasta hoy me pregunto si Ruth se salv del holocausto. Veo viejos terribles documentales y me parece ver a Ruth mil veces repetida y prendida a las faldas de su madre, en doliente y aterrorizada caravana.
Y cuando voy al Jardn Botnico donde todava existen pomarrosas, suelo recoger una fruta cada. La muerdo, percibo el mismo azcar que empap la boca de Ruth, cierro los ojos, y all est la cintita rosa presa en el cerco de alambre, tremolando con el viento del amanecer.



Veinte
En el domicilio de la calle Per, a principio de los aos cuarenta. 
Hice nuevos amigos y me llen de nuevas experiencias y observaciones sobre la vida, la competencia y la gente. Amigo de mi edad fue Justo Gonzlez, que lleg a prestigioso economista, Albino Rojas, de una dinasta de industriales panaderos, y Euclides Penayo, que despus fue mdico y emigr a la Argentina, hijo de un famoso abogado; los chicos de la familia Sarubbi, de los Grange, Pizzurno. La inclinacin, desde muy temprano, a mezclarme con los chicos mayores, hace que recuerde como amigos de infancia a quienes la estaban dejando. Ernesto Bez ya empezaba a subir a las tablas, Nstor Romero Valdovinos y mi hermano Gerardo se iniciaban como periodistas deportivos en el diario La Tribuna. Fue Nstor, algo mayor que yo, y especie de padrino protector como Ernesto quien me prest una coleccin de seis novelas de clsicos espaoles y de las obras teatrales de Benavente y los hermanos lvarez Quinteros. Recuerdo especialmente a un muchacho lleno de chispa y alegra, alto flaco y obviamente italiano de apellido Ambile, a quien apreciaba todo el vecindario porque con su buen humor y simpata haca honor a su apellido, y con tristeza a Eduardo Bentez, mi compaero de escuela y de correras que muri ahogado en el tenebroso riacho Car Car, en los bajos del Parque Caballero, que con letal correntada una a la baha con el ro, y despus fue cerrado. Ya haba estallado la II Guerra Mundial y la vida en Asuncin era un poco estrecha, con racionamiento de todo, combustibles, gomas de automviles y camiones, harina, azcar, como coletazo de la economa mundial presionada por la produccin blica. Como es de prever, uno de mis mejores amigos eran don Anbal, un mutilado de la guerra del Chaco que haba instalado en un kiosko, en la calle Per y Pettirossi, uno de los primeros puestos de revistas, y algo de libros. Hice un acuerdo con l. Yo le llevaba a media maana una racin de tortilla y pan, y l me permita leer, sentado en un escaln, el material que yo eligiera. 
Recuerdo de aquella esquina que realmente era una de las colinas ms altas de Asuncin, que desde all se vea hacia el sur un paisaje inmenso y de transparentes colores que abarcaba el ro y ms all la verde sabana del Chaco. El nico edificio que se alzaba en este paisaje era la planta alta del Colegio Internacional. En esa misma esquina, tambin exista una centenaria planta de samuh, bajo cuya copa frondosa se instalaba con su carrito un heladero y en los meses de verano, cuando el rbol abra sus enormes capullos de blanca seda voladora, stos se dispersaban con el viento, como impensada nevada bajo el sol ardiente de noviembre, velozmente llevados por el caliente viento norte y transportando la semilla con la cual el viejo samuh se sembraba a s mismo. Un poco ms all, la acera frontal, sobre Pettirossi reciba sombra de nudosos ybyrars, y se abran negocios que recuerdo vagamente, como uno especial, frente a la residencia de la tradicional familia Taboada, la Santera de don Cosme, un seor de edad, alto, arrugado y ceudo, de expresin permanentemente amarga y malhumorada, que modelaba l mismo, y las pintaba, pequeas imgenes de Jesucristo, la Virgen y todos los santos y santas del Cielo cristiano. Curiosamente, este seor, perito en la imaginera, que conoca el color de los mantos y tnicas de cada elegido o elegida del Seor, su postura martirizada y su expresin de angustia, sufrimiento o xtasis, se declaraba ateo. Esta contradiccin, ya en las puertas de mi adolescencia, me suscit profundas y complicadas reflexiones, y todo lo que saqu en limpio fue que si hay personas que viven de su trabajo pero odian su trabajo, lo odian todo, a s mismos, a su cincel, a sus conocimientos y a sus pinturas, y terminan por odiar al mundo, como lo certificaba su expresin de amargo y permanente enfado, su rechazo a los amigos y a las mujeres (viva y trabajaba solo) y su dura descortesa con todo el mundo. En ese personaje, despus, se inspir mi hermano Gerardo para escribir su novela El Santero.
Hoy, en 1999, acaso sobreviva Sixto Duraona, que era Contador en los negocios grandes del barrio, y haba optado su ttulo en 1938. Viva muy lejos, en Barrio Jara, pero como trabajaba de maana y de tarde, busc donde almorzar y lo encontr en casa, por recomendacin de Della Prez, amiga de mi madre. En la mesa nos hicimos amigos porque compartamos la misma aficin por las novelitas de aventura y las revistas de historietas. 
Tiempo despus, a comienzos de los aos ochenta, en el hall del Teatro Municipal donde se acababa de estrenar una obra ma por la Compaa de Ernesto Bez, se me acerc a saludar un seor ya anciano, que reconoc vagamente, pero no saba de dnde ni de cundo. Se dio a conocer. Era Sixto Duraona. Lo invit a cenar, no en un restaurant, sino en las catacumbas del teatro, donde el bueno de Coronel, el maquinista, en sociedad con Lambar, hasta ahora guardin del fantasmal teatro, haban montado un comedero concurrido por toda la bohemia teatrera. Me ocurri lo de siempre. La gente, cuando conoce a un autor, est convencida de que tiene una historia digna de llevarse a las tablas, o a la novela. 
Matemticamente, esa historia es la suya. As que durante la cena, Sixto Duraona me cont la saga de su vida, que al principio no mereca algo ms que una corts atencin, pero de a poco me fue interesando porque al fin, era la sntesis de cmo el Tiempo devora a la Vida, de modo que tom nota y ahora al revisarla, la encuentro digna de este largo anecdotario en el que yo, en cierta manera, soy un poco Sixto Duraona, como l, protagonista de una larga andadura, aunque fuera toda su vida el anodino seor Etc. o Etctera que se ubica al final de las listas de los que merecen ser nombrados. Adems, conozco por experiencia, la historia de Sixto puede ser la de muchos hombres de edad avanzada, acaso mdicos, ingenieros o abogados que se reconocern en l, paradigma como es sin saberlo, de que la vejez se define como el tiempo de despedir a los amigos que se van o de recordar a los que se fueron. La vejez es tambin un tiempo de aprendizaje, que nunca termina.
Me contaba Sixto que fue Contador de la Promocin 1938. Treinta en total, que durante la era estudiantil integraron un grupo solidario y unido. Finalizada la carrera y al despedirse del Colegio los treinta Contadores hicieron un juramento: cada 30 de octubre, a las nueve de la maana se encontraran todos frente al Panten Nacional y de all iran a celebrar el aniversario en un bar o restaurant del centro de la ciudad. 
Durante aos fueron fieles al compromiso. Sin embargo, el quinto ao consecutivo, slo aparecieron 27. Uno muri en un accidente, otro se fue al extranjero y un tercero no apareci sin explicacin ni excusa. 
Simplemente se evapor. La Revolucin de 1947 caus un serio golpe al grupo, que se redujo a 16. Conservaba una fotografa tomada en 1956 donde slo quedaban 12. Pero felizmente esa docena de sobrevivientes de la promocin se mantuvo unida y sin ausencias hasta 1962, en que se redujo a 11, por el fallecimiento de uno de ellos. En 1974 el grupo se haba reducido a 5. Y por fin, Sixto llega al episodio que es el desolado eplogo de su historia. Era el 30 de octubre de 1979, a las 8 de la maana. Un hombre de paso ya inseguro por los aos y encorvado -Sixto Duraona- concurri puntualmente a la cita. Mir a uno y otro lado y nadie apareca. Trat de consolarse pensando que claro, la vejez nos vuelve a todos perezosos e impuntuales, pero alguien vendr. El reloj marc las 8.30, las 9, las 9.30 y nadie concurra a la cita. A las 10 de la maana, Sixto no tuvo ms remedio que convencerse: haba quedado solo. Aquel grupo bullicioso, juvenil de 1938 ya no era sino una caravana de fantasmas, una suma de recuerdos arrastrados hacia el olvido por un desfile de almas exiliadas. Ya no eran amigos, sino memoria de los amigos. Ya no eran hombres con quienes elevar una copa y brindar, sino lpidas grabadas en el mrmol de la consumacin de todo. Camin por las calles y sus pasos le condujeron a las puertas del antiguo restaurant alemn de la calle Eligio Ayala bajo cuyas aosas palmeras brindaron en grupo por el ayer, hermoso, por los ya ausentes y por la buena fortuna de los presentes. Pidi un chopp que se lo trajeron. Un chopp tamao imperial, color oro lquido, helado y con una espuma blanca, de copo de nieve. Contempl su vaso. Lo elev brindando por los fantasmas del pasado y murmur Salud, muchachos conteniendo una sonrisa amarga por lo delirante de desear salud a los muertos. Y bebi todo, de una vez.
Sixto Duraona, es obvio, tampoco ya estar, y como es de rigor en tanta gente annima, slo queda de l este episodio que forma parte del desvado folklore de la existencia humana. Y del mo.



Veintiuno
En la misma poca ya estaban apareciendo ms diarios. A la decana La Tribuna se sumaban El Orden, El Pas, El Tiempo, El Diario, El Paraguayo y otros. Tenan secciones que revelaban el espritu todava aldeano de la ciudad, como la denominada Registro Civil. All, diariamente se anotaba la crnica familiar de la comunidad. Defunciones 10, Mujeres 6, Varones 4. Casamientos. Fulano de tal con Mengana de cual, y segua la lista de las uniones nupciales, cinco o seis por da. Pero la que ms interesaba era la columna de Diligencias Previas, es decir, parejas que hacan gestiones para casarse, y se publicaban los nombres de los futuros casados, a manera, aunque no con el mismo fin, de las admoniciones eclesiales y para reconocimiento de la curiosidad social, y no pocas, para desencadenar un escndalo de novias engaadas y de familias frustradas por la inesperada desercin y traicin de un novio que ya pareca asegurado para la nena y tomaba otros rumbos inesperados.
Ya entonces, la malsana curiosidad social, maliciosa a veces por el regodeo que produce la desgracia ajena, encontraba su respuesta en la publicaciones en los peridicos de los remates judiciales, que si no eran realizadas por don Miguel Masi, lo eran por su contendor, don Enrique de Jrica. Una humillante descripcin de bienes a rematarse, desde los inmuebles hasta menajes de cocina, el mueblero ntimo de los dormitorios y el presuntuoso mobiliario de las salas, con sus cuadros y hasta pianos, eran minuciosamente descritas y publicadas como los restos de un naufragio familiar por va judicial.
En la columna de Sociales tambin se publicaban noticias que hoy causaran curiosidad y gracia. Por entonces, la gente tena una extraa mana de convertir sus dolencias en noticia de Sociedad. Enfermos. Guarda cama en su domicilio, aquejada de una enfermedad, la seora Patrocinia Ortiz de Cabrera. Amigos y parientes concurren a ofrecer solidaridad a la ilustre dama, a quien deseamos pronto restablecimiento. En la columna especial de Viajeros, consignaban que en el vapor de la carrera, se traslad a Buenos Aires, el caballero don Atanasio Gutirrez, en misin de estudios, siendo despedido en el Puerto de la capital por familiares y amigos o, informaciones que hoy parecen chiste como que En el tren de la vspera, parti en viaje de descanso a Estacin Patio y San Bernardino, la familia de Florindo Martnez con sus hijos menores Flavio, Ral, Julio y Norma, a quienes deseamos felices vacaciones.
En esa misma esquina de Per y Pettirossi, se instal tambin la terminal de una nueva lnea de mnibus, la primera de carcter empresarial, pionera, porque hasta entonces, las lneas de mnibus estaban servidas por vehculos de propiedad personal de cada uno de sus conductores. La nueva lnea perteneca a la S.A.P.T. (Sociedad Annima Paraguaya de Transportes) y como tena pintada en las carroceras las siglas de SAPT, y eran pequeos, panzudos y amarillos, la gente los bautiz sapitos. Fueron los primeros mnibus modernos, todo metlicos, fabricados en los Estados Unidos, con sus asientos tapizados en cuero, y sobre robustos chasis de camiones International Harvester. Partan de Per y Pettirossi, iban al centro y volvan al punto de partida, y fueron tambin los primeros que expedan boletos a los pasajeros y que no permitan que nadie viajara de pie. Estos primeros mnibus realmente modernos, tuvieron su antecesor un par de aos atrs, en un monstruoso y enorme mnibus lujoso y de manufactura americana tambin, con un humeante motor diesel, que intent cubrir el itinerario entre Asuncin y Zavala Cu. Pesado y lento, el mnibus aquel, pomposamente bautizado Normanda por el transatlntico de moda entonces, no soport las durezas inmisericordes del empedrado asunceno, y padeca de tantos desperfectos en pleno servicio, que el vulgo defraudado rebautiz al vehculo, que del pretencioso Normanda, se redujo al peyorativo Tembey, nombre de aquel astroso barco que hiciera el primer y catastrfico tour fluvial a Buenos Aires.
Los Sapitos a su vez, antecedieron a lo que vendran aos despus, los famosos Merceditas, mnibus Mercedes Benz carrozados en Alemania, que prestaron heroicos servicios sobre los ya entonces aborrecidos empedrados de Asuncin. Ms tarde, Asuncin se regocij por la importacin de una flota de mnibus Berliet, franceses. Fue en su tiempo un escndalo con visos de estafa financiera. Los mnibus se caan a pedazos, y alguien (si no me equivoco, el Estado o la Municipalidad) tuvo que pagar cuantiosa suma a algn avispado importador, por aquella flota de chatarra. Pero esa es otra historia de las que en este libro, apenas sirven de marco de referencia temporal y existencial para el protagonista del mismo, yo.
Ya me haba tocado la adolescencia. Ya haba ingresado al primer curso del Colegio Nacional, exactamente en 1940, cuando enseaba castellano don Gustavo Lezcano y su hermana Ada, de la dinasta de los profesores Lezcano que ensearon a generaciones de paraguayos a leer y escribir correctamente. Y latn el venerable pa-i Velloso, que cuando tomaba el examen y susurraba al final un vete con Dios, hijo mo significaba un seguro aplazamiento, y tambin, para el latn, el irascible profesor alemn Mr. Teichman, y dibujo don Jaime Bestard, y matemticas el profesor Doutrelpau, y francs Monsieur De Vil, en rigor de Vilaire; y otras asignaturas con otros profesores que hacan de la ctedra un altar de la excelencia, como el inolvidable profesor Alfonso B. Campos, pequeito y vivaz como un gamo siempre joven, su traje negro, sus zapatos enterizos de militar, y su fanatismo por la moral, la tica y la perfeccin en los ms mnimos detalles de la vida. Poco duraran mis aos de estudiante secundario, incapaz como era de asumir enseanzas reglamentadas y distrado como era en las clases, que hicieron que fueron vanos los intentos, porque nunca pas del tercer curso ni en el Colegio Nacional, ni en la Escuela de Comercio, ni en la Escuela Militar y ya que en tren de confesin entramos, en compensacin a esta ignorancia acadmica-pedaggica, afirmo que ms aprend de los libros ledos desordenada y vorazmente que de los voluntariosos y exigentes profesores de antao. En mi adolescencia y juventud era reacio a toda disciplina, salvo a la que me impona a m mismo.
Felizmente, a uno de los excelentes profesores que desperdici, el profesor Gustavo Lezcano, le debo la experiencia de que para escribir, bien o mal, hay que concurrir con denuedo a la escritura ajena. Y el profesor tena un mtodo que creo valioso. Nos haca aprender de memoria, trozos escogidos de literatura espaola.
Hasta puedo recitar bamos por el herradero de novillos. El patio empedrado, sombro bajo el inmenso y ardiente cielo azul de la tardecita, vibraba sonoro el relinchar de los caballos pujantes, del rer fresco de las mujeres, de los afilados ladridos de los perros. Platero, en un rincn se impacientaba. El texto es de Juan Ramn Gimnez. La exigencia del profesor obedeca a su creencia de que el idioma existe como algo concreto, pero el buen decir es el producto de una elaboracin excelsa. 
Enseaba el maestro que la buena prosa castellana tiene musicalidad, un ritmo cadencioso, casi mgico, como estaban presentes en el texto en el breve trozo que memorizbamos, cuidando la modulacin, el acento y las pausas de la puntuacin, hasta percibir que el idioma cantaba en cierto sentido. Slo mucho tiempo despus descubrimos el motivo de la condicin de leer en voz alta y memorizar palabras y ritmos, que no es otra cosa que fijar en la memoria la msica de la prosa, es decir, la cadencia armoniosa de las palabras bien elaboradas y combinadas con sabidura y gentilmente insertadas en el contexto de una frase o de un pensamiento. La cuestin no resulta muy difcil, sino ms bien elemental, porque la memoria moviliza el mismo mecanismo que utiliza para saturarnos de las melodas pegadizas como las que casi inconscientemente (2) silbamos o canturreamos mientras nos afeitamos o conducimos el automvil. 
La prosa bien escrita tiene tambin esa misma condicin de alimentar a la memoria de sonoridades amables que asoman espontneas, cuando a nuestra vez, acometemos el difcil compromiso de escribir.



Veintids
Ya en edad de trabajar, por entonces, trabaj como ayudante de camin que era algo as como auxiliar contable que acompaaba al chfer y haca el papeleo de las entregas y recepciones de las mercaderas. Tuve en tal oficio, la ocasin de palpar, oler y empaparme del ambiente de los grandes comercios de aquellos tiempos, adustos, serios, organizados, en el que se impona un clima seorial, porque en esos negocios al por mayor y menor haba como cierta nobleza antigua, acaso porque en aquellos tiempos los grandes negocios tuvieran linaje, tradiciones y sobre todo, un toque de austeridad que el contrabando, ni el agio ni la especulacin ni la contabilidad negra an no haban mancillado.
Recuerdo las estanteras ordenadas de oscura madera. Largos mostradores aosos y macizos, la clientela atendida con cortesa, sin prisas ni voces destempladas. A un costado, la Entrada de Vehculos para los recin llegados camiones de carga o para los pesados carros de cinco mulas, estrecha, pero que se ampliaba en el patio de cargas empedrado, con su humedad de boiga y de barro, al que se abran las puertas de los depsitos con inmensas estibas de bolsas de diversos productos, papas an cubiertas de tierra negra que deformaban los sacos, cebollas que emanaban leve impronta de madurez, maz, arroz, aquellas macizas bolsas de Yerba Ley de Segundo Ibarra, con sus setenta kilos de yerba que eran el desafo al machismo de los peones hombreadores o portadores de carga al hombro; cajones de lavar de olor cido, apretados fardos de tabaco o de alfalfa, y en estantes de madera, puntillosamente limpios, grandes tortas de queso de rallar de pura procedencia italiana y legtima leche de cabra con sus gruesas cubiertas de proteccin negras a veces, marrones otras. Y vinos en polvorientas botellas o en panzudas damajuanas acorazadas en mimbre tejido y hasta en toneles de mgicas maderas que, entonces ya tenan la proceridad del tiempo. En secciones apartadas, las bebidas finas importadas, con sus desmaadas estampillas de impuestos internos pagos pegadas sobre los corchos refinados, y generalmente, en un rincn, una gran barrica llena de sal, y en la sal, as como vinieran de algn lejano pas nrdico, las tiras de bacalao seco.
Conservas de tomate en latas, de marca y leyenda italianas, sardinas, aceites de oliva en plateados envases de verde metal y floridos logotipos. 
Un mundo prdigo, austero, ordenado, limpio, con una variedad de mercancas que exhalaban en conjunto un olor especial que la memoria retiene. Un olor mezcla de olores, desde la cebolla claudicante a la papa que empezaba a reventar retoos en la humedad de las bolsas. Y entre ellos, el de la alfalfa con su reminiscencia de hierba cortada bajo el roco, y el del tabaco que picaba la nariz, y el de los cajones de jabn que mezclaban las esencias de la madera y la arremetida de la grasa y la leja. Polvo desprendido de damajuanas, botellas y barricas, flotante y danzarn a la luz del sol atrapada por las claraboyas, con su aroma sugerente de resabios de oscuras bodegas, europeas, como aderezando el perceptible aliento de madurez exhalando de las bolsas de locro, de porotos, que a su vez no podan imponerse al fuerte perfume del caf que sobrevolaba sobre todos las sensaciones capturadas por el olfato, hasta sobre la yerba que opona su invencible presencia de monte salvaje rendido a machetazo y fuego.
Sobre una slida plataforma cercana a la entrada principal de los depsitos, la herclea, puritana y exacta bscula, con su gran brazo miligramado con trazos firmes sobre la dura regla de pulido bronce. 
La balanza, su hermana menor, smbolo de la honestidad comercial, jams admita un gramo de menos ni de ms, pesndolo todo con su elegante platillo colgante, sus pesas y contrapesas con su cuo de pureza marcado en el hierro, inviolable a toda maa, severa ante todo error.
De los depsitos bamos a los escritorios con sus grandes pupitres que tenan exactas perforaciones en la parte superior, para el tintero, y cunas talladas en el madero para las lapiceras, y el lugar exacto para el curvado papel secante. El tablero, inclinado a la altura suficiente para que los tenedores de libros, con camisa y corbata y una visera verde protectora sobre los ojos porque reciban luz de un alto ventanal, trabajaran cmodos, sentados en su alto taburete, parecidos a monjes amanuenses de viejos monasterios. Sobre aquellos pupitres, que eran varios vigilados por el todopoderoso seor Contador desde su atalaya, los grandes libros Diario, Contabilidad, Tenedura e Inventario. Enormes, de dursima tapa, pesados, monumentales, honestos libros de un registro riguroso, certero, veraz, sin trampas, sin ocultaciones, imposible, porque todo estaba escrito con cuidadosa caligrafa, sin consentirse jams el pecado inexcusable de un borrn, una correccin, una enmienda, todo, con tanta limpidez comercial que el mismo Seor Jesucristo, si fuera Inspector de Hacienda, saldra satisfecho.
Sobre una mesa robusta, la prensa de copiar documentos, dos planchas de hierro pulido y obediente a una manija que operaba un mecanismo atornillado en espiral. Y a su lado, el trapo de mojar y la provisin de lpiz-tinta en que se escriban los documentos que someter a la copia. Y por fin, para la correspondencia, la mquina de escribir de escritorio Royal, o quizs Underwood, Smith Corona o Remington.
En la Gerencia, dos grandes mesas de escritorio de madera elaborada con adusta artesana y con leves esbozos de escultura en cada esquina. 
Cada cajn con su llave, y con llave tambin los armarios-archivos adosados a la pared. Las dos mesas con su silln giratorio y en una esquina de la oficina, una alta percha de numerosos brazos que ofrecan soporte al saco, el sombrero, al perramus o al paraguas, para el cual, el perchero sostena un disco con perforaciones. En la otra, el ostentoso reloj de pie, con la esfera marcada con nmeros elegantes y trabajados, con su pndulo dorado oscilando detrs de los cristales y su carilln que contaba con sonoridad discreta las horas, las medias y los cuartos, con la solemnidad del bronce en un templo.
As de austero, linajudo, era aquel negocio hoy memorizado fielmente, posiblemente poetizado por la imaginacin a caballo de la nostalgia, pero en esencia, as, comercio ennoblecido por la calidad humana de los hombres y por la transparente, decorosa personalidad del comerciante.
Como l, otras empresas comerciales parecidas funcionaban en Asuncin de la dcada de los aos cuarenta, y es imposible resistirse a dejar en letra impresa el recuerdo que se va borrando de la memoria de la ciudad, o pronto empezar a borrarse. Al correr de la pluma, memoramos:
Etchegaray y Daz de Espada S.A., en Montevideo entre Presidente Franco y Palma, Casa Mdiga: en Ayolas entre Presidente Franco y Palma; Francisco Borrel, en Coln casi General Daz; Lorenzo Manzoni, en Presidente Franco y Montevideo; Casa Saceo, en Montevideo y Buenos Aires (hoy Paraguayo Independiente). La siempre rumorosa Casa Viola, en Montevideo y Playa (a metros del embarcadero de la Playa Montevideo) con su bulliciosa clientela de navegantes y mercachifles fluviales y con su competencia cerca, la Casa Casola. El Almacn y Panadera Carioca, en 14 de Julio y O'Leary; Casa Pappalardo, en Iturbe y Caballero; La Palmera S.A. en Montevideo y Benjamn Constant.
Ha de recordarse el linaje de los Cuevas, Justo Cuevas, primero en 25 de Mayo casi Yegros, y despus en Coln entre Palma y Estrella; Cuevas Hermanos, en Coronel Bogado y Tacuary; Rogelio Cuevas, en Iturbe y Teniente Faria: Carrillo y Len, en Teniente Faria y Estados Unidos, Amadeo Buongermini, en Eusebio Ayala y Bruno Guggiari; Cazenave Hermanos, en Luis Alberto de Herrera entre Estados Unidos y Brasil: Casa Marimn, en Nuestra Seora de la Asuncin y Piribebuy; Adorno y Espnola, en Estados Unidos y 25 de Mayo.; Silvio A. Fiore, en Eligio Ayala y Antequera; el Almacn de Pepito Camps, hasta hoy abierto en Teniente Faria y Brasil: 
don Miguel Vera, ilustre comerciante en Mxico y Aquidabn; don Andrs Gonzlez, del ramo al por mayor, dueo de enormes depsitos en las cercanas de Dos Bocas, y de quien se deca era hermano de Natalicio Gonzlez.
Grandes comerciantes de la vieja escuela de la Asuncin de antes, que los tiene grabados en las crnicas de sus das sin polucin del agua, ni del suelo, ni del espritu, ni de la moral.









Veintitrs
En el aspecto menos austero de aquella poca de inicio de los aos cuarenta, cada vez que poda me escapaba al centro de la ciudad. Me gustaba la msica, y la tena servida en orquesta, de maana o de tarde, en el Bar Vila, si mal no recuerdo, en Montevideo o Convencin, casi Palma. Muy joven o con nada de dinero para entrar, miraba y escuchaba con la ata contra el vidrio como dice el tango, y era mi preferida la Orquesta Bolia que all tocaba, y de tangos, valses y uno que otro pasodoble era su repertorio. Con ella, la msica se mezcl por primera vez con el deporte, cuando el director de la orquesta compuso y toc el tango Olimpia. Soy del Olimpia, campen de campeones con sus once leones, cansados de ganar... Sin perder tiempo, el eterno rival, Cerro Porteo, para marcar la diferencia entre lo distinguido y lo popular, convoc a Herminio Gimnez que produjo una polka, Irala el Gran Presidente que con su ejemplo as ense.... Olimpia replic despus con varias polkas, una de las mejores con letra de Cayo Frutos Pane que las malas lenguas atribuyeron a su hermano Manuel, quien aos despus creara con Juan Carlos Moreno Gonzlez una sucesin de zarzuelas paraguayas, inolvidables como los hoyuelos y la voz de Kikina Zarza y la planta varonil de scar Aguayo. Tambin el Bar La Bolsa, en la misma esquina en que hoy est el Bolsi, dispona de orquesta. Y llamativamente, en ambos bares asista una bohemia asuncena maanera, caballeros que vivan de renta, que faltaban al trabajo o no tenan trabajo y no se preocupaban mucho, periodistas, poetas, escritores y deportistas, que cuando no estaban en el Bar Vila o La Bolsa, poda estar en el Felsina tomando caf y jugando al billar, holgando en el Bar Tokio y esperando la noche para ir a cenar en el Rubio, sobre la calle Coln, cuyo plato principal era su famoso a caballo, un enorme bife de lomito con tres o cuatro huevos fritos sobre cubierta, un verdadero ataque masivo de colesterol que llev a mejor vida a muchos bohemios valiosos, como el famoso periodista Sindulfo Martnez, que escriba sus crnicas deportivas con prosa potica y rigor acadmico.
Fue tambin para m aquella pos adolescencia, tiempo de postergar estudios y de leer con gozo inolvidables novelas. Crimen y Castigo de Dostoievsky, me deslumbr y la considero hasta hoy el ms profundo y perfecto estudio de la condicin humana. Cun Verde Era mi Valle, La Historia de San Michele, Los Miserables, El Vizconde de Bragelonne, Los ltimos Das de Pompeya, La Guerra y la Paz Ben Hur, una novela estremecedora del nico premio Nobel noruego, Knut Hamnsun, titulada Hambre y cuantos ms ricos novelones me fueron nutriendo de sueos, aventuras, fantasas e historia. Le toda la produccin de Charles Dickens con voracidad, especialmente una novela titulada Los Grillos del Hogar. 
Recin hoy, cuando en plena vejez me regodeo releyendo aquellas primicias de adolescencia, advierto que Dickens fue el que mejor testimonio diera del cambio en la humanidad. En efecto, instala sus novelas, en la poca en que al mismo tiempo se inventa el motor a vapor un poco ms que a mediados del siglo pasado y comienzos de este que termina, y los telares mecnicos. 
Es el inicio de la Revolucin Industrial con el mismo mpetu renovador en que hoy comienza la Revolucin Informtica. Con la Revolucin Industrial apareca una nueva forma de explotacin del hombre, de la mujer en los talleres, de los nios en los fragorosos stanos de las grandes fbricas. 
Nadie mejor que Dickens retrata esa poca en que aparece una nueva clase destinada a pesar en la historia de la humanidad, el proletariado industrial.
Otras lecturas no faltaban, porque en la impensada an carrera de autodidacta, lea cuanto texto de historia, geografa o de literatura caa en mis manos. Por algn tiempo tuve acceso libre a la biblioteca de un abogado vecino, cuyo nombre me reservo por respeto a su memoria, tiempo en que lea tratados de Derecho, de Economa y Sociologa. Obras sobre Criminalstica y Balstica, de las cuales nacieron la pasin que me dura hasta hoy por las novelas policiales, las buenas como las de Conan Doyle, William Iris, Ross Mc Donald y otros que priorizan la investigacin deductiva. No es casualidad que mis dos libros favoritos, Crimen y Castigo, de Fedor Dostoievsky y El Nombre de la Rosa, de Humberto Eco, son grandes novelas policiales. Haba accedido as a cuantos libros tena mi vecino en su enorme biblioteca. Lstima que este idilio con los libros lleg a su fin al cabo de dos aos, porque intu que el idilio con los libros deba incluir ya no ms, otro idilio antinatura con el propietario. 
Menos mal que haba aprendido a leer con la vista y en forma rpida, y mi cosecha fue prdiga mientras dur. Y me acostumbr para toda la vida a aprovechar los momentos de ocio, para leer cuanto estaba a mi alcance, con una obsesin casi enfermiza.



Veinticuatro
En 1945 termina la II Guerra Mundial, y las potencias occidentales victoriosas terminan su romance con los regmenes fuertes de Amrica del Sur. Exigen democratizacin y el Paraguay no escapa a esta exigencia. Se inaugura lo que despus se llamara la poca de la Libertad. Todos los partidos polticos son libres y legtimos, incluido el partido Comunista, con sus partidarios orgullosos de la participacin del bonachn To Pepe como la propaganda aliada bautiz a Stalin cuando el Ejrcito Rojo trituraba a Alemania. Despus, con la Guerra Fra cambiaria la historia, y el to Pepe sera el carnicero que amenazaba al mundo. Pero entretanto, floreca la poca de la Libertad en Asuncin, con sus calles atoradas de manifestaciones populares, sus plazas donde se sucedan mtines colorados, liberales, febreristas, comunistas, y se acuaba una nueva forma de calificar a los oradores ms castizos, profundos y sonoros: picos de oro.
La vida social era intensa, especialmente para los jvenes que bamos saliendo de la adolescencia. Se instalaban y transmitan nuevas emisoras de radio con programas exclusivamente musicales y alguna media hora dedicada a las noticias. Pero se escuchaba radio para escuchar msica. Los temas de moda eran los boleros como Nosotros, Ansiedad, Vereda Tropical, y los tangos como Malena, la que cantaba el tango como ninguna, Caminito, Grisel, Cuartito Azul y aquello de en un viejo almacn del paseo Coln. La cuota de humor la pona un caimn de letra pcara que se iba para Barranquilla, en tanto que la Guerra Mundial haba popularizado una cancin que al principio -dicen- la cantaban slo las tropas alemanas, los ingleses la oyeron detrs de las trincheras y la tradujeron, como lo hicieron los franceses y los italianos: Lil Marlene, con el universal tema de la novia que en las puertas del cuartel despeda al soldado que se marchaba a combatir. Por su parte, la msica popular idiota, que en menos proporcin ya exista entonces, se haca presente con un ritmo tropical que haca furor en los bailes y deca que Santa Marta tiene tren pero no tiene tranva... y que Cartagena tiene mar pero no tiene montaa. El noticioso ms escuchado era el del medioda y se titulaba El Reporter Esso. Radio Critas, emisora catlica que se haba inaugurado en 1939, no emita tangos ni boleros por sus letras pecaminosas, pero en cambio, tena programas de valses vieneses y msica clsica que iniciaron la tradicin cultural de la emisora inaugurada por el inolvidable pa-i Lavorel, hasta nuestros das. En el cine, las parejas que ms suspiros provocaban eran la de Jorge Negrete y Gloria Marn, la de Robert Taylor y Greta Garbo, y haba una infinidad de pelculas de propaganda blica norteamericana, en las que bellos jovencitos rubios que bailaban bugui-bugui en los pueblecitos de tarjeta postal de los Estados Unidos, vestan los uniformes y se marchaban a matar como moscas a japoneses y alemanes, o soaban en las trincheras con el hogar lejano, contemplando una fotografa de Betty Grable en traje de bao. Mickey Rooney, hoy un anciano enano adiposo y con una nariz de alcohlico irredento, era el jovencito modelo de la retaguardia, que ayudaba al esfuerzo de guerra bailando con Judy Garland, una encantadora jovencita entonces.
Los sbados se bailaba mucho, con mucha orquesta y sin ningn altavoz, que fue una novedad posterior, invento diablico. Msicos jvenes aparecieron para revolucionar todo, con sus orquestas generalizadamente llamadas caractersticas que tocaban jazz y ritmos tropicales, y hacan su agosto en Carnaval, cuando despus de los floridos corsos en la calle Palma, la juventud iba a bailar al Mbigu, al Sajonia, al San Antonio o al Martn Pescador, u organizaban bailes de mamarracho en las casas de familia, y en las cuales, llevaban las palmas los disfraces ms disparatados.
La llegada de la primavera era una celebracin especial para la juventud de entonces. Desde mucho antes del 21 de setiembre, chicas y muchachos vivan la angustia de prepararse para el gran da. Ellos, con el inexcusable compromiso de estrenar el nuevo traje blanco, de casi proletario brin, o del ms refinado brin de hilo o del ostentoso tussor de seda, con el pantaln bombilla y la bragueta hasta el ombligo, ms o menos: el saco hasta cerca de la rodilla y la camisa con el cuello duro, almidonado hasta adquirir la dureza cercana a la del hierro. En aquel tiempo el muchacho de pequeo burgus para arriba que no estrenaba un traje blanco en primavera, era poco menos que un leproso social, y un excluido total del inters femenino.
Las mismas angustias vivan las chicas con respecto al vestido para la fiesta de primavera, con el agregado de que si tal vestido no estaba acompaado de un zapato con plataforma de corcho, altsimo y capaz de dejar ms de un gracioso tobillo femenil seriamente lastimado, no vala la pena.
Lo que ms amables recuerdos suscitan son los bailes del Mbigu. 
Primero, el romntico cruce de la baha en asmticas lanchas, o los impacientes en botes de remos, y luego, un ya desaparecido, alto tablado de madera que cuando los bailarines en multitud llevaban al unsono el mismo comps, se sacuda tambin en su estructura, como el latido de un corazn enorme, el corazn de la primavera que saludaba a las lindas chicas de entonces, hoy melanclicas abuelas que sentadas en sus mecedoras en penumbrosas salas, atisban por los balcones entreabiertos el paso de la vida que ya las dej de lado. O recordando con un rescatado rubor, las escapadas desde el tablado hacia la oscura playa arenosa donde ms de una virgen dej de serlo.
En el curso de la mencionada poca de la Libertad regresaron del exilio los lderes ms prominentes y los dirigentes civiles de mayor prestigio. El Coronel Rafael Franco, hroe de la guerra del Chaco y fundador del partido Febrerista, que tena entonces gran podero popular y un casi exclusivo monopolio del estudiantado secundario y universitario, fue recibido en el Puerto, por una bulliciosa muchedumbre que lo acompa desde el mismo barco, en marcha triunfal, hasta el Panten Nacional de los Hroes, un monumento por decenios abandonado, y que l restaur durante su breve Gobierno en la dcada del treinta. La marcha por la calle Palma fue apotesica, y las fiestas de bienvenida se sucedieron, la principal, en la Terraza Granados, adyacente al cine del mismo nombre, en Estrella y 25 de Mayo.
Muy distinto, y amargo, fue el regreso del Dr. Jos P. Guggiari, a quien se atribua, creo yo como maniobra poltica que como verdad histrica, la matanza de jvenes estudiantes frente al Palacio, cuando el 23 de Octubre de 1931 lleg all una manifestacin de jvenes que exiga que el pas se movilizara, armara y respondiera al avance militar boliviano en el territorio del Chaco, y una ametralladora disparada desde el edificio sembr la muerte entre los manifestantes. Quizs fue en ese episodio que la propaganda, en su forma moderna, apareci en el Paraguay para destruir la imagen de un hombre. Josep era para el vulgo sinnimo de carnicero y asesino de jvenes, y a la leyenda negra, como si fuera poca, se aditaron detalles macabros, como que durante su presidencia su esposa padeca de una enfermedad misteriosa que slo se curaba con sangre de nios, rumor perverso que desencaden una sicosis maternal de espanto y de cautela, y los nios eran recogidos a la seguridad de las casas, apenas caa la noche.
Con tales antecedentes que databan de la dcada de los aos treinta, se produjo el regreso del Dr. Jos P. Guggiari en la de los aos cuarenta, en pleno florecimiento de la poca de la Libertad. Fue todo lo contrario a lo sucedido con el Coronel Franco. Se intent repetir y hasta superar el evento del febrerismo. Pero todo fue un desastre. Apenas asomado el cortejo en la calle Palma, empez la agresin de la multitud. Como era el mes de agosto y toda Asuncin estaba arbolada de apepes, (naranjos agrios de grande, dura y maciza fruta), las frutas -disponibles a miles por las calles- sirvieron de proyectiles para frenar la marcha de la caravana hacia el Panten Nacional. Sin embargo, el cortejo, de hombres empapados y baados en jugos y pulpas, sigui adelante soportando el nutrido bombardeo frutal. Cuando estaba a dos cuadras del monumento y pareca que llegara a destino a pesar de todo, los proyectiles cambiaron porque de inofensivos aunque dolorosos y rotundos apepes se volvieron de armas de fuego. Haban sonado, ominosos, algunos disparos de fusil y se oan las balas silbar sobre la muchedumbre. Entonces fue la desbandada, y el Dr. 
Guggiari tuvo que ir a refugiarse en una residencia particular, hasta donde sigui el acoso, con lo que el buen seor decidi embarcarse y partir de nuevo al exilio para no volver jams.
Un hecho llamativo, es que esos mismos apepes que frustraron el regreso de un poltico de fuste, haban sido plantados aos antes en las aceras de Asuncin, por un sobrino suyo, Bruno Guggiari, si la memoria no me traiciona, considerado como uno de los mejores Intendentes que tuviera nuestra ciudad Capital, creador, entre otras cosas, del Barrio Obrero, extensas manzanas en las que realmente se asentaron autnticos proletarios, Sobre aquel desgraciado repblico, Dr. Jos P. Guggiari, se abati el folklrico vicio nacional de satanizar lo que nos repele y santificar lo que nos halaga. Francia, el Mariscal, Madama Lynch, Benigno Ferreira, Natalicio Gonzlez y hasta Stroessner, conocen de eso.
El acontecimiento aquel, fue una de las pocas mancillas de la poca de la Libertad, y castig de tan cruel manera, a un hombre ilustre a quien la Historia, aunque no el pueblo raso, reivindic en su inocencia.



Veinticinco
No soy historiador, y de lo poco poltico que fui no queda nada, porque la desilusin me ha purificado hasta de la ltima costra en estos tiempos en que descubr que las ms bellas e idealistas ideologas perecen ahogadas con el avance del partidismo descarnado, angurriento de poder, y sobre todo, ordinario, sin seoro y perverso. La moral ha sido desterrada y la convivencia pacfica una ilusin de lricos. La vctima de hoy es el verdugo de maana, y en el descenso hacia lo tribal van desapareciendo valores y los principios se sacrifican en el altar de las ambiciones, el sentido de nacin va desapareciendo, y el pueblo no es sino una palanca deshumanizada del poder que ayuda a conquistar slo para caer en la servidumbre de l. Sin la profundidad del historiador ni el prisma del poltico, visualizo aquella poca de la Libertad que fue breve pero realmente primaveral, en todo su fugaz esplendor cvico y con un pueblo desprevenido por la desgracia que estallara el 7 de marzo de 1947.
La poca de la Libertad que se recuerda, al final, slo fue un corto interludio en una extraa predestinacin que pesa sobre el pueblo paraguayo, a lo largo de su historia, hasta hoy, de vivir en divisin y encono. A la hora del conflicto, siempre fueron ms numerosos los halcones que las palomas. Desde la atalaya de mi ms de siete dcadas de vida, concluyo con cierta tristeza que los paraguayos somos maniqueos de nacimiento, necesitamos del conflicto para vivir, alimento y adiccin txica a la vez para el sustento y los dolores de la energa nacional. 
Toda nuestra historia es una sucesin interminable de conflictos internos, el dictador Francia y sus enemigos, porteistas e independentistas; Lpez y antilopiztas, nacionalistas y legionarios; colorados y liberales y dentro de ellos innumerables hostilidades, sangrientas tantas veces, saco puc y saco mbyky, eleccionistas y abstencionistas, guiones y demcratas, militantes y tradicionalistas. En los pueblos del interior, las carreras de caballos y las rias de gallos tenan sus bandos sedientos de violencia, y hasta en las fiestas patronales los bailes de primera dividan a los que por su condicin econmica y social deban contentarse con los bailes de segunda. El conflicto, el choque, la impertinencia, la arbitrariedad y la intolerancia, la polmica y el debate bizantinos erizan nuestra historia, mancillan el patriotismo, enajenan el pensamiento lcido y exilian los ideales de solidaridad, al mismo tiempo, y esto es lo ms trgico, que cuando no trababan la libertad y el vuelo de las plumas ilustres que s tuvimos, las condenaban a la servidumbre a rendir a los salvadores de sable y can.
As como en el mundo se crea que la II Guerra era para el fin de todas las guerras, en el Paraguay de 1945 tambin se crea que con la libertad vendra el fin de todas las desgracias. Mientras dur la ilusin, hubo holgura de espritu, se vea horizontes claros, la gente comn crey en la competencia de caballeros, en la validez de todas las confesiones, en la iluminacin de la inteligencia sobre la brutalidad de la fuerza,  y en la moral presidiendo los ardientes pero pacficos conflictos de ideas, de ideologas y de banderas. Por un tiempo, no hubo elegidos ni rprobos, discriminados ni favoritos. El pas se oxigen, las calles eran ms concurridas, vivas y bullentes. Se multiplicaban las fiestas, no haba msica prohibida ni polka partidaria que no bailaran todos.
Concurrir a los mtines en la Plaza de la Libertad, que era aquella que Filizzola convirti en una gran losa de cemento, era una fiesta, un paseo de parejas jvenes, una oportunidad de airear el espritu para los ms viejos, y una atraccin para los jvenes ansiosos de ideas nuevas a caballo de pulidas, encendidas oratorias. Aunque parezca mentira hoy, la concurrencia era mayor en los mtines del partido Comunista, porque iba a hablar scar Creydt, de palabra galana, discurso cautivante, frases de sonoridad estremecedora.
Pero cuando el poder era de todos, aparecieron, ominosas, las luchas por su monopolio, como si las serpientes del mal despertaran de una corta hibernacin y empezaran a asomar sus cabezas malignas, se escribira despus, y as como por un tiempo la libertad cautiv a todos, la ambicin del mando, del protagonismo y del liderazgo partidario comenzaron a enajenar, a embanderar, a dividir y enconar. Los discursos perdieron sus flores de tolerancia y participacin y slo quedaron las espinas de la hostilidad. La asamblea del pueblo se dispers y se solt una carrera enloquecida. De pronto, regres el viejo pas de los mandos y los mandados y se movilizaron los candidatos a mandones. Cuando estoy escribiendo estas lneas, hoy 20 de julio de 1999, percibo las mismas tensiones que en aquellas vsperas amargas de 1947, con algunas diferencias. Entonces, los bandos estaban bien delineados e identificados y tenan lderes reconocibles por su calidad humana, su bandera y su riqueza intelectual, cada uno con su verdad, su pasin torcida o sana y sus fines a la vista. 
Hoy, las verdades se pierden en la confusin, las viejas banderas se prostituyen, las mentiras mimetizan intereses, las causas estn al servicio de los hombres y no al revs, los mediocres y aventureros trepan sobre montaas de principios muertos, los mrtires no han buscando la muerte, sino la muerte a ellos, desprevenidos e inocentes, y la gente que necesita creer para justificar sacrificios y luchas no tiene nada vlido en qu ni en quin creer. Por cierto, en el 47 la libertad se mancill con intrigas, alianzas anudadas en la maana y rotas en la noche. 
Conspiraciones y cabildeos volvan peligrosas las noches y tensos los das. Los caudillos y las masas enardecidas proclamaban a qu bandera le corresponda el monopolio del hacer la historia, sin darse cuenta de que la estaban metiendo en un cono oscuro y sangriento. Hasta que marzo de 1947 estall la guerra civil. Cambi la Historia, cambi el pas.
Y lo que duele ms, la inocencia que no se perdi con la guerra del Chaco, se perdi por primera vez con la guerra civil de 1947. Lo malo de las guerras es que terminan con victoriosos soberbios y vencidos humillados. Pero es infinitamente peor cuando en la guerra civil vencedores y vencidos son del mismo pas, la misma nacin, la misma raza y cultura. Hoy, todava sectariamente se discute la atribucin de culpas y responsabilidades. Todos fuimos culpables sin absolucin posible. Los paraguayos no supimos dirimir diferencias en paz, no aprendimos a renunciar, a ceder y a ser humildes. Slo se conceba, como se concibe ahora, que el adversario no es tal sino enemigo, y al enemigo, cuando no se le domina, se le mata o encarcela. Estuvimos entonces, como estamos ahora, sumergidos en la intolerancia, en el egosmo, en la prepotencia de dueos de verdades absolutas y recreamos ese infortunio que como dijo Roa Bastos, anduvo desde siempre enamorado del pas. En el 47 no se vio otro futuro que la guerra civil. Hoy no se sabe siquiera si hay futuro. Joven idealista estudiante secundario, para mi mal, me enrol en un batalln juvenil, el Blas Garay, que fue destinado a la defensa de Asuncin, cuando la entrada de las fuerzas rebeldes pareca inevitable. Era la culminacin de combates sin gloria, pillajes, violaciones y humillaciones en ambos bandos. Y sobre todo, fanatismo llevado al extremo. Recuerdo que ms tarde, fue funcionaria del Ministerio de Educacin, una joven maestra cuyo nombre no dar porque hoy es venerable abuela. Se enorgulleca de que fuera violada en Itacurub del Rosario durante siete horas por media docena de hombres y los dej hacer a estos miserables lbero-franco comunistas, sin pedir clemencia jams, proclamaba altiva. El herosmo partidista se empap tanto de fanatismo, que hasta pasaba por la vagina. 



Veintisis
No soy historiador -no me cansar de repetir- para explicar las causas de la guerra civil, aunque quizs atine en la verdad cuando piense, como pienso ahora, que la intolerancia del hombre paraguayo fue y es la semilla de todos los males. Pero s conoc sus efectos, el primero y ms desgarrador asistir impotente, en una noche del 13 de agosto del ltimo combate, noche helada en el extenso caaveral que hoy es el elegante barrio Los Laureles, con una luna llena inmisericorde, a la aniquilacin del grupo de combate de los cadetes de ltimo curso, Cataldi y Paquito Parquet, ste, mi amigo de la infancia y compaero de juegos. Y esa misma madrugada de fros de muerte, en un jeep, acompaar con otros muchachos anonadados, Alejandro Brugada Guanes y Pedro Nolasco Cceres entre ellos y ya fallecidos ambos, el destrozado cuerpo de mi amigo llevado a casa por su acongojado padre. Nunca se me borr de la mente el desgarrador episodio, y ms an, porque el da de su entierro sonaban campanas no doblando a muerto sino anunciando la victoria.
Predestinacin o tenebroso capricho del destino, no saba entonces que 52 aos despus, el dolorido padre que llevara a la tumba a su hijo Paco, sera yo. Los dos Pacos descansan a menos de 200 metros uno del otro, a medio siglo de distancia, pero dueos de un solo dolor.
Pero volvamos -amable lector- a los efectos, como en destructivas ondas expansivas de aquella guerra civil. Por mucho tiempo Asuncin perdi su encanto. La gente se recoga en sus casas, la bohemia abandon las calles, y fue como si las mismas luces se volvieran mortecinas y lbregas. 
La desbordada vida nocturna de la poca de la Libertad se volvi silencio y cautela. Muchas familias, al igual que la sociedad entera, se dividieron. Perdimos amigos, poetas, msicos, autores, actores, artistas que huyeron al exilio. Las carpas de la Gendarmera de Clorinda estaban llenas de jvenes ansiosos de dar el salto a Buenos Aires. Los que quedaron tardaron mucho en salir del anonadamiento del xodo y de la incomprensin de la ausencia. En ambos bandos hubo mucha sangre derramada, muchas cuentas que cobrar, venganzas, resentimientos Y oportunismos de los eternos especuladores de cadas ajenas, y saqueadores de las ruinas que quedaron en las huellas del desastre.
El resultado no determin por s mismo las consecuencias de la guerra. Cualquiera hubiera sido el bando ganador, la misma desgracia se abatira sobre la sociedad, condenada no por los bandos, sino por la guerra misma. Es injusto pontificar que el miliciano colorado fue ms salvaje que el liberal, febrerista o comunista o al revs. Fue una guerra salvaje con consecuencias salvajes. La muerte, la prisin o el exilio hubieran cado sobre otra gente, pero la gran perdedora hubiera sido inexorablemente, como lo fue, la comunidad paraguaya.
Estas reflexiones, vale repetir, no son una renuncia ni una denuncia a mi condicin de colorado. Es simplemente la meditacin de un hombre viejo que de joven se vio sumergido en el error de todos, particip de una culpa colectiva y fue, aunque de coro, actor en una tragedia que no debi suceder, porque ninguna bandera justifica la destruccin de un pas y el desgarramiento de un pueblo. Y sobre todo, que mira con afliccin el gran circo romano que la poltica ha montado de nuevo cincuenta aos despus, y no quiere que sus nietos sean llevados a la arena, para el mismo sacrificio intil, para la misma contienda de sordos.
Cuando termin la guerra civil de 1947 el Banco del Paraguay haba quedado casi vaco de funcionarios, y empezaron a tomarlos a como fuera. A m me admitieron, pero para adjudicarme un puesto deba pasar por un examen de dactilografa. No me alarm la prueba, porque aunque escriba, como hasta hoy, con tres dedos, lo haca con velocidad. Craso error, lo que mi examinador de entonces, hasta hoy mi gran amigo Ladislao Gonzlez quera, era la pulcritud para tipear la pulida y geomtrica correspondencia bancaria que tiene sus rgidas normas estticas y no la velocidad. De tal suerte fracas, pero en homenaje a mi flamante diploma de honor de combatiente del Batalln Blas Garay fui admitido, pero enviado a la profundidad del archivo de Cuentas Corrientes, donde un irascible jefe, el inolvidable don Luis Ferreira encarg a otro funcionario menor, Mximo Carosini, a adiestrarme en el manejo de una pesada mquina mecnica de contabilidad, que aprend a la fuerza y al mismo tiempo que me decida a continuar mis estudios en la escuela de Comercio, con una no muy firme decisin de hacer una carrera bancaria, aunque en el fondo pensaba que si bien eso no era para m, ya era hora de encarar en serio mi porvenir y no tena mejor alternativa.
La oficina de Control de Cuentas Corrientes, que as se llamaba la seccin donde con otros semidesterrados tipebamos columnas de nmeros asomados de cheques y depsitos y movamos pesadas palancas de los engranajes que daran los saldos, quedaba en el stano del edificio, y este stano tena un elevado tragaluz que quedaba al nivel de la acera de la calle 25 de Mayo. Desde mi alto taburete frente a la mquina, no vea pasar a la gente, sino apenas los pies de la gente. Era depresivo. 
Trabajar en la hondura de una catacumba y ver a la humanidad solamente en sus extremidades inferiores no me sentaba bien, y menos para quien, como yo, estaba acostumbrado a contemplar espacios y escudriar caras que son como una obsesin desde mi niez. Decid salir de ah, aprend como se formatea decentemente un documento bancario y solicit mi traslado.
Para mi infortunio o para mi bien, segn se mire, fui designado secretario de un Gerente Administrativo que como muchos (hoy tampoco es historia extraa) haba llegado al alto cargo ejecutivo mediante sus mritos polticos, y que tcnicos y administrativos tena ninguno. Mi experiencia ya me haba alertado sobre un axioma vlido hasta hoy, de que el torpe, cuando ms alto est, ms odia al inteligente, y yo lo era en cierta medida, o por lo menos, ms ledo que mi Jefe. Y comet el error de demostrarlo corrigiendo s o poniendo en castellano, algunos informes suyos. All floreci la hostilidad que estall cuando me orden pedir al depsito una caja de cricrante. Yo no tena idea, ni el depositero tampoco, de lo que era el cricrante. As que volv con las manos vacas, confesando mi fracaso y la ignorancia del depositero. Se volvi encarnado de la ira, me trat de intil y me plantaba en las narices lo que l llamaba cricrante, que no era otra cosa que un clip grande. Repliqu a la ofensa, lo trat de asno en guerra con el idioma, y ese fue el final de mi carrera bancaria. Fui despedido por insubordinado en la sagrada jerarqua de los bancos. 



Veintisiete
Por el mismo tiempo, mi amigo Ernesto Bez ya haba madurado como actor, se haba casado con Aida Reisofer, y con la hermana de sta, Emigdia, haban formado, los tres, el ncleo de lo que sera una memorable Compaa teatral que despus se convertira en la denominada Bez - Reisofer - Gmez, con la incorporacin de Carlos Gmez. Ernesto provena de la Compaa de Julio Correa, gloria del teatro costumbrista paraguayo, autor de obras centradas en la guerra y en la posguerra del Chaco, y al mismo tiempo, director y actor de las compaas teatrales que llevaban a escena sus obras en guaran y castellano, que fueron el fundamento y la base del teatro autnticamente paraguayo. Carlos Gmez, a su vez, se haba formado en la Compaa del Ateneo Paraguayo a cargo del exiliado espaol don Fernando Oca del Valle, y donde adquiri fama y prestigio un grupo de actores magnficos como Nelly Prono, Salim Girala, Alan Gini, lex Solhberg, Leandro Cacavelos, Mario Prono, Ninica Segura y otros que mi memoria algo difusa ya no convoca. El grupo del Ateneo Paraguayo fue selecto, brillante y produjo un repertorio que alguna vez tendr que ser recogido por los historiadores del teatro en el Paraguay. En la periferia de ese grupo, concurran dos muchachos jvenes y con la semilla del talento ya crecindoles por dentro, Augusto Roa Bastos y Ezequiel Gonzlez Alsina. Augusto, al contrario de lo que l dice y de lo mucho que se public en todo el mundo, no se haba exiliado como consecuencia de la revolucin de 1947, sino, en los aos inmediatamente posteriores, ejerca el periodismo, era amigo y protegido de Edgar L. Insfrn, y se preparaba para ser lo que indudablemente es, el ms grande novelista y fabulador del Paraguay. Solo se march del pas en 1954, ao en que Pern visit a Stroessner y el poeta dedic un poema a ambos. Despus se fue, s, pero no exiliado, sino en misin oficial, junto a Sila Godoy, primero, para hacer conocer al Paraguay en el exterior y despus, como recopilador de las obras de guitarra culta de Agustn Barrios, Mangor, dispersa en todo el continente. De su exilio, al menos el de los aos cuarenta, puede decirse lo que don Leopoldo Ramos Gimnez colocara como epitafio para la tumba de Ortiz Guerrero: su vida fue su mejor poema. Roa Bastos, con todo respeto, hizo de aquel supuesto exilio, su mejor fbula. Ms detalles sobre este punto, con el agudo escritor y polemista don Guido Rodrguez Alcal, y con l, el politlogo e historiador poltico Leandro Prieto Yegros. Ezequiel Gonzlez Alsina, de la mano de su ilustre to don Arturo Alsina, empezaba a publicar poemas de bello contenido, pero su destino sera muy distinto al de poeta, aunque siguiera escribiendo como tal durante toda su vida. Suceda que en sus vagabundeos por la Compaa del Ateneo, se enamor perdidamente de una joven actriz, de torrencial cabellera de oro, enormes ojos azules y rostro marfileo como de una mueca francesa, Emma Knoop Ortiz, hermosa pero sin mucho talento, pero a quien Ezequiel se decidi hacer estrella, escribiendo para ella una comedia, La Quijotesca Rubia, que estren poco despus la Compaa del Ateneo. El resultado fue dispar. El autor fue aclamado pero la actriz pas desapercibida. Empero, como en un cuento de hadas, el autor termin casndose con la actriz, acaso en un arranque de fantasa juvenil, porque el matrimonio no fue feliz y pronto se separ. Despus, Ezequiel escribi otras obras memorables y su carrera como grande, a la altura de Julio Correa, Roque Centurin Miranda, Arturo Alsina, Luis Ruffinelli o Josefina Pla se interrumpi cuando el brillante joven fue atrado por la poltica, donde sobresali por su talento, vigor polmico y magnfica oratoria. 
Arrancndose de la bohemia, realiz la hazaa de hacer toda la carrera de Derecho en tres aos, Doctor Suma Cum Laude incluido. Al respecto, me qued en la memoria una triste reflexin de don Fernando Oca del Valle: 
La poltica ha ganado uno ms, pero el teatro ha perdido un gran autor.
Casi por la misma poca, don Roque Centurin Miranda haba fundado la Escuela Municipal de Arte Escnico con la cooperacin entusiasta de Josefina Pla, donde se formaron actores a los que me referir ms adelante. Pero entretanto se produca mi primer contacto con el teatro paraguayo, cuando por invitacin de mi amigo Ernesto, concurra a los ensayos de una comedia escrita por Nstor Romero Valdovinos, desde su exilio en Buenos Aires y precisamente, sobre las angustias, las nostalgias y las aoranzas del desterrado, Hilario en Buenos Aires. Se me grab en la memoria, asistiendo a aquellos ensayos, una frase que Ernesto, en el papel de Hilario, deca con nfasis y hasta con lgrimas en los ojos: los paraguayos fuimos fabricados slo para vivir en el Paraguay. 
Durante mucho tiempo, hasta hoy, Hilario en Buenos Aires es una pieza clsica, testimonial como las de Julio Correa, de momentos histricos de nuestro pas.
Los aos posteriores a 1947 fueron duros y poco propicios a las manifestaciones artsticas. De a poco, la brillante generacin del Ateneo se fue marchando a Buenos Aires hasta quedar reducida a poco menos que a nada a pesar de los esfuerzos de don Fernando Oca del Valle. Slo muchos aos despus, Mario Prono y Mara Elena Sachero haran revivir con denodado esfuerzo, a la Compaa en todo su esplendor, tomando la posta que qued hurfana al morir don Fernando. Por su parte, a pesar de todo, don Roque Centurin Miranda mantena en pie su esforzada Escuela Municipal de actores, con un empeo que signific renovacin y el surgimiento de una nueva generacin para las tablas.



Veintiocho
Pero, amable lector, sta no es, ni mucho menos, la historia del teatro paraguayo, sino mi historia, y de mi entorno existencial.
Por fuerza, aquella etapa de placentera vagancia y exploracin del mundo bohemio deba terminar, y por gestin de mi hermano Gerardo logr entrar como operador en la radioemisora de un gran seor, industrial, empresario y filntropo hoy injustamente olvidado, don Eugenio Friedman, Radio Teleco. Mi trabajo consista en abrir y cerrar el micrfono desde un tablero cuando el locutor lo peda con un timbre, y poner los discos que l anunciaba. Como se ve, algo sencillo el trabajo del operador que hoy sigue siendo el mismo, pero los operadores de ahora se hacen llamar pomposamente ingeniero de sonidos.
La vida familiar haba pagado su tributo al tiempo, y el signo era el de la disgregacin. Los hermanos mayores ya haban formado hogar y familia. La abuela Venancia era slo un recuerdo melanclico. Gerardo, que trabajaba al mismo tiempo en La Tribuna y como relator deportivo en radio Teleco, viva en una pensin donde estaba cerca de su trabajo. 
Slo mi hermano Eulalio y yo, acompabamos an a la envejecida mam Elisa, que sobreviva con un pequeo almacn en 14 de Mayo y Piribebuy.
En esa emisora, radio Teleco, conoc y fui amigo de grandes locutores como lex Solhberg, Juan Bautista Cazal, Nelly Prono, Juan B. Duarte, Carlos Banks y otros.
Entretanto, a pesar del fracaso de mi carrera bancaria, segua mis estudios en la Escuela de Comercio e hice nuevos amigos con quienes salamos de parranda los fines de semana. Recuerdo en primer lugar a Chichito Parodi, con quien formamos un do inseparable de conquistadores suburbanos. Lo de inseparable dur poco, porque mi amigo era extraordinariamente buen mozo y un bailarn admirable. Moreno, de blanca dentadura, esbelto y sabio para vestirse con elegancia, adonde bamos. 
Chichito acaparaba los suspiros femeninos y yo deba conformarme, un poco tmido y bailarn algo torpe como era, a un segundo plano. Adems, los trajes que heredaba de mis hermanos mayores no me hacan lucir precisamente como un prncipe de Gales. As que, reacio a ser segundn, escudero o espectador de las conquistas de mi amigo, tom distancia y form un tro aventurero ms o menos compensado con dos nuevos amigos, inolvidables hoy, Eduardo Gonzlez, petiso, retacn y desprolijo en el vestir, y Federico Lpez de Filippis, ya fallecido ahora, alto, estirado, solemne y tieso siempre como una vara, con su invariable cuello duro de celuloide, tanto en verano como en invierno. Nuestras aventuras y correras han pasado a ser el caudal de picardas y pecados carnales de las que en su momento he de rendir cuentas.
Justamente en tren de estudiantes los tres, nos unimos a un paseo a Quiindy, en un camin de cargas. Esta excursin estudiantil coincidi con otro paseo de chicas normalistas como se deca a las jovencitas estudiantes del magisterio, al mismo pueblo. All conoc a Zunilda Merlo, con quien me cas en enero de 1948. Toda una pareja de chiquillos que sin embargo sali adelante contra todos los pronsticos, pues creamos una familia que hoy, en la vejez, son nuestro orgullo y nuestro consuelo, an teniendo en cuenta el fallecimiento, el 5 de junio de 1999, de Paco, nuestro hijo mayor, a quien le sobrevivimos nosotros, y sus hermanos Hugo, Charito, Pedro y Cecilia. 
An cuando parezca fuera de contexto, el reconocimiento a mi esposa Zunilda forma parte de este capital espiritual que enriquece mi vida. 
Paciente, compaera, dedicada con femenina abnegacin al papel de esposa y madre, supo mantener en ms de medio siglo la unidad familiar y la paz hogarea que me permiti mis largas veladas sobre la mquina de escribir. 
Solidaria y gentil como esposa, maestra como madre, supo encaminar a los hijos por el camino recto. Ninguno qued a la zaga, todos culminaron carreras universitarias y formaron sus respectivas familias, conformando un grupo familiar homogneo, bendecido por 18 nietos.
La larga agona de nuestro querido hijo Paco, vctima de un cncer cerebral y de dos aos de coma y despus la muerte, nos uni en el dolor as como el amor nos uni en la felicidad. Hoy nos une el consuelo de haber hecho cuanto fue necesario para el bienestar de nuestro hijo, sobre cuyo lecho volcamos nuestra larga vigilia y la cariosa solidaridad de los hermanos.
En este drama, aparece la conducta de su compaera y esposa por el sacramento de la abnegacin y el sacrificio, Rose Marie Cassanello, que acogi en su casa al amado condenado, pas interminables noches de desvelo al pie de su cama, fiel a un juramento rendido cuando el enfermo an tena conciencia. Ya en estado vegetativo, lo cuid como un beb, le administr su alimentacin, higiene y las medicinas que ayudaban a mitigar los males de la agona. Untaba y unga como una sacerdotisa del amor, el cuerpo herido con cremas y ungentos, y cuando muri, an despus de soportar dos aos en cama, ni una escara mancillaba la lisura de su piel, como de recin nacido. Rose Marie ser por siempre para la familia, una muestra viva de la generosidad femenina y de entrega total del corazn enamorado a una causa perdida, hasta el ltimo suspiro.



Veintinueve
Los comienzos de aquel matrimonio fueron difciles pero felices. 
Gerente del Banco Hipotecario era un gran amigo que nos facilit la compra de una casa en Antequera entre Primera y Segunda. Terminamos de pagarla pronto, y de operador me decid a ser empresario. Hipotequ la casa y adquir una ladrillera en lo que es hoy el Baado Tacumb, adems de un camin Dodge que manejaba yo mismo, acarreando lea desde Piribebuy y sacando ladrillos por los fragorosos humedales del Baado, sufriendo las angustias del asma alrgico que me produca el penetrante aroma de las flores de las espinosas aromitas que cubran los esterales de un amarillo como de oro. El negocio iba viento en popa, pero el Destino, as como no quiso que fuera banquero, tampoco quiso que fuera ladrillero. 
Sobrevino una rpida inundacin que nos tom de sorpresa a todos. Incluso mi camin qued atrapado en el barro y fue imposible retirarlo. El agua creci hasta alcanzar la altura de los galpones y arras con el horno de ladrillos y los bueyes. Lo que no se llev el agua, se llevaron los traviesos conscriptos de la Marina que embarcados en chatas desmantelaban las fbricas. Adis mi ladrillera, mi camin... y mi casa hipotecada. No pude menos que mudarme a una casa de alquiler y reanudar mi oficio de operador. Al mismo tiempo, con mi amigo Sergio Enrique Dacak, tomamos en alquiler un garaje y montamos una oficina con una mesa y una mquina de escribir. Estudios lex, as se llamaba, se llenara de dinero escribiendo por encargo discursos y otros trabajos. Llegamos a hacer un solo discurso, mortuorio, para un paisano que deba hablar en el sepelio de su compadre. Una variante, las cartas de amor, fueron ms abundantes pero menos rentables, de modo que Estudios lex no dur mucho.
Corra ms o menos los primeros aos de la dcada del cincuenta. 
Romero Valdovinos, era un curioso caso de exiliado doble. Vena a Asuncin y tena nostalgias de Buenos Aires y cuando se marchaba a Buenos Aires tena morrias (3) de Asuncin, en uno de cuyos estados melanclicos escribiera los inolvidables versos de Tardes Asuncenas. En la poca a que me refiero, Romero Valdovinos gozaba o sufra de una breve estada en Asuncin y para ir tirando, escriba para Radio Teleco los libretos de un programa titulado La Pensin de doa Liga, con personajes que representaban cada uno, a un club de ftbol. As, el cerrista era un chfer de taxi, el olimpista un seor pacato y anciano, el de Nacional un acadmico, y as el resto, habitantes de la pensin donde imperaba doa Liga, la nica mujer del elenco. Ernesto Bez, Carlos Gmez, Nicasio Altamirano daban vida a los personajes. Un da, Romero Valdovinos, cuando faltaba una hora para el programa y no enviaba los libretos, llam y avis que estaba enfermo. El elenco se desesper. Entonces, yo, tmidamente me levant de mi taburete de operador y me ofrec a escribir el libreto. Me miraron con sorna, y por fin, Carlos Gmez sentenci que probar no cuesta nada. Escrib el libreto en treinta minutos, lo emitieron casi sin ensayar, y nadie se dio cuenta de que el libretista haba cambiado.
Aquel fue un episodio pasajero, porque Romero Valdovinos volvi a encargarse del programa, pero yo ya haba percibido algo, que conoca la tcnica radial, saba manejar los dilogos y los cortes, y que poda intentar convertirme en libretista. La oportunidad se present pronto, cuando La Pensin de doa Liga termin su ciclo, mi hermano Gerardo haba inaugurado Radio Paraguay y alrededor de 1955, lanzamos el primer programa, una variante del anterior: La Pensin de a Lolita, que dur siete aos y haca que el talento y la vena cmica de los actores, atrapara junto a sus receptores de radio a media Asuncin, los viernes, a las 20 horas.
Gran parte de lo mejor del caudal actoral paraguayo, pas por aquel programa. Las a Lolitas fueron cambiando con los aos. Miriam Celeste, Sarita Rivas Crovato, Celia Mara Bentez y Graciela Pastor fueron sucesivas a Lolitas.
Los actores fueron Rafael Rojas Doria, Alejo Vargas, Ral Valentino Bentez, Sergio Enrique Dacak, Nicasio Altamirano, Csar Garca, creador insuperable del personaje bruto, Bolidote, y aunque parezca mentira, un famoso rematador de aquella poca, insuperable en hacer personajes rabes o alemanes, pero no permita que se incluyera su nombre en el elenco, Alcibiades Barba. Ms adelante, cuando llegue al captulo que corresponde a mi carrera de autor teatral, volver a mencionar la participacin que tuvieran todos los actores mencionados en la misma. Ms tarde, con el programa dueo de una audiencia total, se present un jovencito tmido y flaco, manifestando que quera ser parte del elenco. Los veteranos del elenco se burlaron de aquel esmirriado pretendiente a actor, pero decidieron probarlo, dndole del libreto, una parte de los parlamentos que corresponda a Alejo Vargas. El chico se lanz y deslumbr por la espontnea gracia que daba a su personaje. Y as fue como empez su carrera Csar lvarez Blanco, que en el mismo programa se unira a Rafael Rojas Doria y a Csar Garca para el bloque de Los Tres Compadres, Cur, Curur y Cabar (4), que despus se reduciran a dos, con Rojas Doria, Panta, y Csar lvarez Blanco, Toma-i, compadres que se haran famosos, hasta hoy, cuando de la radio saltaron al teatro.
En principio, en el libreto, yo escriba los dilogos para los compadres, en yopar o guaran, pero pronto advert que entre los tres actores se haba establecido una relacin casi milagrosa, como que parecan adivinarse el pensamiento. Haba en los tres una montaa de humor espontneo y un verdadero festival de chispas y ocurrencias. Sujetar la caudalosa inventiva de los tres personajes a un libreto era un desperdicio, como encerrar en una jaula a pjaros jvenes y vigorosos que anhelaban espacios para el vuelo. Entonces, deliberadamente, un viernes, se toparon con que en el bloque correspondiente a los compadres, yo haba escrito una sola lnea: Arrglense como puedan. Los tres se pusieron a improvisar frente al micrfono con un resultado verdaderamente sorprendente por el xito que alcanzaron, y aquello, no otro incidente, fue el nacimiento de un tro, despus do por el fallecimiento de Csar Garca, que lleva ya ms de medio siglo unido.



Treinta
Por la misma poca, haba ingresado como redactor al diario La Unin, y como no tenan trabajo que darme, a alguien se le ocurri designarme crtico de arte. En tal carcter, una noche de mayo me enviaron al teatro Municipal a ver una obra de Manuel Frutos Pane, La Lmpara Encendida y a escribir mi comentario sobre la misma. Para la buena suerte que a pesar de todo, siempre me ilumin y produjo misteriosos episodios que fueron empujndome hacia un destino preciso, la comedia era la peor, la ms acartonada y la ms discursiva salida de la pluma del gran Manolo. En rigor, una mancha en la carrera autoral de quien estaba llamado a la fama, en simbiosis milagrosa con Juan Carlos Moreno Gonzlez, para crear la inolvidable serie de zarzuelas paraguayas que inmortalizara a los dos. Llamativamente, este mal paso de Frutos Pane, me dara la oportunidad de ser autor. 
La Lmpara Encendida era montada por la Compaa de Ernesto Bez y Emigdia Reisofer. Aburrida a pesar del denodado trabajo de la Compaa, no me fue difcil escribir una crnica pasable, sincera. No me haba gustado, escrib por qu, y el comentario se public al da siguiente.
Ernesto, enojado, concurri al diario a reprocharme. Recordando no viejos tiempos en que me tena bajo su proteccin no crea merecer tan agrio comentario, que era por la obra, no por l. Sin embargo, se lo tom a pecho pero no fue directo al grano. Recuerdo que con expresin ofendida me inquiri: Sabes algo de teatro?. Algo, le respond cautamente. 
Te animas a escribir algo mejor que La Lmpara Encendida?, me desafi. 
Si lo escribo y es mejor me lo estrenas? contradesafi. Hecho, me dijo y me dio un pinchazo en la mejilla.
Mis lecturas anteriores de autores espaoles importantes vinieron en mi auxilio. Conoca la tcnica en teora, la complicada carpintera de la escritura teatral, y antes que nada, la autenticidad de los personajes, las escenas, las secuencias, la racionalidad de las entradas y salidas, el fraseo, el dilogo, el monlogo, los efectos y los efectismos, los equvocos, el uso del Tiempo abreviado a una hora y media y del Espacio contenido en un escenario de 7x4, y con toda esa carga terica, escrib mi primera obra en una maquinita de escribir enana Hermes Baby, regalo de Zunilda que hasta hoy conservo, En Busca de Mara, y llev el resultado de mi esfuerzo y desvelo a casa de Ernesto, en Montevideo y Piribebuy, entonces una gran casona colonial, heredad de los Reisofer, de adobe, vieja, hmeda, invadida de plantas, flores y mosquitos, despus, el solar, fallido Teatro Carlos Antonio Lpez y hoy elegante Cine Premier. No estaba Ernesto en casa, y dej la obra a su esposa, Ada Reisofer. Volv al da siguiente, algo anhelante, Ernesto no deca nada y cambiaba de tema una y otra vez. No me quiere decir que escrib un disparate pensaba desconsolado. Pero despus apareci Emigdia, que vena del frondoso patio con mi carpeta amarilla en una mano y una canastilla de yvapur en la otra. Me bes suavemente en la mejilla y susurr casi en mis odos: ha nacido un gran autor. Desde entonces, el color amarillo es mi preferido, y hace como 25 aos, plant un rbol de yvapur que en todos los inviernos se llena de frutos, frente a mi estudio. Lo de gran va por su cuenta, pero cuando poco despus se estren la obra fue un xito y por primera vez prob la droga del aplauso, y por aadidura apareci en El Pas una crnica de Natalicio Chase Sosa que casualmente llevaba por ttulo el mismo juicio amable de Emigdia: Ha nacido un gran autor. Era el ao 1956.
Sin ser muy religioso, debo reconocer que Dios, o la Providencia o mi ngel guardin, siempre me coloc en el momento justo y en el lugar oportuno, en los grandes nudos de mi vida. Eso tal vez se llame oportunidad, pero yo prefiero llamarlo, algo esotricamente, predestinacin. Una enfermedad de Romero Valdovinos me dio la ocasin de entrar en el territorio de los libretos teatrales, todo un entrenamiento para el teatro. Un resbaln autoral de Frutos Pane, la de ser autor teatral. Mi voracidad de lector compulsivo desde la infancia, empezaba a dar resultados. Me haba comunicado mucho, y ya haba aprendido a comunicar.
Alentado por este resultado, en colaboracin con Carlos Gmez, escribimos una comedia muy adecuada a su extraordinario talento de actor. 
Mi grillo y yo, en la que la pareja protagnica era un hombre algo de meno como dira la abuela Venancia, es decir, un poco ido de la normalidad porque era un anciano en los umbrales de la senilidad, y un grillo que l haba domesticado y tena en una jaulita, y con quien el hombre tena dilogos pintorescos, y que obligaba a un nuevo ejercicio de la escritura teatral, el dilogo supuestamente de dos, pero era de uno solo. As, la voz que se oa era la del personaje de Carlos, y de sus frases deba inferirse lo que el grillo supuestamente le deca a l. En rigor, en la pequea jaulita no haba grillo alguno, pero el prodigio que haca Carlos en el papel de interlocutor del grillo burln, convenca a toda la platea de que realmente haba all un insecto lleno de picarda y algo cnico, y ms, cuando ste decidi hacerle una mala pasada a su amo y se introdujo en su ropa interior. Pocas veces se vio en el teatro paraguayo un acto tan perfecto de mmica en el cual un hombre entre enojado y riendo por las cosquillas, trataba de atrapar un grillo en los pliegues de su calzoncillo. El final de la comedia fue dramtico, porque uno de los nietos del personaje de Carlitos, que no era otro que Sergio Enrique Dacak, con su hermanito menor, que haca Csar lvarez Blanco, en un arranque de ira, matan al grillo. El dolor del abuelo fue tan real en la expresin y en los movimientos de Carlos, que la platea terminaba derramando lgrimas por la muerte de un grillo... que no exista. Eso es lo que se llama la magia del teatro, crear en el reducido espacio de un escenario un universo distinto al de la platea, y donde la realidad abandona al espectador y se traslada al mundo ficticio del tablado.



Treinta y uno
En las pginas siguientes intento hacer un relato de mi larga carrera teatral, y tambin de novelista y autor de cuentos, rogando al lector excuse algunas imprecisiones de fechas, porque el hecho es que el lbum de recortes de diarios, junto a los originales de numerosas obras, ms otros objetos de valor sentimental como dicen los damnificados por los robos y que estaban guardados en un viejo caramegu que fuera de mi abuela Venancia, fueron robados, con caramegu incluido en una incursin nocturna de amigos de lo ajeno a mi casa. Mi sentimiento de prdida fue grande, porque en cierto sentido, en el caramegu estaba parte de mi vida, mis desvelos y mis renunciamientos. Llegu a pensar que si se hubieran llevado la casa y me dejaran el cofre, habra quedado ms conforme. Por aadidura, los cuidadosos archivos que llevaba como Secretaria del Teatro Municipal, la sensible dama que fuera Isis de Brcena Echeveste, que inclua fotografas, programas con los repartos de cada obra, fechas de estreno, duracin de temporadas, recortes de crnicas y hasta el bordereaux, es decir, la cantidad de boletos vendidos y por consiguiente el nmero de concurrentes a cada funcin, todo, me dijeron, nunca apareci porque segn se rumorea habran sido -los archivos- quemados cuando la administracin municipal cambi, y tambin cambi la administracin del Teatro Municipal que al parecer se tom muy en serio la consigna de borrar todo rastro del teatro popular de los aos cincuenta, sesenta, setenta y parte del ochenta. Lo malo es que semejante dao tambin alcanz a los antecedentes de la Compaa del Ateneo Paraguayo, a los de las exitosas zarzuelas, y de otros eventos importantes en el Teatro Municipal. El tan ordenado archivo de la buena de Isis, hubiera servido de invalorable documento testimonial de quien quiera escribir la ya rica historia del teatro en el Paraguay.
Tal es el motivo de las imprecisiones en que he de incurrir, y tambin el de los olvidos, porque de hecho, mi nica fuente es mi memoria.
En todo caso, la ligazn que vena desde la infancia con Ernesto Bez, se convirti en una vocacin comn, cuando l se instal como el actor ms popular del Paraguay y director, y yo me descubr con una escondida veta de autor. Ernesto, como deca l, haba sido mi niero en los aos infantes, acorazando con su cario a mi vulnerable condicin de hermanito menor de una cfila de cinco hermanos mayores. Ocurre que el ltimo de los hijos, el mit-pajhag de la cultura ancestral, suele ser el preferido de la madre, el mimado, como se deca antes a los sujetos de la sobreproteccin materna, pero esa condicin, siendo al parecer un privilegio, resultaba todo lo contrario cuando se trataba de la relacin con los hermanos menos favorecidos por las ternuras maternas. De ah que eran muy frecuentes los acpet, coscorrones y bofetadas, que hubieran sido ms nutridos y repetidos, sin la intervencin protectora de Ernesto, o de su madre a Ermelinda, o de su hermanita Carmen.
Fueron momentos felices para m cuando la vida y la predestinacin nos volvi a unir en el mismo empeo de llevar adelante una carrera teatral, l actor y director, yo autor.
Mis obras, en su totalidad, contenan personajes humildes, del medio rural o de la ciudad. Recomendacin de Ernesto fue siempre que los personajes fueran autnticos, es decir, crebles y comparables con sus modelos de la vida real. Autnticos desde la postura, la vestimenta, la parquedad en el hablar y las costumbres. En ese orden de cosas, recuerdo que Ernesto haba ya rechazado ms de dos comedias escritas por Manuel Frutos Pane. Manolo no contuvo su enfado y le dijo que se senta discriminado injustamente. La respuesta de Ernesto me sirvi ms a m que a Frutos Pane. Ocurre -le dijo- que tus obras tiene siete, ocho o diez personajes distintos. Pero ninguno habla como los creaste. Todos los personajes de Frutos Pane hablan como Frutos Pane. Desde luego, el talento de Frutos Pane brill cautivante, cuando se encontr ms cmodo en la prosa y el verso de las inmortales zarzuelas que compuso con Juan Carlos Moreno Gonzlez.
La autenticidad fue entonces, una preocupacin que nunca me abandon, y para cuya virtualidad me sirvi mucho la introspeccin, la curiosidad y el vicio de observar a las personas que me haban acompaado desde mi niez. Adems, toda mi vida fue plural, nio en un mundo rural primitivo primero y en el suburbio asunceno despus, estudiante, combatiente, ladrillero, transportista de lea, iba desfilando ante m todo tipo de gente, que no saba, como yo tampoco lo perciba conscientemente, que eran modelos que la imaginacin y la memoria iban registrando. Los resultados fueron buenos, al menos, si se tiene en cuenta que la gente y la crtica anotaba la autenticidad de los personajes.
Pero sera pecar de soberbio, o de narcisista, si no reconociera un hecho que hace a la dualidad del teatro. Una cosa es que el autor d autenticidad a un personaje en el papel, y otra muy distinta que el actor lo consiga. El autor se esfuerza en que su personaje parezca autentico, y el actor tiene que lograr que el mismo personaje sea autntico. Y es all donde se impona la genialidad de Bez, cuando en papel de actor dotaba de una personalidad vigorosa y real a sus personajes, y cuando en funciones de director, exiga hasta el agotamiento a sus actores que dieran en el tono exacto de cada papel. No en vano, generaciones de actores lo tienen a Ernesto, como lo tienen a Centurin Miranda y a Fernando Oca del Valle, como los grandes maestros del teatro en el Paraguay.



Treinta y dos
Por esos mismos aos, fines de 1958 y principios de 1959, yo ya vena tentando escribir una novela, e incluso ya tena el primer original que obviamente deba pasar por el doloroso placer de la correccin como deca Unamuno. Mi novela larval an se titulaba Races de la Aurora y se desarrollaba durante la guerra contra la Triple Alianza. Justamente en la misma poca, el Coronel Pablo Rojas deseaba filmar una pelcula en el Paraguay sobre aquella contienda. Le exhib mi manuscrito y qued tan impresionado con l que contrat a Augusto Roa Bastos para elaborar el guin cinematogrfico, trabajo que el gran escritor acept, vino de Buenos Aires, recorri los escenarios naturales a utilizar en la pelcula, y escribi el guin con el nuevo ttulo imaginado por l de La Sangre y la Semilla. Igualmente, se contrat a la famosa actriz argentina Olga Zubarry para el papel femenino central y actores paraguayos como Ernesto Bez, Carlos Gmez, Sara Gimnez, Emigdia Reisofer, Eladio Martnez, el cantor, Mario Prono y otros ms. Esto -repito- ocurra entre 1958 y 1960, y dicho sea de paso, los registros y crditos de la pelcula filmada en Itaugu y Capiat y cuya copia an existe, desmienten un poco la saga del exiliado con que se rode Augusto Roa Bastos desde 1947".
Por la misma poca, la Compaa de Ernesto Bez estrenaba mi comedia El Impala en el Teatro Municipal, e inicibamos con esta obra una abierta crtica social y un soterrado cuestionamiento poltico que fueron la tnica de nuestros trabajos posteriores. El Impala, era por aquel entonces un suntuoso automvil de la lnea General Motors, con superlativas aletas de avin en la popa, cuya posesin otorgaba a la burguesa el mismo prestigio que hoy daran los Mercedes Benz o los Rolls Royce. La historia era la de una familia que lo sacrificaba todo, hasta la casa y la comida, para disponer de un Impala como prenda de alcurnia. El previsible final era el accidente donde quedaba hecho chatarra el Impala y en ruinas a la familia.
Como En Busca de Mara, El Impala tuvo xito de pblico, y por primera vez, se formaban colas frente a la boletera. La autenticidad atraa al pblico, la reconocible cotidianeidad en la trama de las historias tambin, y la fresca comicidad con que Ernesto, Emigdia, Carlos y los dems envolvan como en un celofn, el contenido social y poltico serio, constituyeron una frmula propicia para atraer a la gente ansiosa de verse y conocerse, habida cuenta de la frmula que el mismo Julio Correa haba enseado: El escenario debe ser un espejo donde la gente se mire y se descubra.
Esas mismas colas de multitudes se repetiran, acaso ms densas an, con las funciones de zarzuelas de Frutos Pane y Moreno Gonzlez, montadas por el Ateneo Paraguayo. Y lo cierto es que desde entonces, el teatro paraguayo empez a convertirse en un fenmeno popular, indito en toda Amrica latina, porque en ninguna ciudad se repeta la irrupcin del pueblo al viejo edificio, que dur hasta la ascensin de Carlos Filizzola a la Intendencia, y el cambio de manejo del Teatro Municipal, donde para acceder al escenario, haba que firmar solicitudes y presentar currculums, todos, incluso Ernesto Bez y Carlos Gmez, que naturalmente, como todos, se negaron a pasar por semejantes horcas caudinas. Fue la muerte de una poca de esplendor del teatro paraguayo.
La presencia masiva del pueblo al teatro fue vista como una ofensa por ciertos crculos refinados que conceban el teatro, no como una sencilla expresin del arte al alcance de la mayora, sino como experimento y como regodeo de alcurnia culturosa. Y aparecieron las crticas. El teatro no era popular, sino populachero, las obras eran concesivas, entendindose por esta calificacin que halagaban los bajos instintos de la turba, y por aadidura comerciales, por las elevadas recaudaciones que alcanzaban. Precisamente cuando nos hablaban de lo comercial de nuestras puestas, sencillamente preguntbamos qu teatro en el mundo, culto, chabacano, vulgar, de pera o de vaudeville, no tiene boletera.
La frmula de la atraccin popular, resida simplemente en el humor. 
Y quien reduzca el humor a una virtud humana de baja categora, se equivoca. Con independencia de que sea chabacano o fino, que resida en el chiste grueso o en la afilada irona, el humor es parte del temperamento humano, y principal, porque una existencia sin el humor sera invivible. 
En el teatro que hacamos con Ernesto Bez, el humor provena de la caricatura, de la misma manera que la caricatura grfica es tomar un modelo real y acentuar sus rasgos. Es decir, no excluamos la autenticidad de los personajes copiados de la vida real, sino los revestamos con la gracia que su propia condicin arrastraba. En el mundo campesino, en el mundo suburbano y tambin en la clase alta hay caracteres firmemente perfilados que cuando son atrapados por el teatro slo son subrayados por el humor, no corrompidos ni desnaturalizados.
Hasta el fin de los das de Ernesto siempre estuvimos de acuerdo en que habamos recorrido por el buen camino, especialmente porque el teatro, ya en menor escala desde Julio Correa y torrentosamente despus, haba dejado de ser un aficin de minoras para convertirse en la atraccin de una inmensa mayora.
Despus de El Impala estrenamos Un Traje Para Jess, comedia en que Jess vena de incgnito a ver cmo andaban las cosas de este mundo, y como no andaban muy bien fue atropellado por un mnibus de la famosa lnea 26, notoria entonces por sus alocadas carreras. Una familia lo recoge. En ella hay tres hermanos en permanente pelea y Jess interviene y pone las cosas en orden. La intencin era evidente, de hacer un llamado a la sociedad paraguaya a olvidar divisiones y restablecer la armona. La noche del estreno ocurri algo curioso. Cay el teln final pero la gente no se retir, sino al contrario, espontneamente abri un debate sobre las claras entrelneas de la comedia. Fue un debate poltico y all se oyeron voces que por mucho tiempo se haban llamado a prudente silencio. Todo termin en una nota jocosa cuando uno de los participantes en el improvisado panel pregunt al Director de la Compaa por qu haba elegido un Jess tan feo. Se refera al talentoso actor Matas Ferreira Daz, quien haba interpretado a nuestro Seor y no tena un rostro precisamente hermoso y celestial.
Un Traje Para Jess, a pesar de los aos, no se ha perdido. Hasta hoy, en las parroquias de la Iglesia Catlica, grupos de aficionados montan la comedia en los das de Semana Santa, y fue tambin en Semana Santa que un elenco de exiliados paraguayos en Buenos Aires la present en un concurso de teatro cristiano, y gan el primer premio.
El Comisario de Valle Lorito fue una de esas sorpresas que suele darse en el teatro. Escrita la comedia para la protagonizacin de Ernesto Bez, en la prctica sobresali ms Carlos Gmez, por un memorable papel de borracho consuetudinario que le toc interpretar. Carlos Gmez es uno de esos actores que cuando asume un personaje, vive, suea, gesticula y hasta se esfuerza en hablar como el personaje. Sufre de lo que casi sera una sicosis de doble personalidad, se siente invadido por su personaje, y avanzando ms lejos aun, busca en la vida real a personas parecidas al personaje y estudia su comportamiento, sus gestos y sus reacciones.
Para hacer el memorable borracho de El Comisario de Valle Lorito, Carlos hizo esto ltimo, y vale la pena relatar su experiencia completa.



Treinta y tres
En la esquina de la calle independencia y Primera Proyectada, frente a la antigua Radio Guaran de feliz memoria, y calle de por medio de la casa de Carlos Gmez, exista un almacn de estilo antiguo, con un mostrador grasiento, sus estanteras en dficit permanente, el nauseabundo cazamoscas de cristal con su trampa de azcar y un calendario detenido tres aos atrs. El uniforme del viejo almacenero era una camiseta musculosa, un pantaln pijama sostenido por un cordel que fuera blanco y ya era marrn y un par de zuecos de madera. Su rostro exhiba siempre una barba de tres das, le salan pelos de la nariz y de las orejas, y las patillas de sus anteojos estaban reforzadas con hilo de coser. As, tan feo como era, tena el alma transparente de un buen hombre.
Tambin despachaba bebidas -y esto fue lo que le interes a Carlos- casi con exclusividad poderosa caa, y delante del almacn y sobre la acera, haba instalado un precario banco a la sombra de un naranjito frondoso, acaso porque descubri que los borrachos molestaban menos y tomaban ms afuera que apoyados en el mostrador. Adems, el banquito compartido era un principio de sociabilidad que pareca dar cierta categora al acto de emborracharse en grupo.
El grupo lo constitua la espontnea reunin de los vencidos por la vida y aficionados al alcohol, que desde el crepsculo vespertino hasta la medianoche se reunan frente al viejo almacn. Y es all y con esa gente que Carlos, segn me cont entonces como yo lo cuento ahora, fue a buscar su modelo de borracho y de paso incursionar en las profundidades de la sabidura del mundo, a veces tan caprichosa que hasta habla por la boca de los borrachos. Se acercaba a escuchar las gruidas y tartajeantes conversaciones salidas de madre. Identific a un gordo, sanguneo y haraposo personaje que renegaba de la santa institucin de la familia, acaso porque lo haban echado por alcohlico. Otro, tuerto, haba renunciado tanto a todo que ni siquiera se molestaba en poner el consabido parche sobre el ojo muerto cubierto por una repulsiva nube plomiza. 
Sostena que haba resuelto castigar a Dios que lo trataba tan mal y se declaraba ateo y terrorista. Un tercero, flaco y cadavrico, nunca terminaba de remendar con alambre sus zapatos rotos. El de ms all, que exiga que se le llamara profesor luca un viejo y arruinado traje, aunque luca siempre la cara cuidadosamente afeitada, como si el diario rito de afeitarse pulcramente fuera el salvavidas que lo sostena a flote en el mundo de los vivos.
De stos, el actor recogi modales, vocabulario, posturas, gestos, pero ms le llam la atencin un viejecito esmirriado, cubierto siempre por un saco grande para su fsico y con mangas demasiado largas, completamente calvo y con un aspecto de pajarillo desnudo recin salido del huevo y cado del nido, que escuchaba atentamente la conversacin de los dems, mova la cabeza con desconsuelo, y murmuraba ms para s mismo que para los dems, su eterno latiguillo: I va la porte, cuya traduccin no muy literal al castellano podra ser Qu mal andan las cosas!. Los dems hablaban de su miseria y l comentaba I va la porte o mencionaban un mundo deslumbrante de botellas, con mucha comida y ajeno, y de la misma manera l sentenciaba I va la porte, con su expresin sumida en una terminal conclusin pesimista sobre su propio destino y el destino de todas las cosas.
Cuando se aproximaba la noche, el hombre que haba desterrado toda ilusin en un mundo donde todo estaba mal, aferraba un mugroso recipiente que le serva de plato y se marchaba a recibir su cena de mendrugos cuarteleros en la cocina de la Intendencia del Ejrcito, andando con paso extrao, murmurando incoherencias, sacudiendo los hombros y hurgando y buscando nada una y otra vez en los innumerables bolsillos de su enorme saco, sin saber que era seguido por un actor que iba estudiando, para inmortalizarlos, cada uno de sus movimientos y gestos. Y el extraordinario realismo del borracho que hizo Carlos Gmez en El Comisario de Valle Lorito constituy un modelo insuperado de papel caracterstico en el teatro paraguayo.
Otro mrito que el mismo Ernesto Bez asign a la comedia mencionada, es que su carpintera es decir, su trama de pequea humanidad insertada en el universo del escenario, en el tiempo y en el espacio, no permita una sola salida del libreto, un solo cambio de personajes, la variacin de una sola escena. Y en este punto, la honestidad obliga a confesar que muchos de los momentos ms brillantes de mis obras, fueron inesperados, fulgurantes agregados espontneos que hacan Ernesto Bez y Carlos Gmez por su propia cuenta cuando en plena escena se ponan a improvisar para desesperacin de la disciplinada Emigdia, que consideraba sagrado el texto del libro.
Con relacin a estas demostraciones de imaginacin y chispa, queda para la historia, la ancdota del gato de Lambar. El seor Lambar, que as es su apellido, era y es hasta ahora, encargado y sereno del Teatro Municipal. Tiempo atrs, empresarios que usufructuaron el teatro y lo explotaban como cine, haban concebido un sistema de ventilacin consistente en caeras de material cocido tendidas bajo las plateas, con bocas de salida para el aire proporcionado por un gigantesco ventilador instalado en el stano. El sistema no funcion, pero quedaron las caeras como un hbitat ideal para las ratas que con frecuencia, asomaban bajo los asientos en plena funcin, con el consiguiente susto, especialmente de la concurrencia femenina. Lambar se decidi a combatir a las ratas... con gatos. Como media docena de felinos vivan en permanente lucha con las ratas en los soterrados del teatro, pero cuando haba funciones, Lambar los encerraba prudentemente.
En cierta ocasin, uno de los gatos escap en plena funcin y cruz orondamente el iluminado escenario, durante una escena en que dialogaban Ernesto Bez y Carlos Gmez. El paso del gato levant un murmullo en la platea, pero no inmut para nada a los dos actores, que empezaron a improvisar sobre las andanzas del gato de a Fulana, con tanta gracia y soltura que no slo la platea sino los propios actores tras las bambalinas estallaban en carcajadas. La escena fue tan real, que al finalizar la funcin se me aproxim un seor, viejo aficionado al teatro que me pregunt con toda seriedad cmo habamos conseguido que el gato pasara en el momento oportuno. Crea que el paso del gato estaba establecido en el texto. 



Treinta y cuatro
Eran los comienzos de una poca en que el Teatro Municipal atraa multitudes, con puestas en escena de la Compaa Bez - Reisofer - Gmez, del Ateneo Paraguayo con obras en prosa y las famosas zarzuelas, de Rafael Rojas Doria y Csar lvarez Blanco, desprendidos de la escuela de Ernesto Bez, y otras Compaas de breve existencia.
La historia del teatro paraguayo no debe olvidar nombres que ya son ilustres, con independencia de que vivan o ya se fueran. Cito los nombres de aquella gente querida que alguna vez integraron el reparto de mis obras, pidiendo de antemano, perdn por las traiciones de mi memoria, y por los olvidos.
Ernesto Bez es toda una poca de ms de medio siglo de trabajo actoral. Carlos Gmez sigue en pie en sus juveniles ochenta aos. Emigdia Reisofer es un recuerdo amable de gentileza, talento y ductilidad, y por su trgica muerte, de la cual en cierto modo siento una culpa indirecta, del modo que relatar ms adelante. Alejo Vargas hizo inolvidables sus personajes de comisario o cura, compadre y caudillo de admirable realismo. 
Javier Franco, perfecto y estirado mucamo de casa rica o desvado marido dominado cuando no el capanga segundn y servil; Leandro Cacavelos, el burgus tpico o el juez de paz venal y ventajista, Mara Elena Sachero, hasta hoy un talento explosivo y una ductilidad pocas veces superada; la desaparecida Miriam Celeste, bella, de enormes ojos verdes y sin temor alguno de encarnar los personajes ms difciles; Graciela Pastor, siempre una presencia elctrica y vigorosa en escena, casada despus con Roque Snchez, egresado de la Escuela Municipal de Arte Escnico y con quien integr la Compaa Snchez - Pastor que sobrevive hasta hoy a pesar de la desaparicin del bueno y estudioso de Roque; Sara Gimnez, la incambiable mam guaz de tantas puestas costumbristas; Celia Mara Bentez, primera dama delicada y fina; Vilma Gimnez, de temperamento sensual y lleno de picarda; Matas Ferreira Daz, ya fallecido, talentoso, sensible y vigoroso actor caracterstico y por aadidura poeta: Alberto Lares; Csar Garca, ya fallecido: Gustavo Calderini, Mario Prono, actor y director ya fallecido; May Visconti, que lleg a sustituir a Emigdia Reisofer cuando sta falleci: Blanca Navarro, la mejor actriz cmica de entonces y de ahora en el teatro paraguayo; Azucena Zelaya: Csar de Brix; Amador Garca, fallecido; Sarita Rivas Crovatto en su juvenil belleza, antes de culminar sus cursos de Derecho y de terminar, siendo combativa abogada, asesinada en un episodio nunca del todo aclarado; Lucy Spinzi, a la fecha rigurosa analista de la poltica y viviendo de la artesana y la cermica en Aregu; Mercedes Jan, la gran dama de ojos azules y porte distinguido de tantas obras, hasta hoy en actividad: Juan B. Villa Cabaas: scar Barreto Aguayo, ya fallecido, galn cantor de porte esbelto y hermosa voz de tenor; Jos Olitte; Ral Valentino Bentez; Nicasio Altamirano, ya fallecido; Kika Da Silva tambin; Luis de Oliveira, actor hijo de actor, Espartaco Martnez, fallecido, Abel Gonzlez, una curiosa mezcla, porque como deportista fue campen sudamericano de baloncesto en Ccuta, Colombia y despus, como actor se especializaba en papeles difciles en comedias brillantes o de equvocos. Hoy, lamentablemente, Abel Gonzlez est recluido en el Hospital Neurosiquitrico.
Cito de manera especial a dos artistas cuya paternidad y creatura, al menos en parte, reclamo, porque yo les un primero en la radio y despus para el ms grande xito del teatro guaran-castellano, Plata Ybygy Recavo cuya concurrencia de pblico no ha sido superada por ninguna otra puesta, incluso por aquellas de concurrencia obligatoria para estudiantes. 
Los Compadres, Rafael Rojas Doria y Csar lvarez Blanco.
Tampoco puedo dejar de mencionar a los hermanos Humberto y Armando Rubn, para quienes escrib una comedia de la que me ocupar ms adelante.
Por la misma poca, haban brillado o brillaban en el Ateneo Paraguayo o en Compaas transitorias, Anbal Romero, extraordinario actor: Blanca Sanabria, su actual esposa; Nelly Prono, fallecida; lex Solhberg, fallecido; Alan Gini; Salim Girala, fallecido; Jacinto Herrera, fallecido; Ninica Segura: Rafael B. Argello; Victorino Bez Irala y otros talentos que hubiera querido poner en el reparto de mis obras.
Eran tiempos en que los buenos resultados de mis obras teatrales me alentaron a otros tipos de narrativa, la novela y el cuento. Abierto un concurso a nivel latinoamericano de cuentos por la Revue Franaise, de Paris, intervine sin muchas esperanzas con un cuento: Perrito. Sin embargo, opt al primer premio y la medalla Vctor Hugo, que me fuera entregada por la Embajada de Francia. Tena tambin en la misma poca -1965- los originales de mi primera novela: La Quema de Judas, que intervino en un concurso nacional convocado por el diario La Tribuna. Hubo fallo dividido, y miembros del jurado que an viven, me aseguran que La Quema de Judas fue la novela elegida, suponindose, por su estilo, que corresponda a Josefina Pla, pero al abrir el sobre con el seudnimo, se encontraron con la sorpresa de que no era autora de Josefina Pla, sino de Mario Halley Mora. Por entonces, ya empezaba a germinar la discriminacin poltica que tanto dao hara despus a la literatura. De modo que se cerr el sobre, se volvi a votar. Otra novela logr el primer premio, con fallo dividido porque parte del jurado no consinti el procedimiento pero de todos modos La Quema de Judas qued segunda. Me sirve de consuelo que la novela ganadora slo tuvo dos ediciones, la primera, publicada por el diario organizador, y una segunda, edicin corregida del autor. En cambio La Quema de Judas ya lleva siete ediciones, con sello editorial, debidamente registradas.
Ya por entonces, maduraba la conviccin de que por narrativa no se debe entender slo la novela y el cuento, sino tambin el teatro. Son slo formas distintas de narrar, y todo se reduce a asumir la tcnica de cada gnero. Con el gnero teatral me senta ms cmodo por la inmediatez del proceso. Se escriba la obra, y al poco tiempo, de la inmovilidad del papel pasaba al dinamismo vital del escenario... y al aplauso o el rechazo del pblico. Con la Compaa Bez - Reisofer - Gmez hicimos as memorables puestas. Testigo Falso, de contenido social; El ltimo Caudillo; Magdalena Servn para la memorable actuacin de Emigdia Reisofer; El Sargento de Compaa; El Sacristn; I Va la Porte, inspirado en el borracho favorito de Carlos Gmez.
Invitado por el Ateneo Paraguayo, produje tres comedias: Memorias de una Pobre Diabla con la direccin y actuacin de Mario Prono y una sensacional actuacin de Mara Elena Sachero. Ms tarde, el mismo elenco mont, en dos temporadas sucesivas, Interrogante y Un Rostro Para Ana, que alcanzaron galardones como que Mara Elena Sachero fue elegida la mejor actriz del teatro paraguayo, al mismo tiempo que Interrogante y Un Rostro Para Ana eran incluidas en una antologa del teatro latinoamericano, publicada por el Ministerio de Cultura de Espaa.
De la misma manera, a pedido de los hermanos Rubn, Armando y Humberto Rubn, este ltimo con varias actuaciones en diversas obras que le valieron en los diarios la calificacin de galn de perfil mefistoflico, escrib una recordada comedia: El Conejo es Una Mujer, que no tiene relacin alguna con el hijo de Humberto que asumi el sobrenombre de Conejo para su programa de televisin. De hecho, el muchacho an no haba nacido cuando se estren la obra que satisfizo las aspiraciones escnicas de los hermanos Rubn, y lanz a la fama a una actriz que empezaba a destacarse, Miriam Celeste, de la mano de Humberto Rubn y de Mercedes Jan.
De vuelta con la Compaa Bez - Reisofer - Gmez, en sucesivas temporadas estrenamos El Billete de Cien Dlares; Mujeres Fciles; El Camalen; Un Paraguayo en Espaa, en el que se hizo leyenda el hecho de que Leandro Cacavelos se quedara dormido en escena; El Soltern, un estudio del machismo de las mujeres paraguayas, que fue durante aos caballo de batalla de la Compaa Roque Snchez - Graciela Pastor en sus andanzas por escenarios campesinos: La Mano del Hombre; Los Zapatos de Dios; El Dinero del Cielo; La Noticia, obra devenida de mi paso como periodista por el diario El Pas: Cuando Ernesto se Hace el Loco; Necesito un Hombre Para Caso Urgente,  15 Aos; Mi Asesino; Virutas y entre una decena ms de comedias menores, la substancial La Madama, que tuviera extraordinario xito de crtica, de pblico y de taquilla... pero un trgico resultado. Entre dichas producciones imaginativas, hasta me di tiempo a escribir un librito didctico: Vamos a Hacer Teatro.



Treinta y cinco
En efecto, volviendo atrs en el tiempo, el drama asoma su rostro angustiado en este relato. Toda la vida, Ernesto Bez anhel poseer un teatro propio, y lleno de ideales pero sin el menor adiestramiento gerencial, hipotecaron, con su esposa, Ada Reisofer, la vieja casona de Piribebuy y Montevideo para un crdito bancario, que les fue otorgado con dicha garanta. El Teatro Carlos Antonio Lpez logr elevarse hasta el techo, pero ah termin el dinero, y no hubo refinanciacin, ni extensin ni ayuda alguna. El Banco se adjudic la obra, la equip, la termin y la convirti en el Cine Premier. Ernesto Bez y la familia Reisofer quedaron de hecho, en la calle. Fue un episodio desgarrante, especialmente para un hombre con alma de nio, un artista que crea en la solidaridad de sus compatriotas y las promesas de los polticos, en el amor de los amigos y en la gratitud de tanta gente sobre la que haba volcado un diluvio de alegras y de momentos felices. Toc vanamente puertas que nunca se abrieron, y l, que nunca se haba preocupado por el dinero, cuando quiso utilizarlo para comprar sus sueos, lo encontr insuficiente, escurridizo y perverso. Tarde se dio cuenta de que el artista siempre resultar un psimo administrador.
Fue un interludio oscuro para el teatro paraguayo. La Compaa qued prcticamente disuelta, y Ernesto y las Reisofer se marcharon a Buenos Aires.
En uno de mis viajes a esa ciudad, fui a visitarlos a un hotelito de mala muerte que haban arrendado y administraban en un ruinoso edificio de la calle Uriburu casi Corrientes. Llegu justamente cuando a su vez Ernesto regresaba con una bolsa de compras del Mercado de Abasto, y Emigdia sacaba los tachos de basura afuera. Aquello me doli en el alma y me brot de muy adentro un discurso. Que esto no es para Uds. El Paraguay les aora y necesita. Aqu apenas son dos sombras oscuras que sobreviven y all tienen estrellas que nunca se apagarn. Ernesto me escuch con atencin, y como en la primera vez que me impuls a escribir En Busca de Mara volvi a desafiarme. Si me envas una obra que fuera un xito seguro, me voy, me dijo, y esa vez fui yo el que pronunci hecho.
De vuelta a Asuncin puse manos a la obra y dos meses despus le envi el libro de La Madama. Regresaron, la llevaron a escena y fue el xito ms sensacional de la Compaa Bez - Reisofer - Gmez. Las colas de pblico ante las ventanillas llegaban hasta el Correo y taponaban la circulacin de la calle Presidente Franco. Y fue tan bueno el resultado, que cuando termin la temporada en el Municipal, el cine Splendid, sobre Estrella, ofreci su sala y los llenos continuaron all. En medio de la satisfaccin que nos llenaba por tan triunfal regreso, no tenamos idea que all se incubaba otra tragedia mayor.
La Madama como otras obras -mas y tambin de Ernesto- cuyos resultados se publicaban en los medios de comunicacin que crecan en alcance, atraan al pblico del interior, que alquilaba mnibus para trasladarse en grupo al Teatro Municipal.
Con La Madama Ernesto decidi hacer lo contrario, llevar la obra al campo, y al efecto, adquiri una camioneta Kombi, de hecho un minibus de la marca Volkswagen. Con ella aprendi a conducir, y ya entonces le manifest mi aprensin. El que aprende a conducir ms all de los cincuenta aos nunca ser un buen conductor. Adems, Ernesto no tena idea alguna de los fundamentos mecnicos que deben conocerse para manejar un vehculo, hasta el punto de que apenas haba retirado la Kombi pas por casa a mostrrmela y de paso, a confesarme de que todava no encontr por donde se le carga el agua. Le cost creer que el motor no se enfriaba con agua, sino con aire.
Con ese vehculo fueron a montar La Madama en Villeta, y al regreso por la ruta, en una madrugada oscura fue el accidente que le cost la vida a Emigdia Reisofer. Fue un accidente que como se demostr despus no fue por la impericia de Ernesto, sino por la irresponsabilidad de otro transportista que sali de su carril. Pero muy adentro, en el fondo de mi corazn, me reprocho aquel momento, en Buenos Aires, en que promet un xito teatral, sin prever que el precio fuera tan doloroso.
Durante las dcadas de los sesenta y setenta, prosigui la insuperada poca del teatro en el Paraguay, con numerosas Compaas teatrales que convergan sobre el aoso Teatro Municipal. Zarzuelas paraguayas, comedias y dramas de Nstor Romero Valdovinos, (su mejor obra, Hilario en Buenos Aires) de Ezequiel Gonzlez Alsina, (su mejor obra, Bol) de Manuel Frutos Pane y Juan Carlos Moreno Gonzlez, (Sus mejores obras Mara Pacur y La Tejedora de andut) de Jos Mara Rivarola Matto, (su mejor obra, El Fin de Chip Gonzlez) de Benigno Villa, (su mejor obra, Casilda) de Josefina Pla y Roque Centurin Miranda, (su mejor obra, Aqu No Ha Pasado Nada) de Julio Correa en reposiciones de comedias escritas durante la guerra y la posguerra del Chaco; de Rogelio Silvero, (su mejor obra, La Vida del Yagu) de Rovisa, de Alcibiades Gonzlez Delvalle, y hasta del mismo Ernesto Bez, autor de numerosas comedias costumbristas. La mayora de estos autores, salvo Rovisa, Gonzlez Delvalle y Silvero, ya han fallecido. Los muertos, es obvio, ya no escriben. Los vivos, no saben para quien escribir, porque al cerrarse el Teatro Municipal sobrevino la gran sequa teatral que contina hasta nuestros das, en que, si bien hay buenos actores, no han surgido nuevos autores y no existe una sola sala adecuada al teatro y estmulos del Gobierno o de las Municipalidades, a nivel cero.



Treinta y seis
Despus del fallecimiento de Emigdia Reisofer, una fina actriz, May Visconti, ocup su lugar en el rubro, y sigui la larga trayectoria por la senda del teatro paraguayo. Por mi parte, produje con Neneco Norton una comedia musical, La Promesera de Caacup, donde tuvimos el privilegio de contar con la actuacin de scar Barreto Aguayo. Ms tarde, con Florentn Gimnez, montamos otra comedia musical, Loma Tarum, siendo sta, la ltima pieza que dirigiera Mario Prono, poco antes de su muerte. 
Anecdtico y dolorido, es el hecho de que en los ensayos, reprochaba al bueno de Mario que su energa de director brillante, exigente y riguroso de otros tiempos, de Interrogante y Un Rostro Para Ana apareca apenas esbozada, lnguida y conformista en Loma Tarum. El hombre callaba y deca ya vamos a mejorar. Yo no tena idea de que ya tena el corazn herido, y se estaba muriendo, como l quera, sobre las tablas.
Aos antes, Rafael Rojas Doria y Csar lvarez Blanco, desprendindose de la Compaa de Ernesto Bez haban formado la propia. 
Los Compadres, unidos desde 1956, llegaron a constituir en el teatro un fenmeno especial, indito, de cooperacin y de complementacin actoral. 
Eran dos, o son dos, pero al mismo tiempo uno solo. Cuando por breve tiempo y por circunstancias propias del temperamento del artista, se separaban y montaban cualquier comedia prescindiendo uno del otro, no pasaba nada. La comicidad, la gracia, la chispa, la espontaneidad veloz y provocativa se daban en los dos, que de la misma manera que se descubrieron misteriosamente compatibles en radio, en 1956, siguen adivinndose mutuamente en teatro en 1999. Extraamente, fueron y son prisioneros el uno del otro. Con este do y su Compaa, me cabe recordar, en beneficio de la brevedad, una sola pieza que vale por todas las que de ella derivaron despus: Plata Ybygy Recavo, indiscutible clsico del teatro cmico en guaran en el Paraguay.
Un captulo especial corresponde a un excelente actor, Ral Valentino Bentez, cuando escrib una comedia dedicada al homenaje de los primeros inmigrantes rabes en el Paraguay, que se integraron a la sociedad paraguaya desde los escalones ms humildes. El personaje central de Mustaf fue Ral Valentino Bentez, en un pintoresco y respetado personaje de turco realizado por el actor con maestra, con recordadas escenas con su contraparte, el legendario ladrn de tiendas Mbop Puc interpretado por Jos Olitte. Y por fin, mi ltima incursin al teatro fue ya entrado en la dcada del noventa, con la teatralizacin de una novela de Margot Ayala de Michelagnoli Ramona Quebranto que dirigida por Tito Chamorro, fue un xito en Asuncin y Montevideo.
Especial gratitud le guardo al estudioso investigador y fantico teatrero Rudy Torga, quien se enamor de una obra ma: La Huella de Mangor sobre la vida y obra de Agustn Barrios, excelso guitarrista y compositor paraguayo. Rudy Torga mejor el texto, lo musicaliz y agreg preciosas glosas en guaran, que hicieron de la obra un espectculo al mismo tiempo que didctico, emocionante y dentro de un gnero hbrido de teatro, literatura y msica de brillante resultado en Asuncin, en las Misiones natal de Mangor y hasta en Buenos Aires, debido, ms que nada, a la intervencin, compaginacin, arreglo y direccin del tenaz luchador de la cultura popular que es el seor Rudy Torga.
No todas las comedias escritas en ms de 35 aos estn citadas en este libro. Las que s son citadas, a mi criterio, son las principales. 
Llegu a contabilizar 56 ttulos entre innumerables comedias breves, recogidas despus en libros, comedias largas y hasta dramas. Pero entre tanta tarea, tuve tiempo de repetir en 1982 mi incursin en la narrativa novelstica, iniciada en 1965 con La Quema de Judas. Ese ao, en las famosas ediciones Napa de Juan Bautista Rivarola Matto, se edit Los Hombres de Celina, que mereciera juicios elogiosos de Josefina Pla, Roque Vallejos, Hugo Rodrguez Alcal, Bacn Duarte Prado y Jos Luis Appleyard. 
Por su primera edicin, me correspondi el Premio Repblica de 1983 y el galardn anual de Los 12 del ao correspondiente a 1984. A la fecha, la novela tiene 6 ediciones ms, tanto por la Editorial El Lector, como por la Editorial Comuneros.



Treinta y siete
Considero oportuno a los efectos de este libro, que no es otra que, en vez de narrar, narrarme, incluir algunos juicios que contribuyan a una valoracin ms cierta de las huellas que alguna vez terminarn en un recodo final. En el prlogo de Los Hombres de Celina, Jos Luis Appleyard haba escrito:
La lectura de este libro me depar una grata sorpresa: tena ante m una novela paraguaya distinta, actual, ciudadana, nueva, sin ninguno de los personajes tpicos a los cuales nos haban acostumbrado tanto la novela como el teatro de las tres o cuatro ltimas dcadas. Existe un comisario, s, pero es tambin un comisario nuevo, con ttulo universitario. Y la accin transcurre en esta Asuncin que hoy estamos viviendo: en esta ciudad que se est volviendo grande, con todos los problemas que implica un crecimiento desordenado. Y Mario Halley Mora maneja a sus personajes en este ambiente, dentro de una tnica, nueva tambin. Toda una ruptura con una constante de la narrativa paraguaya.
A la sorpresa inicial, sigui el asombro, el inters y ste fue tal que dediqu cinco horas de un domingo para leer los originales de Los Hombres de Celina. Cinco horas plenas y completas, prcticamente sin solucin de continuidad, que me permitieron seguir la carrera casi increble pero verosmil del protagonista. Un protagonista que habla en primera persona y se siente inmerso en todos los meandros de la ciudad, desde sus barrios ms pobres hasta los ambientes donde impera el lujo y donde el dinero es el nico patrn aceptable. Y cunta complejidad de los caracteres de esos personajes que se mueven dentro de un mbito que, siendo nuestro y cotidiano resulta desconocido en muchos aspectos?
Y aqu est justamente, la funcin cabal del novelista, quien toma de la mano al lector y lo lleva, como un cicerone sabio, a recorrer rincones, ambientes, lugares, donde los ms miserables y pauprrimos hasta los caserones seoriales, suntuosos, encerrados en su propio misterio, donde la podredumbre humana hiede ms que en los arroyos infectos del suburbio miserable. Y como un ngel misteriosamente deforme, aparece Celina; un ngel surgido del barro, aparentemente prostituido y amoral. 
Quin es Celina? Responder a esta pregunta sera develar toda la clave del libro. Me limito a decir, sin temor a equivocarme, que Celina es el personaje ms logrado de cuantos ha dado a conocer Halley Mora en su larga trayectoria de escritor, Celina rezuma humanidad y tiene un criterio particular y complicadamente simple de las cosas, que hace posible que no pueda ser juzgada implacablemente, porque ella lo hace todo por amor, ese amor contrasta con su propio fsico, con su ambiente, con sus costumbres y los supera y vence, porque el alma de esta mujer permanece pura, inocente, hasta el momento de su aniquilacin total.
Y el protagonista en s, es el smbolo del tiempo que vivimos y es un producto de l. Despus de llegar casi a la muerte por inanicin y fro, se levanta y asciende, asciende hasta alturas insospechadas, llevado por las propias circunstancias creadas por Celina y por su terrible ambicin.
Y en estas alturas surge el vrtigo de quien no est acostumbrado a ellas y surgen las pasiones irrefrenables de un carcter dbil y fuerte a la vez. Y el resto lo dejo al lector. El resto es la aventura de conocer a ese personaje a travs de las pginas del libro.
La estructura de la novela no tiene grietas. El hilo de la narracin es fluido. Todos los cabos que aparecen a lo largo del libro son atados oportuna y convenientemente, de tal suerte que el resultado es ptimo.
Creo, por todo lo dicho, que esta es una obra fundamental en la narrativa literaria de Mario Halley Mora, y, a la vez, un hito muy importante dentro del panorama de nuestra narrativa. La madurez del autor se manifiesta con plenitud en ella y logra un muy significativo aporte al quehacer de las letras paraguayas. Espero que Los Hombres de Celina sea el inicio de una nueva y enriquecida etapa en la labor creativa de su autor. Jos Luis Appleyard.
Por su parte, en el prlogo de la tercera edicin, Josefina Pla, expresaba: 
Mario Halley Mora es autor teatral tan conocido que no necesita presentacin. Es tambin poeta. Cuentista desde hace rato; ahora se inicia como novelista.
Ya, en sus cuentos primero, y luego en sus anticuentos como en ms de una de sus piezas teatrales, esta calificacin plurivalente se hace notoria, imprimiendo en los textos un aura potica, equivalente de la resonancia del toque de campanas prolongndose en nuestras estancias interiores. Ahora, en su novela, el dramaturgo y el poeta insinan su presencia como sujetos gemelos en la visin fctica.
Los Hombres de Celina -premio La Repblica en 1983- sera, en principio, la crnica de una maternidad sin parto y de un amor sin sexo. 
De una singular adopcin que podra sin embargo resultar simblica de la esencial actitud femenina ante el hombre, el eterno hijo; el que en una forma u otra regresa siempre al regazo femenino (No en vano ha dotado Halley Mora a su Celina de atributos fsicos que recuerdan vagamente los de las Diosas Madres).
Celina marcha, en ese empeo modelado, que se ha propuesto, de Carlos Salcedo, y a su manera, hacia la completitud de una vocacin materna que la vida trunc en sus arranques ms legtimos y simples.
Pero la historia de Celina, ejemplo lmite de vocacin maternal, es, necesariamente, por contrapartida y a un tiempo, la historia del que, a travs de Celina, mediante ella, realiza sus sueos ambiciosos. Sueos mal o nada definidos -aqu est su pecado capital- que adoptan al comienzo, la forma elemental de la fuga. Una fuga ser la trayectoria ulterior de Salcedo. Fuga mimetizada, a lo largo del relato, por incidencias diversas; pero fuga. Fuga ante la responsabilidad. Fuga ante la gratitud. Fuga ante los valores.
La obsesin de Salcedo es sustraerse a un sistema de cosas en el cual no encaja. Espcimen subdesarrollado de los rebeldes sin causa; Freud lo rotulara seguramente de inmaduro: pero quizs quedase mejor decir podrido antes de madurar. No es el prototipo actual del humano del individuo que cree y reclama que el mundo tiene una deuda con l, pero no reconoce, porque ni lo imagina siquiera, que tambin l tiene una deuda con el mundo?...
Salcedo, as, se siente urgido por un ansia de independencia, por el deseo de ser l. Ansia, deseo, urgencia, legtimos, y que son en lo individual como en lo colectivo, fermento de toda construccin humana. 
Pero en Salcedo este propsito no va acompaado de las definidas ntimas rectrices precisas para poder enderezar el camino por s mismo y menos an sin ticos tropiezos. Como habla en primera persona, puede permitirse el lujo de pintarse a s mismo con los colores que le place, y as ofrecerse, a veces desnudo como una lombriz y a trechos, ribeteado de ingenuo: pero es evidente que se deja persuadir con mucha facilidad a lo que ms le conviene. Consiente que lo mantengan y le paguen estudios y ropa; Celina costea esos gastos con lo que le dan sus hombres. Nos sentimos inclinados a ver llana y sencillamente a un gigol. Pero peculiar gigol, amparado por filial investidura. Investidura que no le cuesta llevar; ella condiciona una situacin que le conviene. Y se desliza fcilmente por el tobogn de la mentada conveniencia fcil a una vida que podra calificarse a primera vista de una vida de pcaro.
Este calificativo es, en efecto, el primero que surge en la punta de la lengua, al intentar el anlisis an somero del personaje. Sin embargo, el adjetivo se disloca, a breve andar reflexivo.
Pues el pcaro consagrado por los clsicos -y antes y despus de ellos por las circunstancias, a lo largo de los tiempos- acepta, con independiente y conformista filosofa, el deterioro de las apariencias externas, las disminuciones sociales, la marginacin, las carencias econmicas, y los encontronazos personales (en esto se diferencia del bohemio, que hace de ello, y razones tiene, bandera). Mira hacia afuera sin amarguras ni quejas nacidas del sentimiento de desmesura entre ambiciones y logros. El pcaro no desea ser l. Es l, sin propsitos ni presupuestos. Para el pcaro autntico, las peripecias de su peripattica vida son la vida en s misma. Picaresca y pcaro, en suma, son tal para cual. No se contradicen, no son conflicto: toda peripecia es consecuencia de la misma profesin de libertad, explcita o no, del pcaro. ste acepta en todas sus dimensiones esta vida al revs que le interesa en s misma como experiencia enriquecedora, no como ruta haca logros calculados y concretos. La vida pcara es una aventura nica: un hojear del libro del mundo cabeza abajo. El pcaro no tiene plan alguno en la vida, salvo el inmediato del cotidiano subsistir. Su ventaja ante el mundo radica precisamente en este desprendimiento,No as para este antihroe de Halley Mora. Salcedo se deja proteger, mantener, por Celina para lograr su propsito de triunfar en la vida, y si su relato en primera persona da a entender en tal cual momento que no est del todo conforme con ello, sus actos no ratifican sus palabras: 
siguen sospechosamente paralelos a su conveniencia. Podramos hablar, en este caso, de dualidad, de bivalencias: del hombre contradictorio. Pero si el hombre contradictorio, como lo atestigua cruelmente la literatura moderna, lleva en s el germen de toda la humanidad -porque el hombre se construye a fuerza de contradicciones- es preciso para que en l la contradiccin sea constructiva que en la lucha haya un ngel, y que el conflicto ofrezca una escala desafiando a la ascensin. El conflicto radica entre lo que el hombre quiere y lo que sabe: el resultado pues depende de cual sea el plano en el cual opera su querer y su saber. An el ms analfabeto tiene nocin de esa contradiccin esencial que le acecha a cada paso, y trata de obviarla procurando presentar lo que quiere o hace bajo una luz benfica. Los grandes destructores -leamos la historia- siempre presentaron como bueno lo que hacan. Es una concesin que el mal hace al bien: pero desgraciadamente el bien no vive de concesiones. Vive de s mismo.
Pueden estas consideraciones parecer un poco marginales, o dilatadas. Pero la aparicin en nuestra literatura de la novela de costumbres moderna, y en ella del personaje contradictorio, es algo que en s lleva a la reflexin. Y al final del relato y del personaje -su candidatura al desquicio mental- tiende a reforzar hiptesis o intuiciones.
An despus de lo anotado, la palabra pcaro acude espontnea, al leer las confesiones del protagonista -o mejor coprotagonista- de la novela. Hay para ello una razn.
La crnica de estos aos turbios de un muchacho campesino -bachiller de receta primero, despus universitario; profesional tramposo luego, y ms tarde hombre de negocios turbios- circula a lo ancho y largo de un paisaje rico en observaciones, ancdotas y sucedidos que se sienten autnticos: que se reconocen como parte del caudal de las colectivas experiencias cotidianas, directas o indirectas. (Como lo es en s mismo este personaje inescrupuloso que sube los peldaos sociales y econmicos a costa del sacrificio de una mujer: muchos han conocido por lo menos a un Carlos Salcedo en algn nivel, sendero o estancia de su existencia). Estos sucedidos y ancdotas, y hasta verdaderos casos, incorporados al argumento, y que hacen substancia del personaje, dan al relato chispa, inters y movimiento. Ahora bien, eso mismo da motivo al desfile de una numerosa fauna humana, todo un submundo con su inagotable poder de invenciones de inhumanidades, y a cuyos hechos presta relieve un estilo nervioso, exacto, que recuerda a menudo la subitnea agresin de un honditazo; que maneja con igual desenvoltura el lenguaje figurado que denuncia el peor aspecto de la figura, o el esguince tierno, cubriendo una pequea miseria. Ya en alguna ocasin, y hablando de la obra teatral de Mario Halley Mora, sealamos su destreza en la construccin del dilogo, corto, significativo, alumbrado de interioridades.
La historia srdida de este gigol filial se entreteje, siamesa intencionalmente inevitable, con la de Celina, ngel vuelto al revs, madre aureolada de equvocas aunque sinceras ofrendas de s misma. Quizs valga anotar que estos perfiles femeninos en los cuales la humanidad rescata su inocencia primera -la ignorancia paradisaca- son una frecuente presencia, ms o menos visible, en la obra dramtica de Halley Mora. El germen de esta Celina se halla ya, aunque trasladada a otras esferas sociales o de accin, en INTERROGANTE, donde la protagonista se prostituye para reunir fondos de caridad; trasunto profano de una Mara Egipcaca (no se olvide que esta es una santa oriental). La persecucin de la pureza tras la mscara pecadora; o por lo menos, la sugestin de la ignorancia inocente, es tambin un elemento ms o menos considerable o visible, en EL LTIMO CAUDILLO, en MAGDALENA SERVN, en UN ROSTRO PARA ANA, y vagamente, visando otro punto de la brjula, en HISTORIA DE UNA POBRE DIABLA. Pero lo que en INTERROGANTE o UN ROSTRO PARA ANA se acerca a la tesis, o lo parece, ac se convierte en pilar de la accin. Los hechos no los impone desde afuera una tesis; los traen -o los extraen- los personajes desde adentro.
Tanto en Celina como en Carlos Salcedo (5) vemos pues -con derrotero distinto, s, invertidos o devaluados, los valores o principios morales; los que consideramos valederos no aparecen valiosos, y se los trastoca tranquilamente, con resultado aparentemente positivo. Pues lo que constituye el rescate de Celina es la condena de Salcedo y la conclusin sera: hay sacrificios contraproducentes. Pero ambas lneas de conducta coinciden en una misma conclusin, para quien las observa y busca su razn y su ley: Lo nico vlido es el hombre vivo. El sobreviviente. Sobrevivir: 
That is the question. As es como -redondeando el pensamiento ms arriba insinuado respecto a pcaros y picarda- podra decirse que si el personaje escapa en s mismo a la definicin de pcaro, el mundo en que vive es, ste s, un mundo de picaresca.
Polivalente y a la vez simple, se nos muestra pues, el hroe de esta novela, Carlos Salcedo. Un sobreviviente enfrentado srdidamente a competencia en un mundo no mantenido dentro de las fronteras de un estatuto moral preciso; un mundo donde el poder y el dinero no son para el hombre, sino el hombre para el poder y el dinero. Donde los muertos siguen rindiendo tributo a los vivos en un inverso vampirismo. Donde el sexo, envilecido, se rescata paradjicamente en la flor de un sueo maternal.
En resumen, volviendo al principio de estas reflexiones (parte slo de las muchas a que se presta esta obra de Mario Halley Mora) podra verse en este relato de dos planos de accin, paralelos, y en ello, sendos protagonistas cada uno de los cuales da de por s significado y valor de la obra.
Uno, la mujer que dedica su vida al hombre, cifrado en el hijo el hombre cuya ingratitud la hiere menos que la del hombre a secas el hombre que edifica su vida sobre la inmolacin materna (el Paraguay, no se olvide, es una Nacin edificada en ms de una etapa, sobre el sacrificio multivalente de sus mujeres). 
Otro, el individuo representativo de un instante socio-econmico-cultural, que fragua su paso por un estrato social a otro, movido por un ansia indeterminada de poder, cuyo ltimo denominador es el dinero; y que no vacilar en echar mano a todos los recursos a su alcance con tal de llegar. Cuando llegue, no es de extraar que se le escape el dinero de entre las manos y con l, el poder, ya que ste no reconoce en el hombre otro cimiento ni derecho. Lo que slo se apoy en el dinero, con el dinero se desvanece. (Y la paranoia al principio ya mencionada, en que cae cada individuo, no es as mismo simblica?. El lector no puede evitar pensarlo).
Me he referido a antes a la condicin de dramaturgo del autor. En efecto, los dilogos del Yo desdoblado que se intercalan, en la narracin, integrados a ella, aunque no son recurso indito en la narrativa, ac sugieren una obra de teatro que pudo ser y que pugna subconscientemente por hallar su forma a travs de esa narracin, como los rasgos de una estatua que asoma (6) aqu y all en el bloque que la contiene.
La crtica de una situacin grotesca -grotesca es la mezcla de lo ridculo y lo horrendo- su descripcin de contradictorias actitudes o actos humanos, configurando una situacin en momento vital -y dentro de ellas caracteres agentes y pacientes de esta situacin- es impiadosa, cruel, y no obstante innegablemente certera y justa. Da en un blanco que todos identificamos porque se instala en el campo de experiencias colectivas cuya reincidencia reclama, en ocasiones, ubicacin folklrica. 
Hay por otra parte pginas como la de los animales llevados al matadero, en las cuales el poeta que infundi atmsfera al cuento PERRITO se revela en toda su potencia emotiva. Mario Halley Mora sigue su novela, como en sus cuentos y tantas piezas suyas, construyendo con sus criaturas un mundo a la par cruel y piadoso, amable y sarcstico, bondadoso y amargo.
Que LOS HOMBRES DE CELINA ofrece al lector inters poco corriente en nuestra narrativa intrafronteras, lo prueban sus dos ediciones ya agotadas, que se han impuesto automticamente esta tercera edicin; reincidencia infrecuente hasta ahora en nuestra literatura, a no ser en obras de historia.
Felicidades, Mario: y perdonando de antemano lo descosido de estas lneas -principio de reflexin sobre el porvenir necesario y quizs posible de una novelstica desnudadora de los problemas materiales, y mejor an de los espirituales, comentados y criticados tan a menudo pero rara vez sacados a la luz enjuiciadora- recuerde que el xito de esta novela le impone el deber para consigo mismo y pblico lector de continuar esta obra de buceo en el terreno -hasta ahora escasamente transitado con autenticidad en lo narrativo- de los hechos comunes, que por serlo pasan inadvertidos o simplemente disimulan su tremendo dramatismo bajo la mscara de su misma familiaridad cotidiana; y estn esperando al observador que los ponga en evidencia, que trace los contornos de las vidas llamadas vulgares. De la gente y el hombre corrientes. Que son los que hacen la intrahistoria. Los que en los libros mal llamados serios apenas aparecen, o no aparecen en absoluto, pero que en el por dems serio terreno de la literatura -veredicto y profeca- hacen donde quiera la comedia humana. Josefina Pla. Asuncin, Julio de 1984.
Ya que estamos en juicios valiosos, pido la licencia para citar el de Bacn Duarte Prado, quien expresa en parte del prlogo de Cuentos y Anticuentos.
Las criaturas de Halley Mora VIVEN -se podra decir- una existencia propia, porque dan la impresin de que no son fruto de la invencin sino que simplemente son trasladadas del mundo interno del autor tal como all se gestaron a la luz de las formas objetivas, ya que no se perciben el artificio, el esfuerzo por redondear una personalidad, por dotar a algo informe de una configuracin humana, todo nos pone sobre aviso de que el autor se sita por encima de vanas abstracciones o de laboriosas tensiones. para lograr dotarla de vida, de vibracin humana, de sentimientos e ideas insufladas al quehacer artstico. Por lo tanto, se trata de un autor que cultiva la espontaneidad y la naturalidad como los mejores aliados de su tcnica de ejecucin, si tenemos presente que sus personajes no parecen haber sido elaborados sino que espontneamente insurgen al mundo externo obedeciendo a ciertos impulsos que tal vez ni el propio creador pueda controlar, por tratarse de una imperiosa necesidad de liberacin y catarsis, y de que esas criaturas se mueven en forma autgena y autnoma...
En el prrafo final de un extenso prlogo al libro Los Habitantes del Abismo, escribe el Dr. Roque Vallejos:
En la cuentstica de este narrador, es sta su obra, su aportacin ms significativa, ms honda, ms original. Pero lejos de cerrar un ciclo narrativo, ofrece, ms bien, la impresin de abrir otro, como si toda su obra fuera una red expandida de vasos comunicantes, que se ocluyen nunca, sino que multiplica sus contactos, funda nuevos parentescos e incorpora nuevos valores. Hecho, por lo dems, harto explicables en un autor de la talla de Halley Mora, que ha encarado su vasta obra como un proceso a la realidad paraguaya, con las falencias propias de esta clase de trmite, pero tambin con hallazgos de piezas excepcionales que no le son ajenas, y que resultan indispensables e insustituibles en la compulsa histrico-cultural de un pueblo. Padre de su propia obra, as como hijo de la misma, Mario Halley Mora es uno de los escritores ms representativos del Paraguay contemporneo...
En el portal del libro Teatro Paraguayo Indito, escribe Francisco Prez Maricevich:
Josefina Pla (1909) y Mario Halley Mora (1926) son sin duda posible, figuras relevantes de la literatura paraguaya contempornea. Es necesario repetir, acerca de la primera, todo cuanto por muy sabido se le reconoce ya como un dato de evidencia inmediata. Del segundo, podra escasamente discutrsele su primaca en el teatro paraguayo de los ltimos veinticinco aos, cuando menos, considerando contribuciones tan obviamente buenas y acabadas como INTERROGANTE, UN ROSTRO PARA ANA. MAGDALENA SERVN, para citar slo tres de sus obras capitales...
De la pluma del poeta y crtico Hugo Rodrguez Alcal, tanto en textos sobre literatura paraguaya como en artculos periodsticos, existen valiosos estudios sobre la estilstica literaria que atribuyen a mis cuentos, muy en especial, al lenguaje figurado que descubre el autor en el cuento El Puente del que realiza un extenso anlisis.



Treinta y nueve
Despus de Los Hombres de Celina, sigui Memoria Adentro, novela a la que Leandro Prieto Yegros considera la ms desgarrante y devastadora novela paraguaya, que lleva 3 ediciones, incluida la de la Coleccin de Clsicos Paraguayos de la Editorial El Lector.
Tambin en esa misma coleccin figuran las siguientes novelas, adems de la Quema de Judas; Ocho Mujeres y los Dems; Amor de Invierno y Manuscrito Alucinado, que llevan, cada una, no menos de 4 ediciones y no ms de seis. Con respecto a Amor de Invierno, muy apreciada por los estudiantes para trabajos prcticos de Literatura, afirma Jos Luis Appleyard, en el prlogo de la primera edicin, lo que expresaba el suscrito en este mismo libro sobre la extensin del trmino narrativa que se refiere tanto a la novela, al cuento y al teatro. En efecto, Amor de Invierno es una novela escrita con tcnica teatral, y sobre dicho mtodo se explay el gran poeta y escritor desaparecido, saludando, en el mencionado prlogo, el buen resultado del experimento.
Cierta vez que tuviera una entrevista con estudiantes que hacan un trabajo prctico sobre mi produccin literaria, la pregunta de una estudiante me tom de sorpresa porque descubri en m algo que yo mismo no perciba. Por qu, tanto en teatro como en la novela y el cuento sus personajes son mayoritariamente femeninos? Despus de satisfacer la pregunta con algn formulismo de ocasin, yo mismo hice un autoexamen. En Los Hombres de Celina se narraba la historia de una mujer, en La Quema de Judas tambin. En Ocho Mujeres y Los Dems la cuestin era obvia. En Manuscrito Alucinado una mujer -difunta para ms- lo provocaba todo. En Memoria Adentro era tambin mujer quien desarrollaba la trama. Slo en Amor de Invierno asomaba en primer plano una pareja. En cuanto en el teatro, los ms grandes aciertos de mis obras se deban a personajes femeninos, como en La Madama, Virutas, En Busca de Mara, Magdalena Servn, El Soltern y La Mano del Hombre, donde, estas dos ltimas, el papel principal corresponda a la madre del protagonista masculino, en ambos casos, con la interpretacin de la inolvidable Sara Gimnez.
Examinando la cuestin, la primera conclusin fue que la inclinacin por los personajes femeninos nunca fue deliberada. Entonces, como lo hara Freud, haba que volver atrs. Y atrs en el tiempo estaba mi infancia. 
Hurfano de padre muy temprano, mi infancia convivi con dos mujeres de fuerte carcter, mi madre y la abuela Venancia. La primera autoridad que reconoca fue femenina. Elaboraba mis juicios sobre las cosas y las personas, a travs del juicio de dos mujeres y empezaba a ver el mundo mirando por el prisma femenino. Creo en tal sentido, que me condicion sin saberlo para concebir el drama humano mayoritariamente transitado por mujeres.
Por su parte, estudiosos de la literatura paraguaya, en trabajos publicados en el Diario Noticias, consideran que desde La Quema de Judas (1965) y siguiendo por todos mis ttulos publicados, la narrativa paraguaya abandona su reiterada temtica rural e incursiona en el gnero de narrativa ciudadana, con la ciudad de Asuncin como escenario. Me atribuyen as el carcter de iniciador de la novela urbana en el Paraguay, mrito no del todo absoluto, teniendo en cuenta de que en la dcada de los aos veinte, Juan Stefanich ya haba escrito y publicado la novela Aurora que discurre en la ciudad e incluso describe la catastrfica epidemia de gripe que diezm a la poblacin asuncena y tambin se haba publicado por entonces una novela lacrimosa, Papito, Tengo Hambre y Tengo Fro de Ral Mendonca, que lleg a ser Director de La Tribuna e hizo llorar a generaciones de amas de casa que nunca haban ledo un libro, y cayeron en la fiebre de leer que produjo la novela que tuvo una extensa circulacin, constituyendo el primer fenmeno popular de la literatura paraguaya.
Lejos de m la pretensin de ser excluyente. Lo que estoy narrando es la relacin de mis trabajos, pequea parte de un todo maysculo, dentro de un universo donde crecan y se imponan caudalosos talentos de la narrativa paraguaya como Augusto Roa Bastos: Gabriel Casaccia: Hugo Rodrguez Alcal; Guido Rodrguez Alcal; los hermanos Juan Bautista y Jos Mara Rivarola Matto, Josefina Pla; mi propio hermano Gerardo Halley Mora; Jos Mara Villarejo; Ana Iris Chaves de Ferreiro: Jos Lus Appleyard como novelista; Raquel Saguier, Jess Ruiz Nestosa; Juan Manuel Marcos y otros grandes fabuladores cuyas obras ya fueron reconocidas y aplaudidas, o recin ahora empiezan a ser revaloradas.
Mi libro Cuentos y Microcuentos, y Cuentos y Anticuentos que llevan numerosas ediciones, contienen invariablemente como portal el cuento Perrito conocido y analizado por generaciones de estudiantes secundarios, de la misma manera que entre una veintena, La Libreta de Almacn, tambin frecuentemente reproducido en textos de literatura y antologas, tal como los cuentos contenidos en el libro Los Habitantes del Abismo, en el que se incluye el cuento La Quiebra del Silencio, plagiado por guionistas paraguayo-brasileos para la pelcula El Toque del Oboe.
Me han publicado hasta la fecha 25 ttulos, incluyendo la edicin de mis novelas y los textos teatrales ms importantes, incluso, libros de teatro corto como Para el Pequeo Tinglado; Teatro Breve de Mario Halley Mora y una antologa teatral donde figuran, en el mismo libro, piezas teatrales de Josefina Pla, Ezequiel Gonzlez Alsina, y quien suscribe.
Incursion tambin en la poesa con el librito de poemas Piel Adentro en los aos ochenta. Roque Vallejos coment la coleccin de poemas calificndome, en tanto a poeta, como centauro ontolgico, que hasta hoy no s si interpretar como insulto o como elogio.



Cuarenta
No quedara completa esta relacin de este largo trecho de 73 aos de vida, si no me refiriera al periodismo que ejerc durante mucho tiempo, en radios y peridicos, logrando de alguna manera conciliar esta actividad con la de la escritura narrativa en sus tres vertientes, teatral, cuentstica y novelstica, y hasta con perodos de trabajos como funcionario pblico, en el Ministerio de Agricultura primero, en el de Educacin despus, la Subsecretara de Informaciones de la Presidencia y finalmente en el Ministerio de Industria y Comercio e Instituto de Bienestar Rural, en ninguno de cuyos cargos manej intereses ni valores, y mucho menos, se me quedaron pegados a las manos, hasta el punto de que si hiciera hoy mi declaracin jurada de bienes, slo incluira mi casa y un automvil modelo 1986. Y punto. Pero lo que interesa es el periodismo, de humilde operador en la vieja Radio Teleco, pas a ser redactor de noticiosos, y esa fue mi primera experiencia. Despus pas al diario El Paraguayo, terminada la revolucin de 1947, y que era por entonces rgano oficial del Partido Colorado, al que me haba afiliado en 1946, hace 53 aos.
Cuando mis hermanos Gerardo y Antonio fundaron Radio Paraguay, tambin fui redactor de noticiosos, aparte de libretista de numerosos programas radiales. Ms tarde, fui co-director, primero con don Leopoldo Ramos Gimnez, insigne poeta y prosista de quien aprend mucho, y despus con don ngel Peralta Arellano, de quien no aprend nada, del diario El Pas, que se editaba con las viejas maquinarias del diario El Orden, de la familia Artaza, y que ya haban pasado a pertenecer al Coronel don Pablo Rojas, y despus, modernizadas, sirven al actual diario ltima Hora, de cuyos inicios tambin tuve ocasin de participar, en el orden periodstico, naturalmente.
Llegu a hacer, incluso, periodismo cinematogrfico, cuando el Coronel Pablo Rojas inici el Noticioso Nacional, para cuya financiacin se cobraba un extra a los espectadores de los cines, configurando respetables ingresos que yo, personalmente, nunca llegue a ver, ni a contar, ni administrar y mucho menos ganar. No dudo que alguien se hizo rico con esas recaudaciones. Yo no, porque mi trabajo consista en llevar los rollos de negativos a un laboratorio de Ro de Janeiro, donde se los elaboraban y se agregaban -grabados- los relatos escritos por m, con la voz de lex Solhberg, que resida entonces en la Cidade Maravilhosa felizmente casado con la hija de un banquero. Aquellos viajes a Ro de Janeiro fueron odiseicos, porque tena que realizarlos en el Correo Militar Brasilero, un viejo DC 3 de uso militar, sin asientos y sin tapizados, con el viento fro de las alturas colndose por miles de resquicios. Adems, para empeorar las cosas, el avin aterrizaba y decolaba caprichosamente en cada ciudad, aldea o poblacho de su itinerario, y tardaba como 18 horas en llegar a destino.
No me resisto, en este punto, a contar una ancdota referida al Noticioso Nacional. Tena un colega, Manuel Chamorro Damus, celoso del trabajo que yo realizaba. Se ofreci a escribir l los textos narrativos, poniendo ms pasin y fervor poltico de los que yo pona. Le aceptaron y me reemplaz. Pero la cosa no era fcil, porque se grababa a la ventura. 
En el laboratorio, slo nos informaban que tal escena tiene tantos pies de pelcula y que a tantos pies de pelcula corresponda tantas lneas de texto y cada lnea de texto tanta cantidad de palabras, un verdadero acertijo. El mal resultado se daba cuando se calculaba mal, y el locutor contaba una escena que no corresponda, atrasada o adelantada. Ah se equivoc el bueno de Chamorro Damus. La escena corresponda a la inauguracin del Hipdromo del Jockey Club, donde asista el Presidente Stroessner. Durante los primeros pies de pelcula, se mostraba el caballo histrico que haba ganado la primera carrera en el nuevo circo y de inmediato pasaba a mostrar al Presidente aplaudindolo. A Chamorro se le desincroniz el relato verbal, y el que corresponda al caballo qued para el Presidente, de modo que cuando en escena se lo vea a Stroessner aplaudiendo, el relato deca y aqu vemos la estampa del noble bruto ganador. Dems est decir que all termin la carrera de Chamorro Damus.
Tanto el ejercicio del periodismo como el de la literatura me valieron honores que se resume en la condecoracin de la Orden Nacional del Mrito. Pero lo ms importante, fue la oportunidad de conocer casi toda Europa, Estados Unidos, Japn, China. Largos fueron los viajes a que fui invitado. Sirvieron para conocer mejor al mundo, y amar ms a mi infortunado pas.
En el Diccionario de la Literatura Paraguaya, la distinguida autora, Teresa Mndez Faith, incluye mi nombre, Mario Halley Mora, y seguidamente, la informacin de que fue Jefe de Redaccin del diario strosnista Patria, y slo despus, la relacin de lo que ella recoge de mi trayectoria literaria. Esa es la sntesis del prejuicio que me marc durante toda la vida. Primero la postura poltica, o lo que se considera una postura poltica, y slo despus, miradas ya a travs de un prisma oscuro, la persona y la obra del literato.
Semejante prejuicio penetr tanto, que hasta se dio el caso pintoresco de un crtico norteamericano, redactor de una revista de la Unesco, si mal no recuerdo, de apellido Squi, que cuando apareci la novela Los Hombres de Celina, escribi una crtica sin leer el libro, tocando de odo, y manifestando que se trata de una obra rastrera, cortesana y servil con los consabidos elogios y ditirambos al dictador. 
Quien conoce Los Hombres de Celina, y no son pocos, conoce que en la novela, como en ninguna de las otras seis y menos en el medio centenar de obras teatrales estrenadas y publicadas muchas, y en la veintena de cuentos, no hay una sola lnea cortesana y servil, y a la prueba me remito del examen de lectores y crticos.
Tampoco recuerdo haber publicado un poema, oda o elega dedicada a Stroessner o a Pern, o a Stroessner y Pern juntos, y a quien me demuestre lo contrario, le pedir humildemente perdn por esta mentira.
Mi tarea como Jefe de Redaccin del diario Patria, y el de literato, dramaturgo, cuentista o novelista, siempre se desarrollaron en compartimientos y estancos separados, y a veces hasta conflictivos, hasta el punto de que aqu debo convocar al juicio de un intelectual irreprochable, el Dr. Helio Vera, quien al referirse alguna vez a mi produccin teatral, al que vio cargada de sutilezas, entrelneas y sugerencias audaces, escribi que no me explico cmo Halley Mora no fue a dar con sus huesos a la crcel. Esto, no slo refirindose al texto mismo de las obras, sino a los agregados de Ernesto Bez, tantas veces irreverentes y con filos toledanos con la autoridad que, lo confieso, me producan escalofros.
Convencido colorado, ejerc la jefatura del diario Patria como tal. 
Pensaba sinceramente estar al servicio de mi partido. No fui editorialista ni idelogo. No aval con mi firma la clausura de ningn diario ni de ninguna radio, como descubrieron muchos hurgadores de sentinas que buscaron desesperadamente y sin resultado en los archivos algn material que me comprometiera en tal sentido, as como no avalar hoy, el apresamiento y la persecucin poltica, judicial y policaca de hombres de prensa.
Mi cargo de Jefe de Redaccin, evidentemente implicaba una responsabilidad poltica y moral, que no rehuyo porque yo, ni nadie entonces, poda salirse de las circunstancias imperantes sin tener algn poderoso padrino empresarial-periodstico, ni de sustraerse al universo nacional y poltico, ni caer en el extraamiento propio y de su familia dndose el lujo de orinar contra el viento. Quin era yo, quin era Juan Pueblo, para oponerse a la fuerza incontenible de un rgimen bendecido por sus virtudes anticomunistas por los mismsimos Estados Unidos de Norteamrica. Adems, crea que Stroessner lo estaba haciendo bien dentro de las circunstancias histricas y polticas de la poca, y sigo pensando lo mismo hoy, con perdn a los que sufrieron los rigores de un sistema autoritario que fue un mal necesario despus de la anarqua entre 1947 y 1954, que se repite con otros perfiles de 1989 hasta hoy, aunque con los moos y los oropeles de una vestidura democrtica, y el oficialismo est en todas partes, la oposicin en ninguna o callada, y la ciudadana es una convidada de piedra en la merienda de negros, con el perdn de los negros, en que se ha convertido todo. 
No obstante, si mi conciencia me haca reclamos, los aceptaba y encontraba escape en el mismo diario Patria, donde hice famosa y recordada la columna, totalmente apoltica de Comentario-i, por la que hasta se me reclama reunir en un libro, y donde -en el diario- mi preocupacin era la diagramacin aceptable del diario, y fuera del diario, en mi produccin en general, impolutamente virgen de compromiso poltico (Recuerdo un apunte periodstico de Roque Vallejos, de que mi obra literaria carece de compromiso poltico), partidario o sectario. Somos productos de nuestras circunstancias, y cuando ellas son recias y determinantes, siempre cabe la respuesta de algn sesgo de libertad interior, como sucediera con mi produccin en las tres caras de la narrativa.
Si el cargo me haca strosnista, pues entonces lo fui, en igual medida que los que despus lo derrocaron a Stroessner, y que luego de beneficiarse de sus privilegios (yo no alcanc ninguno) abjuraron de su posicin, denostaron al Gran Jefe, asumieron mimetismo de demcratas, y hoy estn de nuevo de vuelta con un nuevo discurso y no muy distintos mtodos, salvo excepciones.
Yo era colorado, y si el coloradismo, por lo menos el formal, era stronista o no era coloradismo, yo, necesariamente era strosnista, como lo eran todos los colorados y todos los opositores que no siendo strosnistas, legitimaron al strosnismo participando en los obedientes parlamentos de la poca, y de esos sobreviven y hasta se han ensalzado muchos grandes referentes de la libertad de hoy, que han olvidado prudentemente su pasado. Yo, por un acto de decencia, no niego el mo, no lo niego ni me afilio a ningn rabioso, condenatorio, y oportunista anti-estrosnismo, pero en esta hora crepuscular de mi vida, con la mano sobre el corazn, afirmo que aunque nunca fui perfecto, ni santo ni virtuoso y pequ, tuve debilidades vergonzantes, conflictos duros y rspidos, gimnasias espinales dolorosas e inevitables en la vida de todo ser humano, odios irracionales y amores prohibidos, jams rob, ni apres, ni clausur, ni delat, ni hice que nadie quedara sin el pan con un acto de arbitrariedad. Mi blasn es haber llegado a la ancianidad, un poco, slo un poco, ms que pobre. Y en paz con la gente y con mi conciencia, con pocos buenos amigos, pero sin un solo enemigo.
En algn captulo anterior, mencion la revolucin de 1947, con la que la sociedad perdi, por primera vez, su pastoral inocencia. La segunda vez, en la dcada de los aos sesenta, se produjo con Itaip. El proyecto, por su majestuosidad deslumbr al pueblo ingenuo y anhelante de progreso. 
bamos, por fin, tener energa inagotable, limpia y barata. El pas se iluminara y los trenes elctricos trazaran una red de itinerarios por todo el territorio de la Repblica. La electricidad llevara civilizacin y bienestar a todos los rincones del pas, movera fbricas y nos facilitara tecnologas de avanzada. Se lleg a acuar la proclama optimista de que el Paraguay sera el Kuwait hidroelctrico de Amrica.
El monstruo benefactor costara dos mil millones de dlares y nosotros slo pondramos el ro. Cost veinte mil millones y terminamos endeudados por generaciones. Pero lo peor que sobrevino, aunque parezca paradjico, es el ro de dinero que la obra volc sobre el pas, que no se canaliz para beneficio de muchos, sino se embals para privilegio de pocos.
Donde fluye el dinero hay codicia, y donde hay codicia los valores se pierden, la inocencia se renuncia, la solidaridad se borra. El amigo se vuelve socio, el socio, maoso, el competidor, sin tica. Itaip rompi la inocencia y los paraguayos aprendimos a especular para la ganancia fcil. 
All empez el proceso que nos llev al vicio nacional del deslumbramiento de la riqueza, hacindonos corsarios, piratas, falsificadores y contrabandistas. Los paraguayos son los cartagineses de Amrica Latina, dijeron de nosotros en Chile.
Hoy, mi reflexin es que Stroessner hizo mucho bien material al pas -se palpa en la comparacin de la calidad de vida de entonces a hoy- y quizs hizo mal a mucha gente, inocente o culpable segn la tabla de valores de entonces que nadie en el partido Colorado se atrevi a atacar, y muy pocos valientes fuera de l.
Dejo para el anlisis la contrastacin que deban hacer los estudiosos. Con Stroessner los derechos humanos eran desconocidos, (en rigor, no eran el garrote norteamericano que son hoy) hoy los hay pero van declinando en la medida en que la poltica se judicializ, el poder judicial se politiz, y la polica no es auxiliar como debe ser sino protagonista como lo es. Con el autoritarismo haba miedo y la delacin era una de las caras de la perversidad personal y poltica. Hoy tambin ha asomado la fea cara del miedo y la delacin reduce a nivel de vecindario la vida poltica nacional, instalndose hasta en el Congreso, salvo las excepciones que confirman la regla, de algunos seores que han envuelto su seoro en cauto silencio, cuando no en ambigua definicin de posiciones. Slo cambiaron los cucos porque antes eran los policas y los pyrags y hoy son los jueces, los fiscales y los caudillejos de barrio o de villorrios ensalzados a portavoces de las verdades absolutas. Antes no haba democracia, pero haba menos pobreza. Haba ms seguridad entonces, pero no haba la libertad que existe ahora, aunque reducida por prudente autocensura. Antes tenamos una corrupcin administrada por el nico Lder, hoy la tenemos suelta y en manos de lderes locales -pequeos aprendices de Stroessner- que comparten y compiten el poder a la manera de los generales chinos antiguos, cada cual con su ejrcito, dicho en forma figurada. El autoritarismo era intrnsecamente inmoral, hoy la democracia la es por contagio y herencia. Antes el inconforme, rebelde o perseguido se exiliaba en el extranjero si se salvaba de la prisin: hoy grandes sectores de la poblacin, pobres de la periferia pestilente de las ciudades y campesinos sin campos, indigentes, olvidados, indios, nios, excluidos en general, viven exiliados en su propio pas, abandonados de la Justicia y vctimas de la paternidad irresponsable del Estado que no atina a concebir su propio papel. El Poder, con maysculas, fue antes privilegio de polticos y/o financieros; hoy cambi poco, es de poltico-financieros. 
Incapaces de resolver nuestros propios problemas, por mucho tiempo, los polticos golpeaban las puertas de los cuarteles; hoy seguimos en lo mismo, slo que tocamos el timbre de las embajadas. Curiosamente, con el rgimen autoritario floreci el teatro y se publicaron ms libros que hoy. 
Merecemos una explicacin del por qu la democracia, o lo que asumimos como tal hoy, provoca tanta modorra cultural.
No defiendo la opresin del pasado, sino la incoherencia de todos los tiempos, gentica, racial, folklrica. Asumo que hubo opresin en los cercanos tiempos autoritarios, y que en cierta manera, aunque fuera por omisin, form parte de ella. Si es culpa, la he asumido, y la he pagado y la pago con el pudor de mi silencio, de no meterme de rondn y con un cinismo que no tengo, en el mundo de la poltica, porque no puedo exhibir credenciales vlidas, ni me siento cmodo en un partido que ya no es lo que fue y en un pas que no ha logrado ser lo que debe. Adems, hoy slo prevalece el clamor apatotado de los jvenes cuyo fresco idealismo no se escucha sino se manipula, y as, se pierde en el estruendo de los fuegos artificiales la dbil voz de alerta de los viejos o se pierde tambin en el naufragio de la propia claudicacin. No es lo mo arrepentimiento, sino razonamiento. No es expiacin, sino respeto a la conciencia.
La vida, amable lector, es aparte de la acumulacin de los aos y de experiencias, tambin acumulacin de enigmas existenciales. Por qu fui lo que fui y por qu soy lo que soy, son interrogantes sin respuestas que irn aferradas, como las semillas espinosas de la yerba mala (tajh-tajh) enganchadas a las vestiduras del caminante, hasta la mortaja final.
Si en cada ser humano conviven un ngel y un demonio, cul de ellos se llevar el alma al final del camino, slo Dios lo sabe.
En qu pas viv, qu pas le dejo a mis nietos. En la respuesta, o en la falta de ella, est la luz de nuestra inocencia o la carga de nuestra culpa. 




